La crisis de fentanilo en Estados Unidos amenaza a México - Animal Político
close
Recibe noticias a través de nuestro newsletter
¡Gracias! Desde ahora recibirás un correo diario con las noticias más relevantes.
sync
Seguridad 180°
Por Insyde
El Instituto para la Seguridad y la Democracia (Insyde) es una organización con una década de t... El Instituto para la Seguridad y la Democracia (Insyde) es una organización con una década de trabajo en el diseño de soluciones para ejercer a plenitud el derecho humano a la seguridad. Buscamos el cambio de paradigma de seguridad pública a una seguridad ciudadana con el involucramiento de instituciones, organizaciones y sociedad. Reforma policial democrática, migración y derechos humanos, violencia y medios de comunicación, nuestros temas. (Leer más)
La crisis de fentanilo en Estados Unidos amenaza a México
Repasando brevemente las grandes olas de crisis de opioides en Estados Unidos, encontramos una relación entre ellas y ciertos cambios en las dinámicas de producción en suelo mexicano.
Por Mario Pavel Díaz Román
16 de marzo, 2020
Comparte

En el país, el cultivo de amapola y producción de opio puede rastrearse su origen a mediados del siglo XIX, cuando su cultivo fue impulsado, en primer lugar, por la llegada de mano de obra china al país, la cual se estableció sobre todo en los estados del norte, como Baja California, Chihuahua, Durango, Sinaloa y Sonora, a través del Pacífico mexicano; y, en segundo lugar, por la demanda creciente de morfina en EEUU a consecuencia de la Guerra Civil (1861-1865), cuando los combatientes desarrollaron dependencia a sustancias derivadas de la adormidera, como la morfina, por heridas y circunstancias relacionadas con el combate entre la Unión y los Confederados, situación a la que se le denominó la “enfermedad del soldado”.

Si bien desde la inmigración asiática, que encontró en el llamado “Triángulo Dorado” (Chihuahua, Sinaloa y Durango) condiciones climáticas y territoriales propicias para el cultivo de amapola, la producción de adormidera no ha cesado en el territorio nacional; esta, a gran escala, ha estado estrechamente relacionada con el mercado y la demanda norteamericana. Históricamente, en México no se han registrado números significativos que indiquen el uso extendido de opioides, a excepción de la franja fronteriza, donde la presencia de dichas sustancias es de carácter permanente, debido a su tránsito al otro lado de la frontera, mostrando que no existe una estrecha relación entre el número de cultivos en el país y el consumo nacional.

Repasando brevemente las grandes olas de crisis de opioides en Estados Unidos, encontramos una relación entre ellas y ciertos cambios en las dinámicas de producción en suelo mexicano. La primera, como se mencionó, data de la Guerra Civil, contexto en el que aparece el cultivo en México. La segunda ola se dio a consecuencia de la Segunda Guerra Mundial. La tercera crisis data de la década de los 60. Enfocada más en el consumo de heroína, la crisis de finales de los 60 tuvo como secuela la declaración de la “guerra contra las drogas” del entonces presidente Richard Nixon (1969-1974) y la subsecuente creación, en 1973, de la Administración para el Control de Drogas (DEA). Con la guerra contra las drogas de Nixon se inició la desarticulación de la llamada “Conexión Francesa”, una red de tráfico de heroína, de origen turco, hacia los Estados Unidos. Hacia 1972, Turquía, bajo presión diplomática de los EEUU, prohibió la producción ilegal de opio y heroína, iniciando así una transición a la producción legal para fines medicinales. El desabasto de heroína en Norteamérica, tras la deshabilitación de la Conexión Francesa, no aminoró la demanda de opiáceos en Estados Unidos, hecho que influyó para que el cultivo de amapola se extendiera en el territorio Mexicano y creciera, de una concentración mayoritaria en los estados del norte, hacia Chiapas, Oaxaca, Michoacán y Guerrero.

La cuarta crisis de opioides en Norteamérica data de la década de los noventa y continúa vigente hasta ahora. Esta tiene su génesis en el exponencial uso médico de opioides, recetados sin mediar reflexión por parte de médicos, a través de campañas de mercantilización violenta de las farmacéuticas. Pronto, la dependencia médica de las sustancias pasó a tener impacto en el consumo no medicinal de estas, con un comercio informal de opioides recetados y la posterior búsqueda de alternativas más económicas: la heroína, sobre todo, de origen mexicano.

De manera sincrónica a la escalada en el consumo de opiáceos en Estados Unidos durante los años 90, en México comenzaron a implementarse una serie de políticas económicas, las cuales verían una de sus máximas expresiones en la firma del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN) en 1992. El objetivo del TLCAN consistió, entre otras cosas, en la eliminación de las barreras arancelarias y no arancelarias en el intercambio comercial entre los países suscritos a él. La supresión de aranceles incluyó a los productos agrarios, lo que llevó al campo mexicano a una crisis que propició que cada vez más hectáreas de suelo nacional fueran destinadas al cultivo ilícito.

