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Desaparición forzada y metáforas de ausencia en México
La metáfora de rastreadora o buscador tiene implicaciones política muy profundas, pues se apologiza el deslinde del Estado y el abandono de sus responsabilidades, se naturaliza la indignante carga que las y los familiares tienen ante la ausencia, la justicia y la verdad.
Por Rodolfo Gamiño Muñoz
11 de enero, 2021
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Jorge Semprún sentenció que el sujeto que ha perdido a un ser querido es un “regresado”, alguien que regresó del horror, de lo innombrable, regresó de donde no hay palabras para enunciar su experiencia, la experiencia del horror vivido (Semprún, 1995).

Los familiares de desaparecidos en México son como los “regresados” que aludió Semprún, son esos supervivientes en turno, los testigos que aparecieron ante la desaparición de un familiar, los que emergieron en esa realidad colmada de ausentes, en esa realidad disponible a los ojos de todas y todos. Esos familiares nos han demostrado que la experiencia de la ausencia es invivible, pero no indecible como se supone. Nos han demostrado que la ausencia de un ser querido ante su desaparición es un relato posible, cargado de toda su densidad en el momento de su recreación.  “Siempre puede decirse todo, el lenguaje lo contiene todo (…) Se puede nombrar el mal, su sabor de adormidera, sus dichas deletéreas (…) Puede decirse todo de esta experiencia. Basta con pensarlo” (Semprún, 1995:26).

Bajo esta lógica es pertinente preguntarnos ¿por qué en México ante la ausencia por desaparición forzada se elaboran tantas metáforas? ¿Cómo estas metáforas se convierten en un vocabulario común? ¿Cuáles son las implicaciones políticas, sociales y jurídicas de estas metáforas? Desde nuestra lectura, las metáforas de la ausencia elaboradas por las y los familiares de desaparecidos han tenido implicaciones negativas en lo político, social y jurídico, pues no han contribuido al esclarecimiento legal y a la construcción de una verdad alterna a la oficial, como adelante se observará. Por el contrario, esas metáforas han sido cómodas y perversamente utilizadas y reproducidas por el Estado y múltiples instituciones gubernamentales para evadir sus responsabilidades políticas, sociales y  jurídicas.

Las metáforas de los familiares con seres ausentes en México son ejercicios narrativos que dan cuenta de su subjetividad, de lo más profundo de su mundo, de su condición de “regresados” y su resistencia ante el horror de su presente. Las metáforas que los familiares han realizado sobre la ausencia son establecidas en dos dimensiones, una privada y una pública, cada una de estas metáforas cumple funciones que son primordiales para que los familiares de desaparecidos sobrevivan al vacío y a lo indecible de la ausencia. Por supuesto, estas metáforas no son construidas a partir de profundos ejercicios reflexivos, son elaboradas desde la experiencia de ausencia, utilizando los recursos emocionales con los que las y los familiares cuentan para subsistir después de la desaparición de un ser querido. Por tanto, no puede responsabilizarse a las familias de estas metáforas y sus fallas operativas, menos del uso perverso que hace el Estado, las instituciones gubernamentales y los medios de comunicación. Pero sí podemos y debemos alertar sobre la deficiencia que producen estas metáforas en términos políticos, sociales y jurídicos.

Las metáforas privadas elaboradas por algunos familiares de desaparecidos-ausentes les han permitido sacudirse en primera instancia del sentimiento de culpa ante la ausencia (Fuerzas Unidas. 2018:16). Una explicación recurrente que aligera la carga de ser un “regresado” es metaforizar a través del sujeto sustraído, el ausente que fue arrancado de su entorno, de su hábitat, de su cotidianidad, sin que nadie de sus seres queridos pudiera hacer algo para evitarlo. La interlocución con el ser ausente se da, regularmente, a través de una imagen: la fotografía. Las fotografías se vuelven una parte inmanente en la que los vivos, los “regresados” conservan para dialogar con su ser ausente. La fotografía se convierte en un interlocutor entre el ser vivo, el sobreviviente y el que fue arrancado. La fotografía es un lenguaje mudo, el único que suele quedar ante la súbita ausencia.

