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Jóvenes, violencia(s) y mercado de drogas ilegalizadas, el caso Rosario-Argentina
Estamos en condiciones de afirmar en términos de tendencia que en nuestra región la inmensa mayoría de los muertos, así como de los agresores, suelen ser jóvenes varones de sectores populares.
Por Eugenia Cozzi
4 de noviembre, 2019
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Acá no hay una guerra narco, los pibes se quieren hacer ver”, repetía sin cesar un joven de un barrio popular de la ciudad de Rosario, en Argentina, en el año 2013, momento de mayor pico del aumento de los homicidios registrados en esa ciudad, disputando así la imagen bélica construida de manera externa sobre su barrio y sobre sus muertos y recuperando, al mismo tiempo, un costado productivo de la violencia en su dimensión expresiva.

Me interesa colocar, a partir de analizar el caso Rosario en Argentina, algunas cuestiones en relación a la vinculación que suele asignarse de manera demasiado lineal entre el desarrollo y/o expansión de determinados mercados ilegales, como el mercado de drogas ilegalizadas, denominado popularmente “narcotráfico” y/o “crimen organizado”, y el aumento de la violencia letal en nuestra región, a pesar de existir diversos estudios que complejizan y, de algún modo, rechazan esas explicaciones simplificadoras. Vinculación, además, que la mayoría de las veces desconoce la incidencia de las políticas de seguridad y las prácticas de las agencias del sistema penal, en especial de las policías y fuerzas de seguridad, en la configuración local y particular, tanto de esos mercados ilegales, como de la(s) violencia(s) que sufren de manera intensa algunos grupos sociales; y proponen para abordar estos fenómenos, paradójicamente, salidas predominantemente punitivas.

La violencia letal es una de las mayores preocupaciones en la región. A pesar de que, en términos generales, los registros oficiales suelen ser defectuosos, débiles y/o poco confiables, el indicador más utilizado para medir comparativamente la violencia es la tasa de homicidios registrados. Es decir, cantidad de hechos por cada 100.000 habitantes, en un plazo determinado. Sin desconocer las limitaciones en los modos de producción de esas estadísticas oficiales, estamos en condiciones de afirmar en términos de tendencia que en nuestra región la inmensa mayoría de los muertos, así como de los agresores, suelen ser jóvenes varones de sectores populares.

La ciudad de Rosario con un millón habitantes es la tercera más importante de Argentina, ubicada a la vera del río Paraná, con una dinámica productiva con acento en resortes financieros y de servicios en general, con un más que significativo movimiento portuario, no es la excepción. En los últimos años, la tasa de homicidios registrados en esta ciudad ha aumentado de manera significativa, duplicando en muy poco tiempo su valor histórico. Es decir, y según datos oficiales, de una tasa promedio de 9 -relativamente baja en relación a la media nacional- a partir del año 2012 la misma comenzó a incrementarse significativamente, llegando a un pico, en el año 2013, de 23; tendencia que se sostuvo hasta el año 2014, año en que comienza a descender levemente, pero manteniéndose muy por encima de su tasa histórica. Los muertos y sus agresores fueron, en su mayoría, jóvenes varones, menores de treinta años de edad, de barrios populares.

En general, esas muertes fueron presentadas y caracterizadas, en los medios de comunicación -locales y nacionales-, en los discursos oficiales y de diversas organizaciones sociales, como situaciones vinculadas a bandas organizadas y disputas territoriales por el control de la venta de drogas. En otras palabras, la mayoría de estas muertes aparecen representadas, clasificadas, caracterizadas y, de algún modo, explicadas como “ajustes de cuenta” del “narcotráfico”. De este modo, especialmente a inicios del año 2012, el “narcotráfico” como problema comenzó a instalarse como uno de los temas centrales en las agendas (públicas y mediatas), y se constituía en una categoría que intentaba ser auto-explicativa de una variedad de fenómenos. Insisto, diversos actores sociales colaboraron en la construcción de una imagen social sobre estas muertes de una manera particular, como si fueran sólo el resultado de una “guerra” caótica sin control, de una disputa territorial sin reglas producto de una violencia instrumental y al mismo tiempo irracional, en la disputa por el territorio en el mercado de venta de drogas ilegalizadas.

De este modo se reeditaba uno de sus títulos más antiguos de la ciudad Rosario, el de “la Chicago argentina”, emparentando a ambas ciudades por la presencia de mafias a principio de Siglo XX. Pero en esta reedición, un siglo después, la ciudad de Rosario fue comparada de manera frecuente con otras ciudades, como Medellín o Ciudad Juárez, poniendo el foco en el mentado “avance del narcotráfico”; aunque poco se asemeje las características del mercado de drogas en Rosario con las de esas ciudades. Título que se vuelve una categoría auto-explicativa, una caracterización homogénea, una etiqueta, y que genera, además, efectos políticos particulares, me refiero especialmente a las políticas públicas en materia de seguridad implementadas en este contexto particular; predominantemente punitivas.

Ahora bien, ¿qué dicen sus protagonistas? Es decir, ¿cómo son definidas, representadas y explicadas esas muertes por los jóvenes que participan en esos enfrentamientos físicos en los cuales se utilizan armas de fuego? A lo largo del trabajo de campo, desde una perspectiva etnográfica, en barrios populares de la ciudad de Rosario, pude advertir que la mayoría de las veces estos jóvenes rechazaban la narrativa bélica relacionada a una disputa territorial por la venta de drogas; disputaban así los sentidos hegemónicos y externos construidos sobre esas muertes y esos muertos, y señalaban, en cambio, una y otra vez que en el barrio “no había una guerra por la venta de drogas. Es decir, procuraban otras caracterizaciones al explicar estas muertes, mencionaban que la mayoría no estaban vinculadas al “narcotráfico”, que por el contrario los jóvenes “se quieren hacer ver”, ligándolas más bien a muestras de valentía y coraje, relacionadas a demostraciones de masculinidad hegemónica, refiriendo a un aspecto productivo de la(s) violencia(s) en términos de obtención de honor y prestigio social y formas de construcción y/o disputas de poder y autoridad, con materiales socialmente disponibles.

Evidencias, que con matices, podemos encontrar en otros estudios sobre mercados ilegales y violencia en nuestra región. Evidencias que nos colocan frente una pregunta urgente, ¿cómo en nuestras sociedades profundamente desiguales producimos otros materiales sociales para que estos jóvenes puedan sentirse reconocidos, respetados, protegidos y conocidos?

* Eugenia Cozzi (@EugeCozzi) es Profesora del Departamento de Derecho Penal, Criminología y Seguridad Ciudadana, Facultad de Derecho, Universidad Nacional de Rosario. Becaria Posdoctoral de CONICET. Investigadora del Equipo de Antropología Política y Jurídica, Facultad de Filosofía y Letras, Universidad de Buenos Aires. 

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