Así mismo, una vez que las restricciones para adquirir opioides se volvieron más estrictas en Estados Unidos, muchas personas migraron al consumo de la heroína, a la par que, para la primera década del siglo XX, algunos Estados de la Unión Americana comenzaron a legalizar la mariguana recreativa y medicinal, lo cual impactó en el mercado de la marihuana de origen mexicano, elevando sus costos y disminuyendo su consumo por parte de los usuarios norteamericanos. Esta serie de factores permitieron un “boom” en el aumento del cultivo ilegal y la producción de heroína en México, destinada en su mayoría a satisfacer la demanda norteamericana.

Es en este contexto que el cultivo ilícito de amapola, además de mantenerse en las regiones donde históricamente ha existido, se diseminó de manera generalizada por el estado de Guerrero, en el cual los números de cultivos ilegales crecieron considerablemente. La Oficina de Naciones Unidas contra la Droga y el Delito (UNODC, por sus siglas en inglés), en su informe del 2012, refiere que de 1997 al 2010, el cultivo ilícito de amapola en México pasó de 4000 a 14,000 hectáreas, alcanzando su cifra más alta en el 2009, con 19,500 hectáreas. A su vez, la Comisión Nacional contra las Adicciones (CONADIC), en su informe sexenal de resultados durante el sexenio de Felipe Calderón (2006-2012), refiere que en ese periodo se erradicaron un total de 82,628 hectáreas, siendo Guerrero el estado en encabezar la lista, con 42,031; es decir, poco más de la mitad de cultivos erradicados en ese periodo temporal, fueron en dicho estado. En segundo lugar le sigue, de lejos, Durango, con 15,954 hectáreas.

Si bien las cifras anteriores ayudan a observar de qué manera se ha venido comportando la producción de amapola en el país, cabría aclarar que por lo general éstas son, por el carácter ilegal de la misma, aproximaciones establecidas en función de los intereses de quienes las exponen. Por lo regular, la tendencia se inclina hacia la exageración de los números, esto debido a fines políticos o burocráticos, pues las instituciones comisionadas para perseguir el tráfico de drogas frecuentemente manifiestan estimaciones que las favorecen al momento de destinar presupuestos, al exagerar la dimensión del problema, lo cual les permite, también, justificar su existencia. Además a la clase política le sirve agrandar el problema de las drogas para justificar los fallos de sus políticas de seguridad.1

También es importante señalar que para México, hasta el 2016, no existía un monitoreo bien cimentado, en una metodología comprobable, que arrojara información más precisa sobre los cultivos de amapola en el país. Ese año se publicó, de manera conjunta entre la UNODC y el gobierno mexicano (SEMAR, SEDENA, PGR/AIC-CENAPI), el “Monitoreo de cultivos de amapola 2014-2015”, el cual se basó en el análisis de “las imágenes satelitales y las fotografías aéreas tomadas en áreas de 10 por 10 kilómetros”, dando como resultado, entre julio del 2014 y junio del 2015, un “valor alto de 30,400 hectáreas, un valor medio de 26,100 hectáreas y un valor bajo de 21,800 hectáreas” cultivadas en territorio nacional. Lo cual, y ya con la nueva metodología expuesta, sigue manifestando una tendencia a la alza en la extinción de los cultivos, confirmando las zonas donde se cultiva la flor. El 29 de Noviembre de 2018, el gobierno mexicano y la UNODC presentaron un segundo informe: “México: Monitoreo de Cultivos de Amapola”, el cual comprende los períodos 2015-2016 y 2016-2017, donde la tendencia a la alza se sigue manifestando, con 25,200 (ha) para 20014-20015, y con 30,600 (ha) para 2016-2017.

Así pues, el cultivo ilícito en el país se ha desarrollado y ha resultado más rentable que la siembra legal, pues la demanda de sus derivados garantizaba su comercialización y el beneficio económico subsanaba los riesgos, como el crimen organizado, la erradicación del cultivo por parte del Ejército, la variación en los precios del mercado, entre otros. Todavía, hasta mediados del 2017, un agricultor guerrerense podía obtener entre 20 y 28 mil pesos por kilo de opio producido. Poco después los precios se vinieron a pique, alcanzando cantidades de 6,000 a 4,000 pesos por kilo, esto a razón de que las condiciones de mercado han cambiado debido a la demanda de heroína en los Estados Unidos.

El punto actual por el que atraviesa la crisis de opioides en Norteamérica ha llegado a niveles alarmantes, al grado de considerarla una “crisis humanitaria”. La tasa de muertes por sobredosis en Estados Unidos incrementó en una década (2007-2017) de 36,010 a 70,237 defunciones atribuidas a dicha causa, de las cuales 47,600 están relacionadas con algún opioide. La actual epidemia, además de continuar escalando, ha dado un giro a partir del 2014, año en el que se ha registrado, cada vez con mayor frecuencia, la presencia del fentanilo en el mercado, desplazando al consumo de heroína como el principal opiáceo consumido por los cautivos. De esas 47,600 muertes por productos derivados del opio, 28,466 tienen que ver con sobredosis por fentanilo.