La metáfora del arrancado acompaña el diálogo del ausente y adopta a la fotografía como un elemento mediador. Estas dinámicas son acompañadas de acciones cotidianas a través de las cuales los familiares evitan minimizar la ausencia, continúan las labores, el quehacer y las aficiones del ser desaparecido, arrancado, ausente. Su ropa, sus cosas, sus cuartos permanecen intactos. En la medida de lo posible nada se mueve, nada se cambia, nada se toca. La ilusión del retorno es una clave de esperanza. Lo estático de los objetos, lo intacto de éstos es el reflejo del deseo que los familiares mantienen por dar presencia a la ausencia, una forma de congelar el tiempo y mantener viva la presencia del sujeto ausente.

Otra de las metáforas que los familiares suelen crear es la de la identidad. La ausencia se vuelve un signo de identidad en el ámbito privado –y posteriormente en el ámbito público- (Fuerzas Unidas. 2018:16). La identidad de las y los familiares de desaparecidos tiende a formar un lazo emotivo que se experimenta en los espacios más privados y recónditos, es el sentir de la tristeza, el dolor de la perdida, el coraje e impotencia, el sufrimiento, la desesperación, desaliento, el miedo creciente que acompaña a las y los familiares por todo lo que se encuentra y todo los que se mueven en el exterior de esa privacidad, fuera de su encierro obligado.

La incertidumbre y el miedo al exterior, a esa amenazante realidad externa, esa hostil realidad absoluta colmada de horror suele ser capitalizado por las y los familiares, les permite erigir fortalezas, emerger y formular nuevas metáforas de su ausencia en el espacio público. Pero el Estado y los medios se las apropian, las enaltecen públicamente vaciándoles de todo contenido originario, utilizan estas metáforas para evadir sus responsabilidades y, paralelamente, crear expectativas que el Estado y las instituciones saben que no cumplirán.

Las metáforas públicas más poderosas han sido aquellas que dotan a las y los familiares de un sentido, un orden emocional y, sobre todo, de un posicionamiento público. Una de las principales metáforas que han emergido en el espacio público es la de resistencia. La resistencia es una metáfora que reviste a la ausencia a cambio de una esperanza, es una metáfora absoluta que hace visible y legible el mundo profundo de las y los familiares, no el de la ausencia, sino de lo que se construye con ella. A decir, la esperanza como un nuevo sentido, la esperanza como un motivo para seguir habitando el mundo externo, aunque el mundo interno haya sido derruido, aniquilado por la ausencia.

La metáfora de la resistencia oculta lo profundo, pero muestra las dimensiones de esa profundidad. La resistencia visibiliza su mundo vacío, deshabitado. La resistencia es la certeza del sentido de los regresados, es su presente, su nueva historicidad. Resistir hasta encontrar o ver de regreso al ser querido arrancado y que está ausente.

La metáfora de la resistencia ha sido acompañada por otras metáforas periféricas, como las de esperanza, lucha y amor. Las y los familiares resisten porque tienen esperanza, se prometen luchar contra las adversidades sociales, políticas así como contra las instancias, personajes, actores o instituciones gubernamentales que tienen un vínculo directo o indirecto con su ausencia. El amor al ser querido es el ingrediente contra la resignación, contra el miedo y la incertidumbre. Es el antídoto que da fuerza para buscar, resistir y luchar hasta el regreso del ser ausente. Para las y los familiares o regresados el tiempo no puede ser medido por minutos, días, meses o años, sino por el periodo que dura la ausencia. En ese lapso no hay espacio para el olvido y no existe la muerte de sus seres queridos, pues son una memoria diaria, siempre presente.

Las metáforas creadas por los familiares de desaparecidos les han sido útiles para tener un anclaje y un sentido, generar estrategias de lucha y resistencia y para crear otra narrativa alterna. Sin embargo, éstas han sido utilizadas y reproducidas perversamente por las instituciones gubernamentales y medios de comunicación, como ya se ha dicho. La capitalización y deformación de estas metáforas han favorecido únicamente al Estado, incentivan su latente indolencia e inmovilidad.

Las y los familiares de desaparecidos han elaborado también metáforas públicas, destacan aquellas en las que se autonombran buscadoras/buscadores, rastreadoras/rastreadores. Ser rastreadora o rastreador permite a las y los familiares tener otra pertenencia identitaria, una identidad pública que resiste ante la inmovilidad e indolencia del gobierno local y federal, a la violencia permanente, a la impunidad y, también al narcotráfico y el crimen organizado. Ser buscador o buscadora es encontrar un apoyo psicológico, una nueva familia, la familia de los buscadores (Las rastreadoras, 2017).

