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A 8 décadas de la operación Barbarroja: reflexiones y principal enseñanza
La principal enseñanza de la invasión de Alemania a la URSS es el desprecio del totalitarismo por el sagrado derecho a la vida. En la coyuntura actual, las estrategias para manejar la pandemia y garantizar la vida a la mayor parte de la población puede marcar la diferencia entre los gobiernos democráticos y los autoritarios y totalitarios
Por Insyde
5 de abril, 2021
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El 22 de junio del presente año se conmemorarán 8 décadas de la invasión a la entonces Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (en lo sucesivo, URSS) en lo que se reconoce como la operación militar más grande de la historia de la guerra: tres millones doscientos mil efectivos, de un total de tres millones ochocientos mil encuadrados en la Wehrmacht –fuerzas armadas del Tercer Reich– son lanzados contra la URSS.

En ejecución de la operación bautizada como Barbarroja, tres grupos de ejército: Norte (en dirección operativa Leningrado), Centro (en dirección operativa Smolensk-Moscú) y Sur (en dirección operativa Kiev), iniciaron los combates contra el ejército rojo.

Cabe destacar que los objetivos estratégicos perseguidos por la Alemania nazi fueron manifiestamente agresivos y expansionistas e ilimitados a todos los efectos prácticos: se trataba de lograr lebensraum o espacio vital, con la anexión territorial, sometimiento de la población a trabajo forzado o esclavo y colonización de territorios de Europa oriental y la URSS.

En este teatro de operaciones se libró una guerra total de aniquilamiento que respondió al antagonismo de los regímenes políticos enfrentados, encabezados por Adolfo Hitler y José Stalin. En otras palabras, se trató del enfrentamiento sin cuartel entre dos ideologías irreconciliables, que del lado alemán trajo aparejada una campaña de asesinatos en masa contra judíos, gitanos y eslavos, considerados por Berlín Untermenschen, es decir, subhumanos o de razas inferiores.

El exterminio sistemático de quienes, por su condición, “no merecían vivir” de conformidad con el ideario del autor de “Mi Lucha”, fue ejecutado por los Einsatzgruppen –escuadrones móviles de exterminio– integrado por voluntarios que siguieron en la retaguardia a cada una de las puntas de lanza de la invasión y ocupación militar germanas. No debe soslayarse que, aunque sus efectivos nunca superaron los 3,000, asesinaron aproximadamente a un millón de judíos por el solo hecho de ser tales.

Sin embargo, la propia naturaleza del frente oriental, a diferencia de otros teatros de operaciones, explica también que el personal de la Wehrmacht participara activa y directamente en los crímenes aberrantes cometidos en Bielorrusia, Ucrania y Rusia. Veintisiete millones de almas fue el costo humano que se estima tuvo que pagar la URSS de 1941 a 1945 en lo que denominaron “la Gran Guerra Patriótica”. Tan solo en el sitio de Leningrado (hoy San Petersburgo), que se extendió a lo largo de 900 días, murieron más ciudadanos soviéticos que la sumatoria de las bajas de los combatientes británicos y estadounidenses durante toda la Segunda Guerra Mundial (1939-1945).

La estrategia operacional con la que Adolfo Hitler pretendió conquistar la URSS en cuatro o cinco meses era la llamada blitzkrieg –guerra relámpago–, actuando con la Geschwindigkeit des Strahls –rapidez del rayo–, cuyos resultados se hicieron sentir previamente en rápidas y decisivas campañas contra Polonia, Bélgica, Países Bajos, Dinamarca, Francia, Noruega, Yugoslavia y Grecia.

Bajo la concepción estratégica de un rápido tránsito de la guerra a la paz, el Alto Mando germano confió en la flexibilidad, poder de fuego, gran movilidad y, sobre todo, en la superioridad cualitativa tanto de sus efectivos bajo las armas como de sus medios o sistema de armamentos.La operación código Barbarroja inició con fulgurantes victorias en sendas batallas de cerco y aniquilamiento, para finalizar a las puertas de Moscú, en lo que devino en el primer descalabro terrestre del ejército alemán a fines de 1941.

Las sucesivas derrotas del ejército rojo descansan en las espaldas de José Stalin, tanto por las purgas que diezmaron a sus más brillantes conductores militares, como a la ausencia de directrices durante los primeros 10 días del ataque y penetración de los cuerpos de ejército teutones, que estuvieron muy cerca de alcanzar los objetivos estratégicos establecidos.

La Stavka –estado mayor supremo de las fuerzas armadas soviéticas– impuso a las fuerzas invasoras la concepción estratégica basada en la prolongación de los conflictos, mediante una guerra de desgaste material y psicológico (la flor y nata de la juventud alemana se desangró en el frente oriental), cuyo último capítulo se libró en Berlín a principios de mayo de 1945 con la derrota y caída del Tercer Reich.

Recapitulando, el más letal conflicto armado en la historia de la humanidad se extiende, a partir del 22 de junio de 1941, en un extenso frente de Leningrado a Odesa, de Smolensk a Moscú, de Kiev a Stalingrado (hoy Volgogrado).

Además de empeñarse tropas en los más sangrientos combates de la segunda guerra mundial (por ejemplo, se reconoce en la batalla de Kursk el mayor enfrentamiento de tanques de la historia militar), en el frente oriental ambas partes ignoraron las leyes y costumbres de la guerra, de la mano de la comisión de crímenes de guerra, y se puso en marcha la maquinaria de exterminio contra lo que los nazis definieron como razas inferiores, que da origen a los crímenes de lesa humanidad (contra la humanidad) y al genocidio, entendido como la intención de destruir parcial o totalmente a un grupo nacional, racial, étnico o religioso.

La invasión a la URSS constituyó un parteaguas y punto de inflexión del régimen encabezado por Adolfo Hitler, al considerarse el principio del fin del Reich de los mil años. De ahí la conveniencia de hacer un alto en el camino y mantener viva en la memoria histórica la operación Barbarroja que este año cumple su 80 aniversario.

La principal enseñanza de este hito histórico es el desprecio del totalitarismo –en cualquiera de sus manifestaciones– por el sagrado derecho a la vida; en particular, si se tiene presente que el frente oriental como teatro de operaciones arrojó un saldo de poco más de la mitad de los aproximadamente 60 millones de muertos y desaparecidos de la Segunda Guerra Mundial, de los que 65 por ciento fueron no combatientes o población civil.

Cabe preguntarse si en una coyuntura como la actual, signada por la pandemia que azota a la humanidad en su conjunto, se podría diferenciar y separar a los gobiernos cuya prioridad es la preservación de la vida de aquellos que se caracterizan por el desinterés en salvar a las personas de un desenlace mortal.

Probablemente, una pandemia se erige en una situación muy similar a la de un conflicto armado, y las estrategias o la ausencia de las mismas para la prevención, contención y combate de la covid-19 bajo el objetivo estratégico de garantizar –hasta donde sea posible– la vida a la mayor parte de la población, marque la diferencia entre los gobiernos democráticos y los autoritarios y totalitarios; porque mantenerse vivo es la condición para el goce del resto de los derechos humanos, cuyo quebrantamiento sistemático es la nota esencial de los regímenes políticos autoritarios y totalitarios.

Al final de la pandemia cada gobierno tendrá que rendir cuentas al pueblo como soberano y, sin duda, el número de fallecidos será el principal baremo que marcará una línea divisoria entre los Estados Democráticos de Derecho y cualquier otro régimen político.

* Marcos Pablo Moloeznik se desempeña como profesor-investigador de la Universidad de Guadalajara y es miembro activo de la Cátedra Primo Levi de dicha casa de estudios.

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