El fentanilo es un opioide sintético similar a la morfina, pero entre 50 y 100 veces más potente, y entre 30 y 50 veces más fuerte que la heroína. Es consumido tanto de forma legal a través de fármacos recetados, como de manera ilegal. En el mercado ilícito se puede conseguir en forma de polvo, en gotas sobre papel secante, en envases de gotas oftálmicas o en pastillas parecidas a las de otros opioides prescritos. Además, es usual que en el mercado ilegal se encuentre mezclado con otras drogas como heroína, cocaína, MDMA y metanfetaminas.

Dos de los principales factores que han permitido su posicionamiento frente a otros derivados del opio son, por un lado, la superlativa potencia en sus efectos y, por otro, una mayor facilidad para encontrarla en el mercado. Algunos estudios hacen referencia a que se puede conseguir directamente en línea a través de compras por internet, las cuales surten sus pedidos a través de compañías de mensajería como Fedex, provenientes de China. En México, el fentanilo llega a los puertos de Manzanillo, Colima y Lázaro Cárdenas, Michoacán, procedentes de Hong Kong, Singapur y China. Otra causa importante es de carácter económico. Para comerciantes y traficantes resulta más rentable pues en vez de esperar los tiempos de producción, tanto del ciclo agrícola como de la producción sintética, es más fácil traer desde oriente, ya sea el fentanilo o los precursores químicos para su elaboración en laboratorios clandestinos, suprimiendo así los riesgos de la erradicación del cultivo, generando mayor ganancia en menor inversión de tiempo y trabajo. Además, la importación del fentanilo resulta más conveniente para las organizaciones traficantes y productoras de drogas en cuanto al volumen. Una hectárea de amapola llega a producir en promedio 11 kilos de látex y 0.5 kilos de heroína.

La crisis de salud que se vive Estados Unidos a causa del consumo de fentanilo tiene una serie de implicaciones para México. El declive en los precios de opio trae consigo una crisis para el campo mexicano, principalmente para los campesinos que se dedican al cultivo de amapola y la producción de goma, actividades que se efectúan por lo general en regiones con alto índice de marginación en el país. Además, el nuevo mercado puede traer consigo una reconfiguración entre las organizaciones traficantes de droga expresada en los índices de violencia en el país, debido a la lucha por el control de la producción y las rutas de distribución hacia los EEUU.

Algunos analistas consideran que la contracción de la economía de la amapola ha propiciado un “efecto pacificador”, a razón de la baja en el índice de homicidios registrados en el país, sobre todo, por la reducción de estos en el estado de Guerrero. Si bien es cierto, en lo que va del año se ha presentado una baja en el índice de homicidios con respecto a los números arrojados en el 2018 (el año más violento del que se tenga registro en el país), es probable que la respuesta violenta a la reestructuración en las dinámicas de producción, venta y rutas de transporte de opioides, en específico fentanilo, aún no se ha manifestado, y la violencia contenida en los estados históricamente productores como Guerrero y los que conforman el Triángulo Dorado, se extienda a las nuevas entidades donde empiezan a brotar laboratorios que producen la sustancia.

La caída en la producción de amapola, y sus implicaciones economías, no se restringen al terreno de lo local, con los campesinos productores de la flor; o de lo ilegal, con el precio de la heroína y el impacto para las organizaciones traficantes de drogas. Al ser una economía de ciclo corto, el alcance de la crisis se podría equiparar con las suscitadas por el café, el guano o el caucho en el siglo XIX, que pasaron de una época de auge a una depresión económica.

Al mismo tiempo, en México se puede replicar la crisis de salud por el consumo de opioides que actualmente afecta a la Unión Americana. En la franja fronteriza se ha registrado un incremento en el consumo de heroína, esto debido a una multiplicidad de causas, entre la marginación, la migración y el paso fronterizo de la sustancia, donde la heroína tiene una presencia permanente. Además, al no encontrarle salida en el mercado norteamericano a la producción de amapola ya cultivada en México, esta buscará otra ruta, distribuyéndose entre consumidores nacionales, nuevos y cautivos.

* Mario Pavel Díaz Román es especialista en violencia y delincuencia. Doctor por El Colegio de México en Ciencias Sociales. Diplomado del CIDE en política de drogas, derechos humanos y salud. Contacto [email protected]

 

1 Romero Vadillo, Jorge Javier: “La dimensión desconocida de drogas en México”, 2018. En Laura H. Atuesta y Alejandro Madrazo Lajous (Ed.), “Las Violencias” (pp. 23-50). CIDE

Lo que hacemos en Animal Político requiere de periodistas profesionales, trabajo en equipo, mantener diálogo con los lectores y algo muy importante: independencia. Tú puedes ayudarnos a seguir. Sé parte del equipo. Suscríbete a Animal Político, recibe beneficios y apoya el periodismo libre.

#YoSoyAnimal
Comparte
close
¡Muchas gracias!

Estamos procesando tu membresía, por favor sé paciente, este proceso puede tomar hasta dos minutos.

No cierres esta ventana.