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El Instituto para la Seguridad y la Democracia (Insyde) es una organización con una década de t... El Instituto para la Seguridad y la Democracia (Insyde) es una organización con una década de trabajo en el diseño de soluciones para ejercer a plenitud el derecho humano a la seguridad. Buscamos el cambio de paradigma de seguridad pública a una seguridad ciudadana con el involucramiento de instituciones, organizaciones y sociedad. Reforma policial democrática, migración y derechos humanos, violencia y medios de comunicación, nuestros temas. (Leer más)
Espacios emocionalmente seguros para la recuperación de trauma emocional
Un ambiente emocionalmente seguro crea predictibilidad, certeza, confianza en que si hubiera algún peligro también habría alguien que brinde ayuda, proteja y cuide. Estos elementos nos permiten explorar posibilidades, darnos la oportunidad de experimentar y fallar, y que las fallas sean una fuente de aprendizaje, de practicar diferentes formas de reaccionar ante distintas circunstancias.
Por Sandra Cortés
15 de diciembre, 2020
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Aunque la palabra trauma se ha utilizado en el lenguaje cotidiano de manera trivial, alude a una situación desagradable en la persona que la nombra, sin embargo, en un sentido más preciso, esta vivencia o evocación va más allá, y tiene repercusiones incapacitantes que no son fáciles de mitigar y recuperarse de las consecuencias que ha traído a su vida. De acuerdo con Renos Papadoupulus, los traumas no son situaciones que nos pasan, son el resultado de situaciones adversas de las que no hemos podido salir adelante y de las que no hemos obtenido algún crecimiento (2007) o aprendizaje. Aunque en sus orígenes, la palabra se limitó al ámbito médico, al mencionar el trauma emocional Van del Kolk (1996) se refiere que éste sucede cuando los recursos internos (personalidad y estado emocional) y externos (ambiente físico, estructuras sociales, redes de apoyo) son inadecuados para lidiar con una amenaza externa.

Esto significa que si una persona se enfrenta a una situación violenta -y tiene personalidad temerosa e insegura, no reconoce y exige sus derechos- siente que al reaccionar tiende a empeorar la situación, no puede pedir ayuda o siente que no la merece, es decir, sus recursos internos no son suficientes para lidiar con la violencia (amenaza externa), la vivencia de esta violencia se sentirá como un gran peligro, y dejará una huella emocional importante. Si además esta experiencia se encuentra con la indiferencia de quienes le rodean, si es responsabilizada por la violencia que recibe o si ésta se naturaliza o justifica, si al intentar denunciar en las instituciones correspondientes encuentra trámites engorrosos y trabas para continuar el proceso o, peor aún, si recibe juicios sobre su actuar (todos recursos externos) seguramente la huella de esta experiencia tendrá efectos relacionados con el Trastorno de Estrés Post-traumático, dado que ni los recursos internos, ni los externos fueron suficientes para lidiar con la situación vivida. Por el contrario, si otra persona que vive esa misma situación violenta reconoce que son malos tratos, que merece un trato respetuoso, expresa su malestar, pone límites claros y firmes (recursos internos), además tiene apoyo y cuidado de sus redes familiares, amistades, círculos sociales en su comunidad, y obtiene atención institucional para protegerse (recursos externos contenedores), su experiencia tenderá a percibirse con confianza en sí misma, en la comunidad y las instituciones de quienes recibió el apoyo. El mundo entonces, aunque sea un lugar con riesgos, puede ser confiable al acercarse a las personas adecuadas y recibir ayuda. A pesar de que no todas las condiciones sean idóneas, puede darse la oportunidad de construir confianza.

¿Cómo puede ser entonces que un ambiente emocionalmente seguro sea un factor de prevención y recuperación del trauma? Si bien el ambiente es parte de los recursos externos, cuando éste es nutricio y seguro fomenta el fortalecimiento de los recursos internos. Crea predictibilidad, certeza, confianza en que si hubiera algún peligro también habría alguien que brinde ayuda, proteja y cuide. Estos elementos nos permiten explorar posibilidades, darnos la oportunidad de experimentar y fallar, y que las fallas sean una fuente de aprendizaje, de practicar diferentes formas de reaccionar ante distintas circunstancias. Es practicar sin temor paralizante el deporte de vivir.

Sandra Bloom, creadora del Modelo Santuario en el cual se basa este argumento, pretende facilitar el desarrollo de estructuras, procesos y comportamientos que reconocen la responsabilidad compartida en la resolución de conflictos, minimizando los abusos de poder. En este modelo están integradas la responsabilidad personal, institucional y de la comunidad como un todo. Así, enseña a las organizaciones e individuos habilidades necesarias para crear y sostener formas de vivir, y sistemas no violentos, que les acerque a explorar nuevas posibilidades en la construcción de paz y de bienestar comunitario. El modelo está dirigido principalmente a personas que sufrieron experiencias traumáticas, o fueron expuestas a situaciones adversas por periodos largos de tiempo. En su intervención el ambiente físico y emocional tiene en sí efectos terapéuticos que llevan a la recuperación emocional del trauma (2013). El modelo es complejo y consta de varios tramos que actúan en diferentes niveles, profundidades de intervención, valores y enfoques de conocimiento (preventivo, victimológico, de género, sanación y recuperación del trauma, personas bajo estrés, duelo). Un aspecto central de este modelo es la seguridad.

