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Por Insyde
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Del autoempleo en el mundo policial (Primera parte)
¿El destino de todo policía en México es la cárcel o el cementerio? A partir de esta entrega se presentan tres relatos con los testimonios de expolicías presos, con la aspiración de provocar un diálogo productivo y urgente sobre cómo transformamos desde sus entrañas a la policía en México.
Por Insyde
1 de junio, 2015
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Por: María Eugenia Suárez de Garay

 

A cada uno de nosotros estaba reservado su destino. A ti te ha tocado el de los placeres, las diversiones y la libertad; a mí el de la vergüenza pública, la reclusión en un calabozo, la miseria, la ruina y el deshonor.

Oscar Wilde

 

Hace exactamente diez años realicé una larga inmersión al Reclusorio Preventivo de Guadalajara, Jalisco. Fui ahí para comprender desde otro lugar el sentido de ser y hacer policía. Había escuchado en muchos relatos policiales recogidos con anterioridad, en distintas partes del país, una idea reiterativa: el destino de todo policía en México es la cárcel o el cementerio. Un destino trágico, sin lugar a dudas, y al mismo tiempo un destino imaginado que iluminaba con crudeza la dimensión estructural -más que circunstancial- del estigma que constituye ser policía en México: abandono; pobres posibilidades de desarrollo personal; brutalidad; peligrosidad; deshonestidad; amoralidad; complicidad con jefes, delincuentes, políticos; impunidad. Y al final, la muerte física y social. Es decir, ese estigma muestra el complejo conjunto de posibilidades plausibles ancladas en el presente de todo policía.

Por ello, ponerse a la escucha del relato de vida de los expolicías presos fue acceder a un sentido de realidad que no permitió evasiones prolongadas. En el recuento de sus días y sus años en el mundo policial muchos imprimieron y modularon su propio sentido personal, pero parecían compartir en una parte importante un mismo régimen de percepción. Lo pude observar cuando los expolicías internos, por distintas vías narrativas, apelaban a una especie de progresión interna y externa que convergía justo en su decisión de trabajar para sí mismos siendo policías o, tras renunciar a la institución policial, trabajando con policías y delincuentes al mismo tiempo (1).

En estas entregas presentaré tres muy breves relatos (2) donde se observa no sólo esa progresión interna y externa de cada uno de los personajes, que le ponen nombre a su propia experiencia, sino también la manera en que dibujan sin cortapisas ese rasgo esencial de las instituciones policiales en México: las porosidades de orden más profundo y subterráneo. Ahí donde prevalece el desorden, el abandono y el polvo del olvido, emerge la autonomía como principio rector de la actuación policial y las interfaces/negociaciones entre el mundo interno y externo de cada sujeto policía para actuar hasta donde su temeridad, inteligencia y astucia les permita.

He omitido los nombres originales y datos que pudiesen identificar a los expolicías que donaron su testimonio, por obvias razones. Y he apostado por una presentación de los relatos donde el eco de su voz nos obligue a hacer una reflexión de profundidad que dispare un diálogo productivo y urgente: ¿cómo transformamos desde sus entrañas a la policía en México?

Manuel: andar por la izquierda…

“Yo duré cinco años en la Policía Municipal. Luego me dan mi cambio a la Policía Federal Preventiva (PFP) y ahí estuve seis años. Me gustaba donde estaba, me gustaba hacer hasta lo imposible para ser de los mejores, pero vas viendo la realidad y te das cuenta que las cosas no son así. Desgraciadamente ahí solo hay dos formas de estar: o haces valer lo que quieres por reglamento, por ley, a sabiendas de que nunca te van a cumplir, o te los haces compadres. Empiezas a ver que por buenos servicios nunca vas a lograr nada. Lo único que hacían era prestarte grados, o te habilitaban de un día a otro como sargento o como teniente sin entrenarte ni nada y cobrando lo mismo que cuando empezaste de policía. Así que la decisión que yo tomé fue la segunda, en mucho porque tenía facilidad para las relaciones, pero también porque no me quedaba de otra. O sea, ya había hecho hasta lo imposible por superarme, por demostrarles que podía, pero no me tomaban en cuenta. Entonces, obviamente que nadie trabaja de a gratis y lo que hice fue empezar a trabajar para mí.

“Me veré medio cursi diciendo esto, pero realmente es triste llegar a esa conclusión. Realmente es triste porque, ¿a quién no le gusta el dinero? Todos tenemos nuestro lado bueno, nos gusta ganarlo derechamente mientras se pueda, ¿no? Yo entré por equivocación a la policía y ya estando en el servicio me gustó. Hice hasta lo imposible por superarme, tomé cursos, participé en todo lo que había, hice buenos servicios, pero no te toman en cuenta. Hasta que llegó un comandante a la corporación y ahí cambió todo para mí.

