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Seguridad 180°
Por Insyde
El Instituto para la Seguridad y la Democracia (Insyde) es una organización con una década de t... El Instituto para la Seguridad y la Democracia (Insyde) es una organización con una década de trabajo en el diseño de soluciones para ejercer a plenitud el derecho humano a la seguridad. Buscamos el cambio de paradigma de seguridad pública a una seguridad ciudadana con el involucramiento de instituciones, organizaciones y sociedad. Reforma policial democrática, migración y derechos humanos, violencia y medios de comunicación, nuestros temas. (Leer más)
Del oso, del renacido y del frío invierno nevado
¿Hasta qué punto la persistencia individual puede ser exitosa para el surgir de una gran masa de jóvenes que actualmente están en riesgo de desertar en sus primeros niveles de educación, de desistir en sus ideas creadoras o, de estar al borde de servir a grupos criminales?
Por Insyde
14 de marzo, 2016
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Por: Rubén Guzmán Sánchez ([email protected])

El Renacido (The Revenant, USA, 2015, González Iñárritu) no es sólo una aventura de recuperación, un arquetipo de lucha por la sobrevivencia de un explorador, trampero y cazador de pieles en los territorios desconocidos del oeste norteamericano de los 1820. Es también un retrato épico, odisea del poder de espíritu humano y joven, que niega a difuminarse en un destino que pareciera determinado.

A la herida producida por el gran oso y a la que tal cazador debió sobreponerse curándose con lo que tuvo a su alcance y comiendo carne cruda, se debe sumar un contexto ambiental adverso de frío y nevado invierno y la falta de herramientas, en un principio, para afrontarlo. Ante tal situación, como lo diría Amartya Sen (Desarrollo y Libertad, 2000), asegurar las funciones básicas (curarse) y después las capacidades (cazar y sobrevivir) para transformar o al menos interactuar con márgenes de maniobra en dicho contexto, sería una pieza clave para el logro de condiciones de desarrollo: negociación con el ambiente que produce supervivencia, confianza, colaboración, innovación y un salto cualitativo a un entorno más inclusivo, desdibujando miedos, inseguridad, zozobra y muerte.

¿En qué trayecto, nivel o escala de esa supervivencia nos encontramos en México? Para explorar una respuesta habría que hacer, a vuelo de águila, un recorrido exprés por la diversidad de realidades culturales, étnicas, sociales, económicas, políticas y ambientales de nuestro país, y esto en sí mismo sería una aventura quijotesca (entenderlo en un sólo vuelo) y épica (llena de obstáculos y paisajes peligrosos). No obstante, si realizáramos tal expedición lo más visible a la vista del águila serían comunidades desiguales, desde los aspectos físicos y materiales, hasta los de supervivencia e imaginaciones de futuro. Jóvenes llenos de desconfianza se avistarían como cuantiosa población en las azoteas, campos y terrazas; muchos de ellos sin actividad escolar ni laboral, desintegrados del resto de la comunidad, sin aspiraciones más allá del momento y día en turno y, vulnerables ante la violencia, intereses criminales e instituciones autoritarias y opacas.

Un informe denominado Panorama de la Educación 2014 (OCDE, 2014) reveló que el 24.7% de los jóvenes mexicanos de 15 a 29 años no tienen trabajo ni asisten a la escuela (alrededor de 8 millones de jóvenes, sólo por debajo de Turquía), un nivel que se ha mantenido por casi una década. En América Latina por su parte (CEPAL-CIEPLAN, 2011), alrededor del 16.5 % de los jóvenes entre 15 y 18 años —equivalentes a 9 millones de personas—, pertenecen al grupo de jóvenes que ni estudia ni trabaja (NiNi). México, Uruguay, Guatemala, Colombia, El Salvador, Perú, Nicaragua y Honduras presentan los mayores niveles por encima del promedio, llegando a 18 y 23 %. Además en términos generales, varios estudios en Latinoamérica, coinciden en que las mayores tasas de homicidios (víctimas y victimarios) se presentan en jóvenes (entre 15 y 29 años), muchos de ellos pobres y habitantes de comunidades marginadas.

Es en esta realidad de frío invierno nevado donde los postulados de las funciones y las capacidades de Amartya Sen, ya debatidas y revisadas desde finales de los 90´s en el mundo, pareciera que son vigentes en nuestro país y además convergentes con los planteamientos de la Cohesión Social. Por ésta -Cohesión Social-, podemos entender la habilidad de una sociedad de procurar el bienestar de todos sus miembros a largo plazo, permitiendo que cada individuo pueda vivir una vida con dignidad, autonomía, equidad en el acceso a recursos y participación (Consejo Europeo, 2005). Desde esta mirada, una sociedad cohesionada es aquella que posibilita que cada uno de sus miembros realice su vida bajo estos cuatro principios, independientemente de que exista una multiplicidad de grupos en su interior con creencias o matrices culturales diversas.

Pero la cohesión social se puede ver negativamente afectada por aquellos factores que aumentan la distancia social entre las personas, es decir, que empujan a los individuos a imaginar proyectos divergentes o confrontados de vida colectiva. Un ejemplo de estos factores son: el desempleo, la desigualdad, la pobreza y una baja movilidad social, entre otros (OCDE, 1997; Sorj y Tironi,2007). Estas amenazas incluso pueden potenciarse cuando la capacidad del Estado de asegurar la convivencia pacífica en la sociedad, se torna en una respuesta débil, desalineada, incongruente: esto es instituciones poco profesionales, ineficaces, poco eficientes, capturadas a intereses de grupo y opacas.