De acuerdo con este modelo, la seguridad de una persona dentro de un contexto comunitario sucede en cuatro niveles simultáneos y dinámicos: seguridad física (sentir la seguridad en el propio cuerpo y en el mundo), seguridad psicológica (sentir seguridad consigo misma), seguridad social (sentir seguridad con otras personas), seguridad moral (sentir seguridad al guiarse por un sistema de valores). Se destaca que cada tipo de seguridad se define por el “sentir” es decir, parte de una apreciación subjetiva, que determina cómo las personas perciben sus recursos internos y se sienten con la confianza de que, a pesar de encontrarse en situaciones de peligro, pueden actuar para procurarse seguridad con sus recursos internos y son capaces de utilizar sus recursos externos en caso de requerirlo. Para la implementación de este modelo, se recrean estos elementos en el ambiente cotidiano de la institución o la organización.

En mi experiencia laborando (2005 a 2019) y dirigiendo (2014 a 2019) el Programa JUCONI -que impulsa intervenciones educativo-terapéuticas intensivas con el objetivo de sanar las secuelas de la violencia familiar-, pude observar en la organización y en otras que recibieron capacitación en México y en otros países cómo al hacer presentes e intencionados determinados elementos físicos y ambientales de este modelo, se facilita la recuperación del trauma. Dichas herramientas y elementos producen movimientos hacia escenarios de construcción de paz como una responsabilidad comunitaria y colectiva. Aunque el modelo fue implementado inicialmente para intervenciones en programas residenciales (en los que las personas son albergadas), ha mostrado resultados también en centros de atención de día (las personas reciben atención, algunas durante horas al día), y en instituciones gubernamentales que atienden la violencia familiar y de género.

Acciones de naturaleza ambiental simples, pero con profunda intencionalidad tienen un efecto positivo en la reconstrucción de los recursos internos de las personas.

Los espacios ordenados dan estructura, generan predictibilidad en el ambiente.

La construcción de una rutina clara en lenguaje y estructura, en un espacio visible para la comunidad, crea certeza en lo que sucede en cada momento del día y la semana.

Los afiches con contenidos emocionales precisos que invitan a tomar consciencia de los estados emocionales, dan el permiso explícito de reconocer las emociones y sentimientos como parte de la vivencia humana.

Tener herramientas simples y prácticas les permitan manejar sus emociones de manera progresiva.

El interés genuino por entender qué fue lo que originó el comportamiento violento más que el comportamiento en sí, da la experiencia de sentir que son realmente importantes para alguien, quizás por primera vez su vida. Este acto tiene cambios profundos en su estructura emocional y puede ser la llave para abrir la puerta para sentir seguridad emocional.

El reconocimiento de que cualquier persona podría recibir y ejercer violencia, y que lo verdaderamente importante es lo que somos capaces de hacer cuando la violencia se presenta, enseña la responsabilidad de responder de manera no violenta, así como escuchar de la comunidad el impacto de la violencia que se ejerce, aunque parezca indirecta o lejana.

La comunidad tiene el derecho y la obligación de hablar sobre el impacto de las acciones violentas, de manera individual y comunitaria. En ambos niveles también se tiene la responsabilidad de tomar decisiones que les permita realizar acciones para no repetir comportamientos violentos. Si cada persona en la comunidad es capaz de reconocer su nivel de responsabilidad en los actos de violencia que existen, toda la comunidad tiene la capacidad y compromiso de crear una cultura de paz. Los actos violentos se reconocen y toman acciones de reparación en conjunto. De esta forma se puede observar en espacios de atención a población en situación de vulnerabilidad que ha vivido violencia cotidiana, cómo la intencionalidad de la disposición de elementos ambientales pueden generar seguridad y permiten iniciar la sanación del trauma, recuperando la percepción o “sensación de” seguridad y la conciencia de la capacidad de responder ante situaciones adversas con sus recursos internos y externos.

Estos factores generan mayor confianza, fomentan relaciones seguras, de apoyo y cuidado, buenas prácticas de salud que pueden crear experiencias de dominio de las situaciones adversas y promueven en las personas confianza en sí mismas. En el caso de las personas que no han sido expuestas a situaciones adversas, vivenciar ambientes seguros ayudan a crear estructuras emocionales fuertes.

En 2005 se fundó el Instituto Santuario para entrenar a las organizaciones en el Modelo. Para 2015 Sandra Bloom y su equipo habían apoyado la implementación del modelo en más de 300 organizaciones en diferentes países para atender a poblaciones que han vivido situaciones de trauma.

Para la implementación del Modelo se requiere de un enfoque eco-sistémico, en el que se considere la existencia de la violencia como una responsabilidad de toda la sociedad, de la misma forma que el compromiso por la no violencia, se transmita y se logre con la participación individual, familiar, comunitaria (escuela, centros de atención de día, comunidades religiosas, deportivas, culturales, organizaciones vecinales) y de las diferentes instituciones públicas y privadas de atención a las violencias y al cuidado.

* Sandra Cortés (@cortesiniestra) es Licenciada y Maestra en Psicología por la Universidad de Las Américas-Puebla, consultora independiente y psicoterapeuta.

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