Ahí lo conocí yo. Nos hicimos muy buenos amigos. Yo no lo culpo a él de mi destino porque a final de cuentas es el sistema. Él llegó con su gente, le dieron el poder, le dieron la facilidad y a su gente de la noche a la mañana les dieron grado, los hicieron tenientes y oficiales. ¡Gente que ni siquiera las claves se sabía! Gente que ni siquiera a los servicios iba. Entonces te das cuenta que todo es falso. Y yo opté y dije: “bueno, únete a ellos, a final de cuentas no vas a estar tú rompiéndote el alma afuera para que otros reciban los beneficios”. ¡Esa es la realidad de las cosas! Aunque digan que: “haz el bien sin mirar a quién”, pero eso no siempre funciona y no sales de jodido. Mi aspiración realmente era superarme, llegar a tener el grado de forma derecha. Nunca se pudo y batallé bastante tiempo. Le puedo decir que más de tres años estuve batallando por conseguir un grado; nunca se pudo. Llega este comandante y su gente y dije: “bueno, ni modo”. Empecé a trabajar por mi cuenta y a sacar más. Me di cuenta que con grado nunca iba a hacer lo que hacía dos meses sin grado. ¡Me iba mejor! Vi que por la derecha no se podía y que por la izquierda se podía más. Y así fue; y así empezó a mejorar un poquito mi situación.

Yo ya tenía tiempo en la policía y claro, conocía comerciantes, vecinos del área, presidentes de colonos y les brindaba la seguridad. Andaba patrullando, pasaba por cada negocio, saludaba a la gente, me reportaba. Obviamente, si tú quieres, por el interés. Pero pasaba veinte veces al día y con esas veinte veces que pasaba me daban una cooperación y los malandrines se percataban que estaba presente. Ya entre tanta gente alcanzaba hacer algo. ¿Pero qué pasa? Que llega este comandante y empieza a acaparar todo. ¡Ah, chingao! Y presionando: “dele vueltitas aquí y dele vueltitas acá”. Sí, pero él recogía el dinero y entonces dije: “no”. Yo ya me había aventado como dos años patrullando la zona y cada vez que me intentaban sacar de ahí el presidente de colonos pedía que me regresaran, y claro, yo ya tenía ahí mi propia entrada. Pero en descargo debo decir que ese tiempo que yo estuve ahí las estadísticas de robo a casa-habitación bajaron más del 60 por ciento. La gente estuvo a gusto y yo estuve a gusto y me iba bien.

Pero no estaba contento yo. Sentía que todo era ficticio dentro de una corporación. Puedes lograr ser alguien, pero necesitas ser un mártir y aguantar lo que sea. A lo mejor como dicen: “cada quién habla como le fue en la feria”, ¿no? Hablo así porque esa fue mi realidad. Cada año había una convocatoria para subir de grado. Te hacen exámenes de conocimiento, exámenes físicos, psicométricos, psicológicos, de todo; y aunque los pases, nomás son dos grados los que hay disponibles. Obviamente yo veía a la gente del comandante que llegó haciendo los exámenes y terminé pensando: “¿y yo para qué los hago?”. Y justo en ese momento como que se abrió el camino porque vi recompensado mi esfuerzo cuando me ofrecieron que eligiera entre un ascenso o irme comisionado a la Federal. ¿Y qué me dije a mi mismo? De estarle viendo la cara a ellos que ya los conozco, mejor me voy a la Federal. Yo recibí muy bien esta posibilidad de irme a la Federal porque mis ilusiones me las habían destrozado. Cuando se presenta la oportunidad de irme ya había cambiado completamente mi visión de una superación dentro de la corporación.

Desgraciadamente en este medio abundan mucho las drogas. Para mi desgracia empecé yo a consumir droga estando en la Policía Municipal. Nunca antes había yo consumido drogas. Cuando comienzo a consumir drogas toda mi visión cambia. Yo veía que todo mundo era feliz y veía que llegaba mi quincena y que prácticamente me quedaba sin nada porque tenía que dar una parte aquí y otra parte allá y así se me acababa. Además de que tenía que gastar mucho dinero en comprar tiros, esposas, gas; porque ahí no te lo dan, ahí te dan cinco tiros y date por bien servido. Si te mandan a un banco te dan cinco tiros para el revólver y cinco tiros para el R-15 y tópale hermano como puedas. ¡Con cinco tiros no haces nada! Además tiros que tú los mueves y están flojos, no sirven para nada. Es más, los uniformes que nos dieron saliendo de la academia eran usados. Yo empecé a comprar equipo porque me interesaba mi seguridad personal y superarme. Compré hasta un radio portátil para mí porque ahí no te daban radio. Inclusive llegué a tener mis armas, pero eso ya cuando estuve en la Federal. 

Yo veía que llegaban mis compañeros, trabajaban, entregaban sus patrullas y se iban. Y no pasaba nada, no les interesaba. Iban con el sistema, como borregos. A mí no, no me agradaba eso. Y un día un canijo de esos me ofreció un pase de cocaína. Y le digo: “¿y eso qué? ¿Cuánto te costó?” Y que me dice que cincuenta pesos. “Ah chingao, no. Tampoco voy andar gastando en eso”. ¡Y él se compraba cuatro o cinco pases diarios! ¡Imagínate lo que gastaba! Pero tanto va el cántaro al agua hasta que se quiebra. Tanto me insistió que terminé diciendo: “bueno”. Empecé a probarla, me empezó a gustar. Y sí te cambia, aunque dice uno que no, sí te cambia. A mí me servía mucho en el trabajo, me hacía estar más en el trabajo, pero me comenzó a alejar bastante de mi familia. En mucho por tratar de aparentar lo que no era, por que no se dieran cuenta, porque mis hijos eran chicos. Pero como le digo, la droga sí te cambia.

