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El Instituto para la Seguridad y la Democracia (Insyde) es una organización con una década de t... El Instituto para la Seguridad y la Democracia (Insyde) es una organización con una década de trabajo en el diseño de soluciones para ejercer a plenitud el derecho humano a la seguridad. Buscamos el cambio de paradigma de seguridad pública a una seguridad ciudadana con el involucramiento de instituciones, organizaciones y sociedad. Reforma policial democrática, migración y derechos humanos, violencia y medios de comunicación, nuestros temas. (Leer más)
Desapareciendo en Tijuana. Notas de una etnografía exprés
En Tijuana se puede ver el abandono, la expulsión masiva de muchas vidas, la producción sistemática de existencias tan desvalidas, tan a la intemperie, que puede hacerse con ellas lo que se quiera. No están en el cuento común, no se cuentan, no se tienen en cuenta.
Por Gabriel Gatti
4 de enero, 2021
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Debo ser muy pretencioso si aspiro a poder decir algo relevante sobre Tijuana, hacerlo en un medio mexicano, después de haber estado ahí solamente una vez y, además, ya hace un año. Intentaré obviar ese complejo de gringo usurpador trasladando algunas impresiones de un viaje que marcó mi trabajo acerca de las formas contemporáneas de desaparición. Cuento con un par de bazas a favor: una, que no es un tema al que haya aterrizado recién ahora. Lo conozco bien desde que empecé a investigar las desapariciones en su epicentro originario, el Cono Sur de América Latina, lugar donde un dispositivo represivo especialmente desgarrador se puso en marcha en los 79 y 80 del siglo pasado y lugar del que también salieron preciosos “inventos sociales”, hoy tremendamente exitosos, como los colectivos de familiares de víctimas, los duelos socializados y comunitarios, la vida política del dolor, por no decir ya la propia categoría de desaparecido, que tuvo aquello en el espejo cuando se convirtió en 2006 en una herramienta poderosa del derecho humanitario internacional, muy asentada y muy viajera. En esto, en el viaje de la categoría, radica mi segunda baza: lo que investigo ahora son los movimientos de la categoría “desaparecido” por el mundo y sus distintos aterrizajes, en los que se resignifica. Nombra muchas cosas en distintos lugares, a veces en el mismo lugar incluso, a veces, además, aparentemente contradictorias entre sí: pobrezas extremas, dolores incontables, identidades descompuestas, invisibilidades impensables. Es una categoría con un poder que pocas tienen: nombrar lo que otras no pueden nombrar.

Es eso lo que estaba investigando hace un año, lo sigo haciendo, y por eso llegué a Tijuana. Quería aprovechar que estaba cerca, en Stanford, de año sabático, a unos cientos de kilómetros de la frontera mexicana; debía además cerrar el recorrido mexicano del trabajo de campo del proyecto Desapariciones. Con Ignacio Irazuzta ya habíamos hecho antes escala en Monterrey, Saltillo, Ciudad de México, Guadalajara y Tenosique, y hasta escribimos sobre ese viaje. Nos quedaba Tijuana, que es mito porque es muro, porque recuerda a violencia, porque ahí empieza la tierra de dragones, la de los nuevos desaparecidos.

De a poco, como hicimos para todos los viajes previos a México en el contexto de este proyecto, fuimos dibujando contactos, armando una red. Pero no salió nada cómo esperábamos. Y por eso fue bien. Nuestra etnografía, exprés y caótica, dejó ver de un modo que otra más ordenada, larga y previsible no hubiese podido percibir esa ecología global del abandono que en Tijuana se muestra sin mucho disimulo. Esa es en nuestra hipótesis la forma que toma la desaparición hoy en día: el abandono, la expulsión masiva de nuestros registros sensibles, de muchas vidas, esto es, la producción sistemática de existencias que quedan radicalmente fuera del alcance de nuestras formas de ver, oír, mirar, de sentir, existencias tan desvalidas, tan a la intemperie, que puede hacerse con ellas lo que se quiera. No están en el cuento común, no se cuentan, no se tienen en cuenta.

Y eso ahí, en Tijuana, se puede oler y ver y tocar, materializado en ese muro duro, largo, que en silencio, acompañado del mar que le golpea suave, deja al otro lado una franja extensa de tierra de nadie, con San Diego, luminosa, al fondo. Horrible y denso, produce una dinámica cruel de expulsiones y ocultaciones e invisibilidades. Produce muertos en vida, seres que se apiñan contra él esperando encontrar el lugar y el momento para el paso y llegar a ese lugar luminoso que está al lado, al toque, al borde del dedo, a la vista y ahí ser algo, aunque sea ser indocumentados.

