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La identidad del dolor: procesos de la mente en casos de desapariciones
"Qué tal que la encuentro. Hay historias que después de años regresan. Que tal que yo dejé de buscar, no podría con eso". (Felipe, padre de una persona desaparecida, 2020).
Por Diego Díaz de León Fernández de Castro
8 de febrero, 2021
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Estaba a la mitad de la llamada, cuando se escuchó una discusión. Escuché que decía déjame, déjame, yo no hice nada”. Escuché un forcejeo, todo a través del teléfono. Esa fue la última vez que hablé con mi hijo. Ahora yo sé que siempre seré una mujer triste. No puedo matarlo yo, no puedo convencerme de que está vivo tampoco. ¿Qué me queda? Seguir mis días así, buscando, viva pero triste, ya será parte de mí. Aunque a veces sonría, ya es parte de mí. No quiero tampoco dejar de estar triste porque no puedo soltar a mi hijo, no puedo dejar de buscarlo. (María, madre de una persona desaparecida, 2020).

Después de trabajar todo el día con casos similares no pude evitar preguntarme, como psicoanalista, ¿hacia dónde debo dirigir el trabajo con estas personas y en qué lo sostengo? Esto fue lo que me llevó a realizar este artículo.

Es natural que cuando pensamos en desapariciones forzadas, inmediatamente pensemos en pérdidas y por lo tanto en duelos y lo que suponen como proceso. De acuerdo con Díaz Facio Lince (2017) en su lectura sobre algunos textos de Freud, considera que “la distinción entre las respuestas de angustia, dolor y duelo frente a la pérdida propone que la angustia se genera ante el peligro de perder el objeto amado y el dolor se afianza en la sensación de una pérdida consumada. El duelo, por su parte, es el proceso que el aparato psíquico realiza para tramitar lo insoportable de la pérdida”. Para complementar lo anterior, basándome en un texto escrito por Freud (1915), se debe considerar que se requiere de una prueba de realidad en la que comprobemos la pérdida del objeto amado que rompa con nuestra negación de la misma para, entonces, hacer una resolución del proceso de duelo. Sin embargo, ¿qué pasa cuando no tenemos una realidad que se nos imponga y triunfe sobre los mecanismos psíquicos que caracterizan al proceso de duelo como por ejemplo la negación? ¿Qué pasa cuando la realidad que se nos impone es una realidad de incertidumbre? La realidad que se presenta frente a la desaparición de un familiar podríamos entenderla como una fragmentación/fractura en la realidad de la pérdida tanto en el mundo físico como en el mundo psíquico. En la realidad física, la pérdida se encuentra fragmentada, el objeto amado no se encuentra, por lo tanto se pierde, sin embargo, a falta de cuerpo, se asume que se encuentra en algún lugar, por lo tanto no se pierde, es decir, está presente y a la vez ausente. Y en la realidad psíquica se presenta lo mismo, una ausencia acompañada de una presencia, la muerte acompañada de la vida, la pérdida de algo no perdido.

La estructura mental se debilita a causa de una fragmentación que es necesaria para poder establecer una relación con ambas realidades en un intento de organización. Segal (2003) comenta que para que el bebé pueda organizar su mundo en un primer momento debe hacer uso de mecanismos arcaicos como la escisión (partir la mente y la realidad).

Si consideramos que el bebé necesita hacer uso de estos mecanismos para organizar su realidad que por sí sola resulta traumática, y a la vez consideramos que la realidad que describo en párrafos anteriores, de la desaparición de un familiar, también es traumática en sí, entonces podemos considerar que ese impacto generaría una regresión en la persona. Segal (2003) explica que hay tres modos de regresión, de las cuales, para dar sentido a este escrito, solo se tomará en cuenta “la regresión formal: cuando modos de expresión y de figuración primitivos sustituyen a los habituales”. Al hablar de desaparición se deben considerar tres elementos que la constituyen: 1) la privación arbitraria de la libertad, 2) la denegación de información sobre la suerte o paradero del desaparecido y 3) que el sujeto activo sea un agente del Estado o que haya actuado bajo su aquiescencia (López, 2016).

Basado en lo anterior, podemos tomar en consideración el primer y segundo punto para entender a esta experiencia como traumática. Son fundamentales por el carácter agresivo que conllevan y la incertidumbre que establecen.

Durante el trabajo con las víctimas he podido percatarme de un discurso repetido y común en todas. No se puede pensar al cuerpo como una entidad que no tiene relación con la mente por lo que las primeras impresiones sensoriales establecen una relación que tenemos entre el mundo interno y el mundo externo, lo placentero y lo displacentero o frustrante. Ya sea por los estímulos provenientes del exterior, luz, sonidos, sabores, olores, sensaciones, o los que provienen de lo interno como hambre, sueño, entre otras.

Para que esta breve recapitulación haga sentido quisiera entonces relacionarlo con pensamientos/expresiones comunes en el trabajo con madres de víctimas de desaparición y desaparición forzada.

Me pregunto si tendrá hambre, frío, sed. Me pregunto si le dolerá algo, si estará cómodo, si estará en un ambiente tranquilo o alterado. Tendría que estar ahí para cuidarlo. (Javiera, madre de una persona desaparecida, 2020).