Todos los servicios, que a lo mejor no me fueron reconocidos después, se volvieron para mí como un fanatismo, como un vicio. De repente dije yo: “bueno, de todos modos no me lo reconocen”, pero la sensación de la adrenalina es algo de veras indescriptible. Entonces pagaba por que me alquilaran. Iba a todos los servicios, de un lado a otro, andaba como loco. ¡Me encantaba! Pero me empezó a gustar golpear gente. Me sentía frustrado, pero yo seguía mi vida normal. Me empezó a gustar el nepotismo entre la misma policía. Empecé a ser uno más de todos. ¿Y sabe qué? Empecé a cometer el grave error de platicarle todo a mi esposa, yo con el afán de que me dijera a todo: “qué bueno”. Como allá no me reconocían, yo quería que en mi casa me aplaudieran.

“Con las drogas todo eso se acentuó. Empiezo a tomar todos los servicios por otro lado que no es. Mi forma de ver lo que era la policía, mis sentimientos, mi comportamiento había cambiado radicalmente. Incluso cuando sale la oportunidad de cambiarme a la Federal, la verdad es que ya no me interesaba en lo absoluto superarme porque ya sabía que no lo iba a lograr. Yo acepté irme a la Federal por cuestiones económicas. No me interesaba el riesgo que me iba implicar estar allá, porque obviamente es más riesgo. A mí lo que me interesaba era tener más poder, tener más dinero. Era lo que me interesaba. Ahí todo se acentuó. Ahí ya definitivamente no podía andar sin arma. ¿Por qué? Porque ya era muy difícil por el terreno que andaba pisando ahí. Mire, casi cualquier persona que haya portado un arma lo sabe. El portar un arma, el agarrar un arma, te da una sensación de poder. Te sientes invencible con un arma. La pistola que me comisionaron a mí ahí en la municipal, duré como seis años con ella, y cuando llegué a la Federal me dieron una nuevecita. Me la llevaba a mi casa, para todos lados andaba con ella. Una vez que me fui de vacaciones con mi familia al mar, me la llevé.

¡Cómo cambió todo! Cuando yo estaba en la Municipal decía: “soy policía”, pero con mucho orgullo. Me sentía bien. Mis uniformes planchaditos, era recto… Pero le matan a uno las aspiraciones. Para ser alguien tienes que dar billetes. No culpo a nadie, simplemente todos lo hacemos así. Desgraciadamente llegas nuevo, ya no puedes cambiar lo que tantas generaciones hicieron. Sí te reconocen tus mismos compañeros, los mismos oficiales. Te reconocen la capacidad que tienes para responder ante cualquier servicio; hasta de bomberos la hicimos. Y los compañeros sí te lo reconocen. ¿De qué forma? Pues solicitando tu apoyo, queriendo trabajar contigo, buscándote para cualquier servicio. Anteriormente, no sé ahora, se usaban mucho los servicios fantasma. Por ejemplo, salías de trabajar en la tarde, tipo siete de la noche, y te pedían que te quedaras tres o cuatro horas para ir a hacer operativos, para ir a hacer redadas. ¡N´ombre! No faltaba quien se apuntara de gratis. Ir a hacer redadas a las colonias era como para el fanático del fútbol ir a jugar fútbol.

“Pero déjeme decirle una cosa: por más que me hubiera metido a las drogas, por más que me gustara golpear y el nepotismo de la policía, mis principios están firmes y fueron siempre firmes. Los servicios siempre se hacían, pero también se trataba de sacar partido para uno, más que nada. El servicio se cumplía a como diera lugar, pero ya después, pues trataba uno de sacar partido. Ya al tiempo, como le repito, aquí me di cuenta que a final de todo pues sí ganaba, pero todo acaba”.

 

* María Eugenia Suárez de Garay es Profesora-investigadora de la Universidad de Guadalajara. Maestra y Doctora en Antropología Social y Cultural por la Universidad Autónoma de Barcelona y colaboradora externa del @InsydeMx. Email: [email protected]

 

 

 

(1) A  estos últimos se les suele llamar “madrinas”. En su mayoría son exagentes de policía que suelen hacer el trabajo difícil de los policías, pero que al mismo tiempo tienen redes de relaciones con el mundo criminal.

(2) La extensión de las entrevistas realizadas es mucho mayor que los breves relatos que aquí presento. El material en cuestión es parte el proyecto de investigación en curso: “Violencia, decadencia y tragedia institucional en México. Desdoblamiento, elasticidad y trama relacional en las subjetividades”, y que se plantea como un ejercicio de reflexión antropológico y de retrospectiva que recoge más de quince años de inmersión profunda en el mundo policial mexicano.

 

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