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Del autoempleo en el mundo policial (Segunda parte)
¿Cómo se puede creer en la legalidad de la institución policial si en el corazón de sus relaciones sociales toma fuerza la connivencia y al mismo tiempo la vulnerabilidad y las propias dudas de todo policía?
Por Insyde
8 de junio, 2015
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Por: María Eugenia Suárez de Garay

La institución policial en México es y ha sido voraz con sus miembros: los cerca, encierra y atrapa, no sólo en el sentido literal de estar tras las rejas −como quienes relatan aquí su experiencia− sino también en otro más profundo y complejo. El policía está cercado, encerrado y atrapado porque está sometido a una autoridad institucional que lo condena a la impunidad confabulada.

No es extraño que cuando se da a conocer la participación de policías en hechos delictivos, las autoridades policiales en turno −de municipios, estados o federación− suelen afirmar que la institución no es responsable por los actos individuales de los hombres y mujeres que la componen. Es cierto que todo policía implicado en algún delito debe ser procesado y juzgado conforme a derecho, pero también lo es que esa manera de explicar el comportamiento delictivo de sus miembros es negarse a comprender y aceptar que el problema es mucho más grave. Es decir, el problema no se centra solamente en conductas “desviadas” −la tesis de la manzana podrida− sino en una serie de prácticas institucionalizadas que son resultado de la forma en que la estructura organizacional de la policía se ha vinculado con el poder político, produciendo las condiciones propicias para la corrupción y el ejercicio de diversas formas ilegales y extra-institucionales de actuación policial.

Y es en la decisión del policía de trabajar para sí mismo donde es posible observar cómo se concreta en todo su espesor una lógica corporativa que se preserva a sí misma y que reproduce cuadros con una matriz única de pensamiento. ¿Cómo se puede creer, entonces, en la legalidad de la institución policial si en el corazón de sus relaciones sociales toma fuerza la connivencia y al mismo tiempo la vulnerabilidad y las propias dudas de todo policía?

Guillermo: perfeccionando la técnica

«Yo fui efectivo de la Ministerial Federal. A los pocos años de haber ingresado me trasladaron como por seis meses al sur de Jalisco. Llegamos a un pueblo de por ahí y el comandante que estaba era un buen comandante, tenía dinero y todo, tenía como diez perros entrenados; agentes había tres y “madrinas” como quince. ¡¡¡A todos los mantenía!!! Luego me enteré por un compañero que el comandante era “mañoso”, bajaba aviones cargados de droga que transitaban por la zona y por eso estaba forrado de dinero. Y sí lo creo porque yo en la Ciudad de México veía cómo llegaban al aeropuerto maletas gigantes atascadas con puros billetes de cien dólares. ¡Millones de dólares!

«Pero acá el comandante ya no quiso continuar porque ya estaba mal, ya no coordinaba. La gente le decía: “¿Sabe qué? Estamos trabajando así y así… Cada quince, cada ocho, cada que podamos vamos a bajar; nomás es cuestión de quince minutos, diez a lo mucho, bajar, subir y vámonos. Le doy lo suyo, le doy su merca, lo que quiera”. Y el comandante contestaba: “Déjame consultar con mi jefe”. El yankee (jefe) le dijo que no. Le dijo: “¿No estás viendo cómo está la bronca aquí en Jalisco y tú todavía te vas a embroncar?” Total que lo acalambró y ya no quiso hacer nada. Pero el comandante necesitaba dinero y no quería trabajar, exigía cocaína, pero no quería trabajar. ¡Andaba mal! Y nos tenía a pura guardia, guardia, guardia y cada que salíamos a trabajar salíamos con él porque no nos tenía confianza de tanta cosa en la que nos metíamos. Ya no nos dejaba trabajar solos.

«Cuando salíamos a trabajar salíamos con él. A la carretera, a un retén y a otro y a otro. A mí me habían dicho que esa zona era muy buena. Zona motera, cocainera. Toda esa zona que va de Melaque, Barra de Navidad, Cihuatlán, hasta Punta Pérula. El jale (trabajo) en esas zonas es investigar en las playas, sobretodo donde llegan las lanchas de los cárteles de droga que van para Baja California. Ahí llegan, ahí pasan. Pero no nos dejaba quedarnos en la playa a trabajar. Yo le decía: “Me voy a quedar en Melaque tres días porque tengo algunas cosas qué hacer”, y respondía: “No, no, no, te me vienes. Allá andas nomás haciendo chingaderas”.

