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Seguridad 180°
Por Insyde
El Instituto para la Seguridad y la Democracia (Insyde) es una organización con una década de t... El Instituto para la Seguridad y la Democracia (Insyde) es una organización con una década de trabajo en el diseño de soluciones para ejercer a plenitud el derecho humano a la seguridad. Buscamos el cambio de paradigma de seguridad pública a una seguridad ciudadana con el involucramiento de instituciones, organizaciones y sociedad. Reforma policial democrática, migración y derechos humanos, violencia y medios de comunicación, nuestros temas. (Leer más)
Cuando el miedo nos alcance: ¿ficción o futura realidad?
En México, según datos de la encuesta ENVIPE 2013 del INEGI a nivel nacional en 2012, las actividades cotidianas que la población (de 18 años y más) dejó de practicar para no ser víctimas de un delito fueron: usar joyas (65%), permitir que sus hijos menores de edad salieran (62.8%), salir de noche (55.1%), llevar dinero en efectivo (44.5%), llevar tarjeta de crédito o débito (37.9%) y salir a caminar (29.4%).
Por Insyde
14 de julio, 2014
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Por: Rubén Guzmán Sánchez (@GuzmanRun)

En Biología, los virus son denominados como agentes infecciosos –microscópicos─ que suelen replicarse dentro de las células de otros organismos o seres vivos. Son demasiado pequeños, imperceptibles a simple vista, pero capaces de ir aniquilando las células del ser al que han invadido.

El temor, por su parte, se expande también día a día en nuestras comunidades locales y regionales. Una especie de virus silencioso, hospedado en el ADN de un ambiente de violencias, delitos e inseguridad en general, se replica ampliamente. Sus consecuencias son el aislamiento individual, el desencanto con la vida y la convivencia democrática, la indiferencia o refugio en quiméricos entornos, la desconfianza en los demás, en las instituciones o en la humanidad más próxima.

En la película 12 monos dirigida por Terry Guilliam (USA, 1995), un grupo de científicos en una era futura del planeta envían al pasado a un preso (una especie de delincuente) para recolectar muestras de un extraño virus que acabó con la mayoría de la especie humana. Es así que, desde un mundo postapocalíptico, un voluntario regresa a nuestra era para saber qué provocó la situación que se vive en el futuro y que ha obligado a los pocos sobrevivientes humanos a vivir bajo la tierra.

De forma similar, en la actualidad, el miedo de las personas, expandido en corrientes de violencia, delitos e inseguridad, ocasiona costos e impactos en lo individual como en lo colectivo. El primer síntoma individual se reconoce por el grado de intranquilidad al caminar por la calle o en los espacios públicos (en ciertos contextos y circunstancias de tiempo, espacio), pues ser víctima de un delito puede cambiar la vida, afectar el círculo cercano y determinar el futuro.

En América Latina, a causa del temor, uno de cada tres ciudadanos ha restringido sus espacios de compras y recreación; un 39% dice tener temor “todo el tiempo”o “casi todo el tiempo”y, más aún, entre el 45 y el 65% de los encuestados ─dependiendo del país─ ya no sale más de noche (PNUD-Latinobarómetro 2013). La violencia criminal es un hecho real y presente en la cotidianidad de la ciudadanía, incluso, aunque no hayan sido víctimas recientes.

En México, por su parte, según datos de la encuesta ENVIPE 2013 del INEGI a nivel nacional en 2012, las actividades cotidianas que la población (de 18 años y más) dejó de practicar para no ser víctimas de un delito fueron: Usar joyas (65%), Permitir que sus hijos menores de edad salieran (62.8%), Salir de noche (55.1%), Llevar dinero en efectivo (44.5%), Llevar tarjeta de crédito o débito (37.9%) y Salir a caminar (29.4%).