No vimos muchas de esas existencias que esperan. Los que llevan menos —y “menos” pueden ser en Tijuana años, según nos cuentan en Al otro lado— se arrumban en campos que fueron baldíos y que cuando llegamos eran barrizales de existencias imposibles, aunque ciertas, atentas, sea a que se les convoque para alguna entrevista que les deje presentar su caso y obtener asilo, sea a la apertura de algún paso más oscuro, pero más eficaz que los legales de la frontera. De otros que desesperaron y se quedaron allí, varados en paisajes de abandono distópicos, vimos sus huellas, en las troneras que desaguan la acequia, ahora seca, que ayuda a que las aguas del río Tijuana vayan a morir al Pacífico. Ahí, al lado de donde tienden la ropa, viven, ¿viven? en un agujero. Literalmente, en un agujero. Creí verlos de lejos, cuando armado de mi protector pasaporte, hacía la larga cola para regresar a Estados Unidos. Mientras la migra escudriñaba, antipática, mi cara y las de mis acompañantes, asomaban al otro lado del cerco, con sus presencias ausentes, como sombras vivas. Zombis de veras, vivos pero en un grado de existencia alejada de lo que entendemos por vida.

Y no vimos nada más que indicios de esos otros que alguien supone que, quizás, llegaron hasta allí: fotos desplegadas a lo largo del muro, en cada punto de paso fronterizo, repleto de imágenes con caras iguales a las personas que esperan pasar al otro lado. “¿Lo has visto?”, “Have you seen her?”, “Se busca”, “Con la fe de volverte a ver”. Y están Rosvelt, del que no se sabe nada desde 2013; Luis, ya veterano, perdido desde 2015; Bryan, del que dejaron de saber en 2018; Ramiro, que se desvaneció para todos en junio de ese año; u Oscar, que ni fecha tiene. Y muchos otros que son solo una foto. Y cada día más, otra gente deja esas fotos en esta especie de meeting point distópico, esperando algo. Ahora que lo escribo en mi cabeza suena y suena y suena de nuevo el sonido rasgado, como un serrucho que trabaja de noche, largo y sin parar, regular, de The Beast, de Jóhann Jóhansson. Lo arrastra todo. Duele. Qué tristeza deja.

Visitamos la colonia Maclovio Rojas, donde un personaje hoy detenido, El Pozolero, recibía cuerpos y los disolvía en sosa cáustica. Lo hizo por muchos años, hasta 2009. La cifra de cuerpos recibidos y disueltos no se conoce con precisión. No se sabe ni se puede saber quiénes eran. Solo se conoce la cantidad de litros de masa orgánica que encontraron en 2012, 17,500. Un puré indistinto, desindividualizado de pieles, órganos, huesos. Masa desaparecida. Al lugar se le llamó la gallera porque el predio donde se ubica servía para la cría y enterramiento de gallos de pelea. Ahí fuimos, en principio a ver un memorial por los desaparecidos, pero no había nada que recordar del pasado: todo estaba a vista todavía, desapareciendo. La colonia crece sobre unas lomas. Se ven chozas con techos de plástico, se ven amagos de pavimentación, amagos de alcantarillado, amagos de trazado de calles. Amagos, viejos y ya rotos. El agua de la lluvia ha removido los bajos de la zona y huele fuerte, a olvidado y a podrido. El lugar, tan ordinariamente precario, desborda los sentidos; pobreza se queda corto. Nuestra sensación es que los que están allí hace tiempo que desaparecieron, pues no hay estado, pues lo público y lo común no están ni se les espera, pues lo que produjo lo que pasó en la gallera se sigue produciendo, en un rabioso presente. Me pregunto entonces de qué pasado hablamos, qué sentido tiene trabajar sobre esto desde la memoria, la recuperación de lo que fue. Entiendo la operación ética y política que lleva a hacerlo. Pero creo que no nos ayuda realmente a entender la realidad. Tenemos que pensar las desapariciones en un gerundio que sigue moviéndose; son desapariciones sociales, algo producto de un sistema que las produce como sin querer y que no cejó de generar abandono y abandonados.

Fue, hasta ahora, la última vez que estuve en México. Vino después la pandemia. Luego volví a Europa. Recordándola me sigue deslumbrando cómo se presenta en Tijuana la desaparición, tan esférica, como un hecho social total. Es generosa Tijuana dejando verse así, como un paisaje completo de desapariciones, todo a la vez, como una solución a la ecuación que plantea la producción masiva de abandono como un dato transversal del mundo contemporáneo. A la vez, sí: algo que sale de un agüero y camina por un río seco; zonas de espera asentadas, casi ciudades, pero de no derecho; la opulencia soberbia, a lo lejos, de San Diego, y poblados donde hubo sótanos en los que se disolvían cuerpos de gente de la que nunca más se sabrá que se parece a la gente que todavía está allí aunque sin estar del todo. No me parece mala hipótesis pensar en ellos como “desaparecidos”: están fuera de nuestro campo de aparición, no existen para nuestros registros de lo común, de lo compartido, de la política, la vida o la existencia.

* Gabriel Gatti es profesor titular de sociología en la Universidad del País Vasco. Coordina el programa de investigación Un mundo de víctimas, donde ha sido investigador principal de los proyectos Mundo(s) de víctimas y Desapariciones. Es editor responsable de Papeles del CEIC.

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