Ser parte de los grupos de buscadores y buscadoras es tener apoyo, identificación y un espacio para compartir su realidad. Dentro del grupo no cabe la conmiseración, no cabe la perspectiva de “hay pobrecitas”, ahí hay solidaridad, hay ilusión compartida por encontrar al ser querido (Las rastreadoras. 2017). Los grupos de rastreadoras significa esperanza. Son mujeres y hombres de lucha ante el sufrimiento, con el coraje de todo ello sacan empuje, las y los mueven las ganas de encontrar a su ser querido sin importar nada, ni las inclemencias del clima, ni la propia vida. Para estos familiares todo se les ha derrumbado ante la ausencia, todo se acabó, todo se ha desgranado, todo se les ha retrasado, sus demás hijos e hijas, sus escuelas, la vida misma se les retrasó. Las madres, los padres, los hijos y las hijas se han desmoronado. Las madres siempre lo ocultan, pero también la vida se les ha desmoronado (Las rastreadoras, 2017).

Los y las rastreadoras son los que buscan en la naturaleza las señales de los árboles, la tierra y las plantas, la posición de las piedras o el pasto arrancado. Los y las buscadoras se acompañan de guantes de látex, pañuelos, sombreros, cachuchas, palas, picos, varillas, machetes, brochas y rastrillos. Materiales de los cuales se sirven para buscar no a una o uno, si no a todas y todos los ausentes. Ellas y ellos son las y los que tienen que salir a buscar, pues los cuerpos policiales les han dicho que no están facultados para buscar, sólo para investigar (Las rastreadoras, 2017).

Estos y estas rastreadoras son las que al hablar de su ser ausente han perdido la brújula de los tiempos verbales, se pierden entre el verbo del tengo o tenía, viven en una ambivalencia verbal, las ausentes a veces se asumen como vivos, otras son asumidos como un ser muerto. El o la ausente se vuelve un mediador entre las y los demás ausentes. Las madres y padres los buscan para regresarlos a casa, darles sepultura y dejarles por fin descansar. Los familiares necesitan después de su encuentro respirar, asimilar y, después de todo, seguir buscando a las y los que siguen ausentes.

Sin embargo, el uso excesivo de la metáfora de rastreadoras/rastreadores o buscadoras/buscadores han configurado un orden erróneo, se ha relativizado la empresa de las y los familiares con un ser ausente, se han romantizado sus formas de acción. Como ejemplo tenemos lo acaecido en Guaymas, Sonora. La Alcaldesa de Guaymas, Sara Valle Dessens, entregó al colectivo “Guerreras Buscadoras” enseres como palas, cubetas, guantes, gel antibacterial y cubrebocas como parte de un “kit para sus exploraciones”. En el marco del Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer, la mandataria municipal y otros funcionarios locales se reunieron para dar cifras sobre la violencia de género en la localidad. En el acto también estuvieron presentes familiares de víctimas de desaparición (Sin Embargo. 26 noviembre 2020).

El mal uso que el Estado y los medios de comunicación han hecho de esta metáfora ha vaciado de todo su contenido político y jurídico las acciones de las y los familiares de desaparecidos. Han convertido la ausencia en un errado lema de lucha, delegando en las familias toda la responsabilidad, mientras el Estado, sus instituciones y los medios de comunicación legitiman sus búsquedas y con cínica simpatía las aplauden. Relativizan el mundo de vida, la experiencia más profunda de las y los familiares, las colocan como resistencias profundas, acciones valientes ante la orfandad del Estado, la injusticia y la imperante impunidad.

Como puede apreciarse, la metáfora de rastreadora o buscador tiene implicaciones política muy profundas, pues se apologiza el deslinde del Estado y el abandono de sus responsabilidades, se naturaliza la indignante carga que las y los familiares tienen ante la ausencia, la justicia y la verdad. Bajo esta lógica es que se aplaude su lucha, su búsqueda, sus resistencias, como si no fuera una anomalía endilgares esa responsabilidad. Estas metáforas, además de todo, han reducido su experiencia del mundo derruido.