«No es que estuviera aburrido, no, porque estaba yo cotorreando bien bonito ahí en el pueblo. Estábamos viviendo en el único hotel del pueblo, era un hotel muy bonito. Yo era el único que estaba viviendo ahí porque ni el comandante ni los demás compañeros tenían para pagar el hotel porque, como él no quería trabajar, pues no les alcanzaba. Me decía: “Paga tú”. Y yo le respondía: “No, qué voy a andar pagando, primero déjame trabajar. ¿Quiere que yo pague? Déjame trabajar y yo le pago lo que quiera”. Y decía que no y que no, no, no. Yo le prestaba dinero al comandante. Me decía: “Préstame mil, dos mil”. “Sí”. “Te empeño mi cadena”, me decía. Y yo le contestaba: “No, ¿qué pues?”. ¡A ese grado! ¿Por qué? Porque no quería trabajar, estaba asustado. Llegaba en la noche, en la madrugada, según él estaba trabajando con sus chavos (policías bajo su mando), pero se ondeaba nomás de ver pasar las avionetas. ¡Ay, una avioneta, vámonos! ¿Pues cuál? Sí pasaban las avionetas, pero no bajaban, ¿cuándo chingados iban a bajar si tenían miedo?

«Yo veía el pueblo como una plaza pobre, pobre, pobre porque no sabían trabajar. Sólo había una tienda de cocaína que estaba en el pueblo de junto, que hasta la fecha todavía debe estar ahí cerca de la carretera. Esa era la renta que tenía él, a la semana le daban un dinerito con lo que se mantenía él y le daban su dosis de cocaína. ¡Y nosotros en la oficina sin hacer nada! O nos ponía a trabajar órdenes de aprehensión, pero no es igual trabajar una orden de aprehensión allí que en la Ciudad de México. Allí todos los municipios están relativamente cerca, la gente se conoce y luego luego nos ubicaban. Entonces, ¿para qué me iba a meter en broncas?

«Total que conocí a un amigo en otro de los pueblos cercanos. Un amigo que me decía: “¿Sabes qué? Droga que decomises, droga que yo te compro”. “Pues zas”, le dije. Y comencé a trabajar y nos empezamos a meter a investigar ranchitos de por ahí cercanos. Investigaba mucho en la temporada de cosecha de marihuana y nos caían informes de varios lugares y para allá íbamos. Y sí, llegábamos a los ranchitos, primero veíamos bien si no estaba la gente muy heavy (fuerte). Luego que checábamos que se podía, pues llegábamos a las casas. Muchas veces ya no había gente, entrábamos a las casas y en los cuartos solíamos encontrar lleno de costales de marihuana. ¡Ah, pero qué bonito se ve eso! Echábamos todo a la camioneta y así sin exposición ni nada. ¡Íbamos a robar la marihuana! La decomisábamos, pero no la poníamos a disposición. Decomisar una tonelada, media tonelada y sin detenido, pues no le hallo mucho sentido. Mejor decía uno: “esto es para acá” (refiriéndose a sí mismo).

«Entonces nos llevábamos la marihuana y se la vendíamos a mi compa del pueblo cercano. Y el hombre me decía: “Bájamela a la costa”. Le digo: “No, no puedo”. “¿Por qué?”. “No tengo el apoyo suficiente”. Preguntaba: “¿De quién?”. Le decía: “Yo estoy trabajando por mi cuenta, el comandante no sabe nada de esto, ni le vayas a decir si es que te conoce”. “¿Quién es el comandante? ¿El viejito ese?” “Sí, es el viejito”. “Ah, ya platicamos con él y es bien puto, no quiere trabajar”. Total que nos pagaba la mercancía y me insistía: “Bájala hasta la playa cercana”. “No, no, no tengo apoyo del comandante. Luego me agarran los guachos (militares), no, mejor hasta ahí nada más”. Ahí se la dejábamos, me la pagaba y nos íbamos de vuelta para el pueblo.