Además de los costos directos que una persona puede enfrentar a consecuencia del delito (servicios de salud, daños a la propiedad, reparaciones, pago de seguros, entre otros), la evidencia de que la inseguridad produce otras limitaciones en las personas coincide con lo que se plantea en la literatura disponible sobre los efectos del temor: las personas que tienen miedo a la inseguridad son más propensas a enfermarse, deprimirse, consumir drogas o alcohol, realizar menos actividad física y a una vida social más restringida.

Pero también hay impactos de lo individual en el espacio colectivo: el miedo y la sensación de inseguridad cambia la manera en cómo las personas conforman sus vínculos sociales, altera su relación con la comunidad y el área en el que se desenvuelven. A partir de ello, el abandono de espacios públicos en ciudades propicia la aparición de barrios cerrados y provoca desplazamientos de personas y comunidades.

En la película La Zona del director Rodrigo Plá (México, 2007), la historia se desarrolla en torno a la vida dentro de un residencial cerrado ─conocido como La Zona─ que es autosuficiente, con fuerte seguridad privada, y cuyos habitantes se han asentado allí por temor a la delincuencia, de la cual no se sienten protegidos por las leyes, ni por la policía. Mediante un amparo judicial han conseguido que la policía no pueda ingresar al lugar sin orden de un juez, pero ese privilegio puede ser revocado si llegase a producirse, en su interior, un acto de violencia. Por tanto, sus habitantes saben que pese a vivir en un espacio quimérico no dejan de ser vulnerables y así sucede, cuando a la portentosa Zona ingresan tres jóvenes que viven en un barrio muy pobre de las proximidades.

La “arquitectura del miedo” es una forma de organizar la ciudad basada en el aseguramiento y la protección (Petrella y Vanderschueren, 2003: 218). Las clases altas y medias crean áreas privadas seguras, que simulan el espacio público y en las cuales se excluye de los demás. En muchas ciudades latinoamericanas complejos condominales incorporan viviendas, zonas verdes, canchas deportivas, oficinas, almacenes e incluso hospitales, lo que conforma verdaderas ciudadelas privadas. Esta tendencia agrava la desigualdad social y dificulta la construcción de una identidad colectiva (Segovia, 2002). El tejido social se torna débil y desarticulado, menguando las posibilidades de un desarrollo sostenible y equitativo.

Es así como el temor a la delincuencia cambia el comportamiento de las personas y sus estilos de vida, afectando el funcionamiento de las sociedades. Las personas ya no conocen ni confían en sus semejantes. De acuerdo con un estudio reciente del Instituto Nacional Electoral INE (2014) sobre la Calidad de la ciudadanía en México, un 72% de los entrevistados manifestó NO confiar en las demás personas. A partir de esto, no es posible construir lazos de colaboración, de solidaridad ni desarrollo alguno. La merma de la confianza, es decir, la invasión del virus temor avanza hasta inhabilitar los sistemas que dan forma al metabolismo de la colectividad humana.

Permea y nos convertimos, al estilo del filme Blade Runner de Ridley Scott (USA, 1982), en “replicantes”, tal como se les denominaba a los humanos artificiales de un mundo futuro, fabricados por Tyrell Corporation para ser «más humanos que los humanos», con una mayor agilidad y fuerza física, pero carentes de la misma respuesta emocional y empatía que los hombres y mujeres del pasado. El virus temor se disemina como cortina de humo y en su replicación tensiona la confianza, entre nosotros como ciudadanos ─para organizarnos, para apoyarnos─, en las instituciones que no funcionan, en el Estado que no responde, en la democracia que no incluye, en el estado de derecho que se desvanece.

El temor requiere de un análisis específico, no sólo por sus distintas dimensiones y variabilidad que define su magnitud, sino también por las consecuencias sociales que implica, como afirma Gabriel Kessler (2009: 34): “La paradoja es que, en una sociedad democrática, el miedo al crimen instalado como problema público, no favorece al poder público, sino que lo damnifica”.

 

 

*Rubén Guzmán Sánchez es investigador en el Instituto para la Seguridad y la Democracia, Insyde A.C. Contacto: [email protected]

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