Estas metáforas carecen de un significado, son antiobjetivas, antifuncionales en términos jurídicos, pues los ministerios y fiscalías esperan que las y los padres encuentren, señalen para iniciar o proceder con la investigación. El lenguaje instalado en estas metáforas, y su abundante uso han permitido que la inmovilidad de las autoridades sea vista como algo normal, como regla que una y otra vez se aplica en la excepcionalidad. Es normal la imposibilidad de reformas jurídicas, así como la pereza, decidía u omisión de los ministerios, fiscalías y del Estado en general. La experiencia de los familiares como testigos del horror, bajo la metáfora de rastreadoras o buscadores se borra, sus propias metáforas públicas y su irreflexivo uso por parte del Estado y los medios de comunicación las han vaciado.

Por tanto, estas metáforas públicas de la ausencia son complacientes con el sistema político y jurídico, no son metáforas incómodas, comprometedoras para el régimen, por ello las tolera, las adapta y promueve su uso. Mientras que las y los familiares las formulan y utilizan de una forma totalmente opuesta: como una muestra de su rabia, indignación, como un sinónimo de lucha, de resistencia y, sobre todo, para demostrar el profundo amor al ser ausente.

En consonancia con estas metáforas absolutas, las y los familiares han construido otras metáforas que es importante señalar y necesario reflexionar sobre los riesgos de su adecuación y promoción de su uso por parte del Estado y sus múltiples aparatos de poder. Nos referimos particularmente a aquellas metáforas en las que los familiares se explican el fenómeno de la ausencia por desaparición o desaparición forzada, a decir, cómo nombran el suceso, cómo llaman al hecho. Públicamente las y los familiares tienden a metaforizar la desaparición con otras insinuaciones, tales como: “se lo/la llevaron”, “levantaron”, “arrancaron”, “secuestraron”, “arrebataron”, “se fue”, “dejó un hueco”, fueron “detenidos”, “trasladados” o “fueron arrastrados”.

Estas metáforas públicas de la ausencia tienden a ser también complacientes con el sistema político y jurídico, estas metáforas invisibilizan y maquillan el delito permanente de la desaparición, un delito extendido e imprescriptible. El mal uso de estas metáforas oculta el horror de la ausencia vivida, se esconde en el espacio privado de las y los familiares de desaparecidos y regresa como una metáfora poderosa que incentiva una comprensión distorsionada de sus subjetividades, la diversidad de sus mundos, de su singularidad, su dignidad, de su historia personal, afectiva y social. Los significados reales que alimentan la relación de las familias de desaparecidos con el mundo. (Le Bretón. 2018. p. 27).

Estas familias con seres ausentes son colocadas ahí, encapsuladas en esas metáforas mal usadas por el Estado y los medios, las colocan en la blancura que cierra el acontecimiento. En el estar ahí según las formas de vivir la ausencia. El mal uso de estas metáforas construye una idea de las resistencias de las y los familiares, esa idea del amor romántico, que presenta sus acciones, sus narrativas y sus propias metáforas como una resistencia noble, colmada de amor y como una “digna rabia”.

Ante la ausencia más metáforas, aunque con ello las y los familiares de desaparecidos sigan siendo colocados en un encapsulamiento metafórico que no contribuye a la activación de mecanismos de verdad, justicia y reparación. El perverso uso de esas metáforas siguen colocando a las y los familiares de desaparecidos en un espacio privado colmado de soledad, en ese espacio donde sus ausencias son más profundas y multiformes.

Es imperante que como sociedad, de manera conjunta con las familias de desaparecidas/os, reflexionemos sobre la relación de las metáforas de la ausencia con la desaparición y la desaparición forzada de personas, que conozcamos la forma de vivir, significar, metaforizar la ausencia y cómo son usadas y tergiversadas. Ello posibilitaría explicar cómo todos estos elementos se han relacionado con la verdad, la justicia y con la imperante impunidad en México.

* Rodolfo Gamiño Muñoz es académico e investigador del Departamento de Historia, Universidad Iberoamericana, Ciudad de México. Contacto [email protected].

 

Referencias bibliográficas y fílmicas

Fuerzas Unidas por Nuestros Desaparecidos en Nuevo León, A.C. (2018). La presencia de la ausencia: historías de personas desaparecidas y reflexiones en torno a la desaparición en México. UANL, Nuevo León.

Le Breton, David (2018). Desaparecer de sí. Una tentación contemporánea Siruela, Biblioteca de Ensayo, España.

“Las rastreadoras” (2017). Documental de Adrían González Robles. Time Lapse Ediciones. 118 minutos. México.

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