En esta oración es posible observar tres cosas, la primera es la regresión que expliqué anteriormente, en la cual es muy sencillo ver la regresión formal que Freud describió. La segunda es la presencia de preocupaciones en torno a las necesidades orales. Y la tercera es la relación que se establece entre las instancias psíquicas y con el objeto. En otras palabras, de la madre consigo misma y de la madre con el hijo o la hija. Este tercer punto nos sirve para observar y comprender algunos de los procesos que se viven en una desaparición. Parece, por un lado, que la madre regresa al objeto a un estadio anterior en donde las preocupaciones van dirigidas a las necesidades básicas, igual que una madre de un bebé recién nacido se preocupa por si tiene hambre, frío, dolor, etc. Y al mismo tiempo, se pone en juego una exigencia del cumplimiento de las funciones maternas en las que la madre también se regresa así misma a una etapa anterior en donde cuida de las necesidades básicas de su bebé.

Anteriormente mencionaba la descripción del duelo que hace Freud y rozaba el punto de la escisión que se genera en esta situación. Aquí me vienen a la mente otras frases que propongo analizar. Las frases son:

Necesito encontrarlo. Ya no me importa si está vivo o muerto, solo quiero que me den su cuerpo, que me digan dónde está. (Perla, madre de una persona desaparecida, 2020).

Mientras no lo encuentre, seguiré buscando. Es demasiado dolor, pero nunca voy a dejar de buscar. No puedo dejar de buscarla porque quién me asegura que no está viva. (Ernesto, padre de una persona desaparecida, 2020).

Qué tal que la encuentro. Hay historias que después de años regresan. Que tal que yo dejé de buscar, no podría con eso. (Felipe, padre de una persona desaparecida, 2020).

Estas frases son fundamentales pues dan muestra de los procesos psicológicos implicados en las desapariciones. Los y las familiares no pueden pensar que el hijo o la hija están muertos porque entonces sería el familiar el que lo y la matara, no pueden tampoco asumir que están vivos o vivas porque la realidad física rompe con esa posibilidad y la misma incertidumbre no lo permite. Pero también se agrega que pensarlo vivo o viva y que resulte muerto o muerta dispararía un dolor y una frustración mayor. Se pueden observar ambas posturas, “quiero que me den su cuerpo” da muestra de la presencia de la muerte, y “qué tal que regresa” da muestra de la presencia de la vida. Las y los familiares se quedan con ambas.

Por otro lado, parte fundamental de la integración a la sociedad y de la existencia de una persona dentro de la misma, así como de su identidad, es el nombre. El nombre da un lugar. Considerando lo anterior, es comprensible entonces que suelan gritar, pintar o cantar los nombres de aquellas personas que están desaparecidas. Traerlas al presente, al aquí y ahora, les da un lugar, un lugar que como familiares no pueden permitirse quitarles.

Coincido con lo expuesto por Borja Chavarría (2017) en que “tener desaparecido a un hijo no es que esté muerto. Que un hijo esté desaparecido representa un espacio intermedio donde la vida pierde consistencia y la muerte no acaba de aparecer. Se trata en otros términos de la presencia constante de una ausencia terrible. Es evidente que en la desaparición forzada encontramos un punto entre la vida y la muerte que altera o pone en tensión las coordenadas simbólicas que nos organizan”. Difiero con la posición en la que coloca tanto al desaparecido como a los familiares, “un punto entre la vida y la muerte”. Pienso que más bien es un punto en el que están ambas, la vida y la muerte coexistiendo sobre un mismo objeto y la persona no se encuentra en medio, más bien establece una relación con ambas, cada una por su lado. Pienso que “un punto entre la vida y la muerte” parecería expresar más bien un orden lineal, lo vivo muere y yo estoy en medio, en un proceso de transición entre una y otra. Para dejarlo más claro mi propuesta podría esquematizarse de la siguiente manera:

Y la oración “un punto entre la vida y la muerte” podría esquematizarse así:

Entonces, complementando a lo anterior, “consideramos que tanto la presencia como la ausencia de los restos mortales producen un agujero en lo real, por lo que, en ambos casos, es el duelo el que permitirá transformar en falta ese agujero. Sin embargo, si el cadáver no está, permanece el puro agujero -que no puede ser significado- de la desaparición. De esta forma, el duelo queda a la espera de algún tipo de sanción subjetiva que le dé lugar” (Duer et.al., 2010).

Por último, y haciendo referencia al título de este escrito, considero que en tal fractura como la que describí anteriormente y considerando la regresión a etapas anteriores, pareciera que parte del vínculo, tanto consciente como inconsciente, con el objeto, depende del dolor, pues dentro del dolor y el sufrimiento hay vida y esperanza, mientras siga doliendo significa que sigue aquí. Y entonces, tanto en el plano de lo inconsciente como en el plano de lo consciente, la reconstrucción de la identidad se da incluyendo al dolor como parte de uno. Recuerdo las palabras de una maestra y supervisora muy apreciada por mí cuando me dijo “uno tiene que reconstruirse ya sin la persona, ¿quién soy yo ahora que no está?” y entonces en este caso pienso “Yo soy X y soy dolor porque mi hijo/mi hija está y a la vez no”.

Cito las palabras de una madre a su hijo desaparecido citada en el trabajo de Borja Chavarría (2017) que remarcan lo difícil, doloroso y eterno que son este tipo de vivencias: Mi corazón llora cada segundo, en cada latido se me va el alma, se me va la vida y seguiré sufriendo tu ausencia mientras Dios lo permita. Tienes mi vida en tus manos.

* Diego Díaz de León Fernández de Castro (@psicologiatvof) es Psicoanalista y Psicoterapeuta Cognitivo Conductual. Piscología TV.

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