«Y tan pronto llegábamos a la comandancia, me preguntaba el viejo: “¿Dónde andaban?” “Patrullando la carretera comandante”. “¿Y nada?” “No”. Ahí muy rara vez agarrábamos a un detenido con una pistola, con dos, tres kilos de marihuana, una aprehensión o algún señor que estaba en su campo y lo agarrábamos con su arma todavía de munición, todavía de las antiguas. ¡Esos quería meter él! “¡No!”, le digo. Cuando andábamos en la carretera poníamos un retén y pasaba mucha gente que traía sus armas, pero armas muy antiguas. Yo decía: “¡Ah cabrón! Ya ni han de servir”. Las traían para matar algún animalito, no sé… ¡A esos quería meter! Le digo: “¿Qué pues comandante? Nos vamos a salar si metemos eso de trabajo, nos vamos a salar”. “Pero es trabajo, es trabajo y vámonos”. Y nos hacía llevarnos a esa pobre gente.

«Y claro, toda la gente del comandante estaba muy aburrida. No tenían dinero porque no los dejaba trabajar el comandante. Yo me la pachangueaba porque tenía dinero, me iba a la discoteca, había dos en el pueblo. Iba a cotorrear a la discoteca. Cuando quería me jalaba (iba) hasta la costa porque tenía dinero. Yo tenía mi camioneta de ocho cilindros, que para mantener esa camioneta, ‘calla boca’, lo que costaba la gasolina. Entonces ellos me decían: “¿De dónde sacas dinero?” “Yo tengo, yo vengo cargado de Ciudad de México y aquí no necesito robar ni hacer nada”. Nomás se me quedaban viendo. Yo me la pasaba borracho, hasta eso, no me gustaba otra cosa más que tomar y cotorrear. ¡Puras tonterías!

«No me avergüenzo de haber pertenecido a la Ministerial Federal. Para mí es un orgullo, es un logro, vaya, ¡es un triunfo! ¿Por qué? La gran mayoría de los policías, estatales o municipales que conocí en las distintas partes donde estuve siempre veían un Federal y decían: “Yo quiero traer esas siglas, ese uniforme, quiero andar como andan ustedes”. Yo les decía: “Ah cabrón, ¿entonces ustedes como estatales o municipales no hacen lo mismo?”. “No, pues no”. A nosotros nos veían como la DEA o el FBI, qué sé yo, pero pues en realidad lo nuestro era puro nombre. Hay policías estatales que saben más que un policía Federal; hay policías municipales que son policías, pero policías verdaderamente y que no le piden nada a un Federal. Se ve quién tiene madera para ser policía. Quizá yo me equivoqué. ¿Por qué? Desde que yo estaba en el servicio militar yo quería ser policía. Yo decía: “Quiero andar en la patrulla, quiero tener muchas mujeres, quiero tener dinero”. Y por eso yo creo que entré a la policía. Ahorita ya me atrevo a decirlo: no me arrepiento de nada, pero ese trabajo que tuve lo pude haber hecho mejor, lo pude haber hecho mejor queriendo hacer las cosas bien, pero no quise. No hubo un modelo, quizá no a seguir porque no hay que imitar a nadie, simplemente un modelo de inspiración.

«Sólo hubo un comandante que sí me enseñó. ¡Era un chingón! Él sí me enseñó a trabajar, me enseñó a rastrear órdenes de aprehensión, a conectar pájaros, o sea a colgar llamadas telefónicas. Me enseñó a hacer oficios. A mí me decían: “Vas a informar esta investigación”. “¿Cómo?”, preguntaba. “Eres policía, ¿no te enseñaron en la academia?”. “No, mi jefe. ¿Cómo? A mí me enseñaron en la academia que la hoja es membretada, que de este lado va el número de oficio, que de este lado va el asunto, que aquí abajito va el nombre de a quién va dirigido, pero a redactar el contenido no”. Las órdenes de investigación me las hacían las secretarías. Yo les decía: “¿Sabes qué? Infórmame ésta”. ¿Y qué hacían ellas? Agarrar el expediente de una investigación y armarlo. Una investigación de un narcotraficante o de un accidente en carretera o de un delito federal o ataques a las vías generales de comunicación… Yo nomás veía el oficio y decía: “Ah güey. ¿Pero qué hago? ¿Cómo lo informo?” Así que subía con las secretarias y les dejaba todo a ellas. Eran más policías que yo, ellas leían el expediente, se daban una idea e inventaban cosas. Para que veas cómo es negligente uno, cómo a uno le vale madre cuando no hay quien te diga ‘así se hacen las cosas’».

 

* Profesora-investigadora de la Universidad de Guadalajara. Maestra y Doctora en Antropología Social y Cultural por la Universidad Autónoma de Barcelona y colaboradora externa del Instituto para la Seguridad y la Democracia, A.C. (Insyde). Email: [email protected]

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