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¿Criminales legítimos? La conexión Michoacán-Sicilia
Entender la dimensión política de los grupos criminales permite detectar cómo se intenta construir legitimidad desde la ilegalidad. Se trata de una ventana analíticamente valiosa para entender las raíces de sociedades que padecen violencia y crimen.
Por Rodrigo Peña González 
10 de febrero, 2020
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Hace una década, la aparición de un “nuevo santo” en Michoacán sorprendió a la prensa local. La instalación de altares con estatuillas de San Nazario honraban la memoria de Nazario Moreno, exlíder del grupo criminal local. Nazario fue declarado abatido por la Policía Federal en diciembre de 2010, durante la administración de Felipe Calderón en medio de la tristemente célebre guerra contra las drogas. Sin embargo, casi cuatro años después, en marzo de 2014, el gobierno federal a cargo de Enrique Peña, confirmó que (esta vez con seguridad) Nazario había sido asesinado por fuerzas federales. Para entonces, ya no solo habían altares, también “biblias”, como las del diario Reforma. De acuerdo con versiones locales, el texto se distribuía gratuitamente junto con otro firmado por el propio Nazario y titulado “Me dicen: ‘el más loco’”, una presunta autobiografía del líder criminal.

“Algunos pensarán que lo hago (este libro) para justificar mis acciones y ponerme yo mismo como un angelito”, afirmó Nazario al inicio del texto. Pero su verdadera motivación, dijo, fue la “necesidad de explicarle al pueblo mexicano la verdad sobre mi conducta”. ¿Por qué un líder criminal de estas características tenía la necesidad de explicar sus acciones en un contexto como éste? Algunos enfoques tradicionales sobre grupos criminales asumen que estos grupos armados -a diferencia de otros como terroristas, guerrillas o milicias- persiguen únicamente un interés lucrativo y no tienen motivaciones de corte político, social o cultural. Sin embargo, la evidencia de casos como éste contrarresta la premisa. Entender la dimensión política de los grupos criminales permite detectar cómo se intenta construir legitimidad desde la ilegalidad. Se trata de una ventana analíticamente valiosa para entender las raíces de sociedades que padecen violencia y crimen.

Poco de la crisis de violencia actual mexicana puede explicarse sin seguir entendiendo el periodo crucial de la guerra contra las drogas. Entre otras cosas, produjo un discurso binario impulsado desde el gobierno federal que dividía a los mexicanos en dos grupos. Por un lado, en “ellos”, presuntos criminales a los que el expresidente Calderón llamó “termitas” y “cucarachas”. Por el otro, en un eufemístico “nosotros”, un grupo de autoadscripción limitada en donde podíamos caber todos o ninguno. Las consecuencias de esta división son brutales. Crean una falsa idea de que la violencia no es asunto de “gente como uno”, hasta que, de hecho, se convierte en asunto de “gente como uno”. Ello destruye empatía y produce un efímero alivio basado en frágiles suposiciones que, además, pueden conducir a estrategias vacías basadas, por ejemplo, en abrazos.

Sin embargo, el discurso binario también produjo que algunos criminales acusaran de recibido el mensaje y desarrollaran la identidad de ese “otros”. Tal fue el caso de Nazario y compañía, quienes comenzaron a disputar algo más que negocios, rutas y ganancias. Se convirtieron, de hecho, en agentes políticos disputando legitimidad política. Antonio Mazzitelli, exencargado de la Oficina en México contra la Droga y el Delito de las Naciones Unidas, publicó en 2016 el texto “¿Mafias en México?” (2016). Ahí argumentó que, a pesar de la proliferación y expansión de los grupos criminales mexicanos dentro de la guerra contra las drogas, la mayoría de estos grupos aún estaban lejos del éxito y la madurez de los grupos mafiosos italianos. Según él, la lucha internacional contra el crimen organizado “habla italiano”, gracias y como consecuencia del éxito de estas organizaciones criminales.

Además, sugirió que las autoridades mexicanas deben comprender que las amenazas criminales no tienen la historia que sí tiene la mafia italiana. Sin embargo, también reconoció que particularmente los grupos criminales de Michoacán desarrollaron comportamientos de proto-mafia. ¿Se puede, entonces, establecer una conexión entre Michoacán y la mafia italiana? Una ruta para hacerlo apunta hacia la sureña isla de Sicilia. La Cosa Nostra, el grupo criminal local, es probablemente el arquetipo de grupo criminal interesado en la legitimidad política. Aproximadamente una década antes de la aparición de “San Nazario”, murió en Nueva York Tommaso Buscetta. Nacido en Sicilia, había vivido en los Estados Unidos bajo el programa de protección de testigos después de convertirse en el primer pentito (arrepentido) reconocido como tal, y confesar múltiples secretos de la mafia. Su confesión reveló información relevante sobre el funcionamiento de la Cosa Nostra y sirvió para lanzar el mayor juicio contra la mafia en Italia.

Buscetta reveló, en un contexto donde todavía había voces que aseguraban que la mafia era un mito, una serie de secretos que mostraban el alcance de la influencia de la Cosa Nostra. Expuso a detalle el funcionamiento interno de una economía política que vinculaba a criminales con instituciones gubernamentales y gobernantes elegidos democráticamente. Antes de morir, Buscetta explicó a los periodistas: “No es la Cosa Nostra la que contacta al político; en cambio, un miembro de la Cosa Nostra dice: ese presidente es mío (è cosa mia), y si necesita un favor, debe pasar por mí. En otras palabras, la figura de la Cosa Nostra mantiene una especie de monopolio sobre ese político, […] uno se dirige a ese candidato y le dice: ‘Onorevole, puedo hacer esto y aquello por ti ahora, y esperamos que cuando seas elegido nos recordarás’. El candidato gana y tiene que devolver algo” (Buscetta citado en Della Porta y Vannucci, 1999, 21).

Michoacán y Sicilia son muy diferentes en algunos aspectos. Por ejemplo, mientras que la historia de la mafia siciliana es centenaria, el caso michoacano es ciertamente más reciente y mucho más intenso si sólo se considera el periodo alrededor de la guerra contra las drogas. Otra diferencia concierne a los niveles de violencia. Medida por la tasa de homicidios, la experimentada en Michoacán desde hace décadas es mucho más grande incluso que en los periodos sicilianos más obscursos durante los ochentas. Sin embargo, y a pesar de todo, ambos contextos comparten una enorme similitud: los dos fueron terrenos fértiles para construir grupos criminales interesados en convertirse en legítimos mandantes. Este ángulo, legitimidad e ilegalidad, requiere más análisis en México. Comprender cómo y porqué algunos grupos criminales buscan legitimidad política, ayuda a explicar cómo se construye un orden en sociedades donde la violencia, el crimen, la corrupción y la injusticia las hace lucir completamente desordenadas.

* Rodrigo Peña González (@ro_pena)  es investigador del Instituto de Historia de la Universidad de Leiden, Países Bajos y miembro del Colectivo de Análisis de la Seguridad con Democracia.

 

Referencias:

Este texto se inspira en los resultados de la investigación doctoral realizada por el autor, y titulada Order and Crime: Criminal Groups Political Legitimacy in Michoacán and Sicily, y que será defendida en febrero de 2020 en la Universidad de Leiden, Países Bajos.

Della Porta, Donatella and Vannucci, Alberto (1999), Corrupt Exchanges. Actors, Resources, and Mechanisms of Political Corruption, Aldine de Gruyter, Nueva York.

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