Así, pese a nuestra diversidad, nos encontramos en general, en un mismo nivel en la ruta por la supervivencia y el desarrollo: aún dominan en nuestro territorio regiones y comunidades ampliamente desiguales y dentro de éstas una gran masa de población joven (entre los 15 y los 29 años) que cada vez le es más difícil imaginar un futuro a causa de la desintegración de oportunidades mínimas en todos los niveles, que puedan impulsar su creatividad, innovación y creer en que es posible escalar socialmente (y legalmente) en igualdad de oportunidades.

Las instituciones del Estado mexicano, desde donde debieran realizarse sendos esfuerzos estructurados, coherentes y con visión amplia-democrática para propiciar condiciones de cohesión social en los jóvenes, hoy en día enfrentan su propia lucha de sobrevivencia. Capturadas o en peligro de estarlo, por grandes grupos de interés político, económico e incluso del crimen organizado, están determinadas en sus políticas públicas para propiciar:

  • La seguridad humana y ciudadana (que las ideas-oportunidades que podamos crear hoy, no desaparezcan mañana por la violencia, la delincuencia y los enfrentamientos armados).
  • La igualdad-equidad (condiciones de habilidades y competencias para [email protected] que refuercen un piso mínimo de arranque –por ejemplo una educación de calidad-).
  • La justicia y marco de legalidad (que haya un estado donde el que respete y cumpla las leyes le vaya mejor frente al que las viola, y que el que victimice pague lo justo por su daño a la sociedad y también tenga posibilidades de reintegrarse).
  • La transparencia y rendición de cuentas (instituciones democráticas y abiertas, eficientes en el uso de los recursos públicos y que cumplen y miden el desempeño de su mandato).

La legitimidad democrática, el respeto de las leyes y el funcionamiento de los mercados, pueden colocarse en peligro producto de la debilidad institucional y deteriorar gravemente los vínculos comunitarios y las posibilidades de desarrollo para las nuevas generaciones. Si los cimientos institucionales del crecimiento se vuelven débiles, suelen aparecer comportamientos oportunistas generalizados, además de un bajo nivel de confianza entre los ciudadanos y de éstos hacia las instituciones. Todo ello alimenta condiciones propicias para la corrupción, sociedades mafiosas, crimen y violencia.

Los ganadores del Óscar -el director de The Revenant, Alejandro González Iñárritu, y su fotógrafo Emmanuel Lubezki- pertenecen a una generación de creadores jóvenes en México que se percataron del ambiente adverso (económico, tecnológico, informativo, social) del país en los ochentas y noventas, con escasez de un piso parejo de oportunidades en el entramado institucional de la Cultura. Aún así, varios de su generación buscaron alternativas y continuaron proponiendo sus innovaciones con creatividad e ingenio, algunos tuvieron que emigrar. Esto nos lleva a preguntarnos ¿hasta qué punto la persistencia individual puede ser exitosa para el surgir de una gran masa de jóvenes que actualmente están en riesgo de desertar en sus primeros niveles de educación, de desistir en sus ideas creadoras o, de estar al borde de servir a grupos criminales? ¿Pueden tan sólo la voluntad personal y la persistencia de convicciones y valores ser suficiente, frente a un entramado sistémico de factores individuales, familiares, comunitarios e institucionales que se presentan como inviernos fríos y nevados a los que también hay que vencer?

Así en este ambiente complejo, ¿hasta dónde las propias debilidades institucionales del estado mexicano contribuyen negativamente y se erigen como gigantescos molinos que materializan la inercia del viento dominante: obstáculos para la supervivencia de los jóvenes de hoy y viabilidad de las generaciones futuras? El camino de supervivencia en México no sólo es una desafiante vereda de fortaleza de espíritu individual, como la del cazador de pieles Hugh Glass, sino una condicionante mucha más profunda, en la que es indispensable, además de asegurar funciones y capacidades individuales, también voluntades políticas de cambio desde las propias instituciones, las estructuras de toma de decisiones y desde los grupos de poder.

Este país, como lo resaltaba el líder religioso papa Francisco en su visita a México, “ha forjado su identidad en duros y difíciles momentos de su historia, por consensos que, han comprendido que para poder superar situaciones nacidas de la cerrazón del individualismo, era necesario el acuerdo de las instituciones políticas, sociales y de mercado”.

Un futuro más claro y definido puede forjarse en la medida que ensayemos un país con presente transparente, justo, capaz de volcar sus esfuerzos en el bien común, que dé forma a una nueva identidad incluyente, gestada en la diversidad de nuestra nación: regiones, sociedades y comunidades más cohesionadas, que valoren, estimulen y cuiden la imaginación y creación positiva de las y los jóvenes. Después de todo es el México que está teniendo una lucha decisiva entre lo viejo y lo nuevo para poder renacer y, en esta gran odisea, uno de los grandes osos a vencer son la naturaleza y las inercias en las que se han afianzado nuestras viejas instituciones y que en estos tiempos fríos, convulsos e inciertos, dan manotazos por cambiar de piel.

 

* Rubén Guzmán Sánchez es internacionalista, Máster en Cooperación para el Desarrollo y colaborador en @Insydemx. Mail: [email protected]

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