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La pulverización de los “indeseables”
La política migratoria tiene como fin pulverizar física y psicológicamente a la población migrante sin documentación, para agotarlos y disuadirlos en su camino hacia Estados Unidos.
Por Mónica Patricia Toledo González
25 de enero, 2021
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A la memoria del Padre Pedro Pantoja Arreola, quien falleció el 18 de diciembre del 2020 en la ciudad de Saltillo, Coahuila. Siempre puso el cuerpo y el alma en la defensa de la población más vulnerable. Como si fuera una casualidad, murió el día internacional del migrante, a quienes dedicó su vida. Su chaleco, su sonrisa, su sombrero, su valentía y su congruencia quedarán como un legado para quienes tuvimos la fortuna de conocer su lucha.

 

Kevin1 toma asiento en el espacio común del Albergue La Sagrada Familia, institución que brinda soporte humanitario ubicado en la ciudad rielera de Apizaco, Tlaxcala. Kevin, un joven de apenas 22 años, me comparte su experiencia en el tránsito iniciado 15 días antes en su natal Comayagua, Honduras.2  Salió de su hogar con la promesa de regalarle una motocicleta de juguete a su hijo Edwin, de cuatro años. Me cuenta que tiene la intención de llegar a Monterrey, pues un vecino le contó que en esa ciudad hay trabajo. Él asume que ahí podrá juntar un poco de dinero para cruzar hacia Estados Unidos y mandarle algo a su esposa. No tiene prevista una ciudad estadounidense para llegar, pues para él lo importante es ingresar, “ya después se verá”; no pudo pagar pollero, no porta ninguna guía, solo las experiencias que le van contando sus efímeros compañeros de viaje le sirven como brújula, le quedan las casas y albergues de ayuda humanitaria para tomar aliento. Kevin huye de una zona empobrecida, como tantas en América Latina, busca una vida digna para él y para su familia, desea escapar del destino de la violencia estructural, de la tragedia del reclutamiento forzado, de los pésimos salarios, de la corrupción, del impuesto de guerra. Bajo este contexto es que Estados Unidos se vislumbra como la esperanza, el escape, la solución a un sistema que le niega el derecho a la existencia. De ahí que el tema de la voluntariedad de este flujo sea sumamente cuestionada y que el american dream esté metido hasta el tuétano en la población centroamericana.

La ventana, Albergue La Sagrada Familia, Apizaco, Tlaxcala. 2019.

Kevin agacha la cabeza, coloca las manos entre sus piernas y baja su voz, encuentro que no desea responder a la pregunta “¿A qué le tienes miedo?”. Le propongo parar nuestra charla, pero después de un breve silencio, me responde tajante: “al secuestro”. Le han contado que en México “te llevan” para pedir dinero a tus familiares en Estados Unidos o para trabajar obligados para el narco en el campo o como sicario, aunque si eres mujer la cosa es peor: terminas en la trata. Kevin me dice que en su país la gente migra para escapar del destino impuesto de ser marero3. Llegar a México y caer en eso sería continuar con el espiral de la violencia. La muerte es el castigo para quienes no pueden pagar, por eso él tiene miedo de que lo agarren y pidan dinero para soltarlo, pues no tiene redes de apoyo en Estados Unidos, su familia en Honduras es muy pobre, no habrá quien mande dólares, ni pesos, ni lempiras4. Esto significa la posibilidad de morir sin que haya una tumba para rezarle.

Andares I, Albergue La Sagrada Familia, Apizaco, Tlaxcala. 2019.

El tránsito de la población centroamericana cuyo estatus migratorio es irregular, en particular, que proviene de Honduras -la que mayoritariamente arriba a Apizaco-, representa a los más vulnerables entre los vulnerables, tanto por la falta de redes de apoyo, como por la falta de recursos económicos y sociales. Por esta razón es que el temor más señalado es ser secuestrado.

Las políticas migratorias en nuestro país tienden a criminalizar y estigmatizar deliberadamente a quienes carecen de documentos, esto los obliga a mantenerse en la clandestinidad haciéndolos invisibles y convirtiendo la movilidad en una antesala del horror que termina, casi siempre, por engullirlos. La Red de Documentación de Organizaciones Defensoras de Migrantes en la presentación de su informe 2018 apunta que la política migratoria tiene como fin pulverizar física y psicológicamente a la población migrante sin documentación, para agotarlos y disuadirlos en su camino hacia Estados Unidos. De ahí que el concepto de pulverización es importante para reflexionar sobre las actuales políticas migratorias en nuestro país.

En la región mesoamericana los Estados han adoptado las políticas migratorias del poder global, chantajeados y con una franca incapacidad para negociar. Estas naciones han arrinconado a la población migrante, han militarizado sus fronteras haciendo que los migrantes convivan entre fosas clandestinas, guardando su vida en una bolsa, escapando de la externalización de las fronteras que toma forma en comandos armados, guardias de seguridad, garroteros del tren, policías, agentes migratorios. Colocándolos como mercancía, dejándolos a merced de aquellos que viven a sus expensas: quienes les cobran por sacar dinero de los cajeros o tiendas de conveniencia, de los taxistas que se aprovechan de su necesidad, de los que les venden más caro, de los extorsionadores. De las empresas que como rémoras van articulando sus negocios a partir de sus necesidades más apremiantes.

Andares II, Apizaco, Tlaxcala. 2018.

Las políticas migratorias implementadas por México no hacen más que fortalecer su actuación como agente migratorio de Estados Unidos. Estas políticas revestidas de clasismo y racismo se fincan en la disuasión a través del miedo, que bajo un discurso retórico de la seguridad nacional generan la movilidad en la precariedad. Judith Butler ha señalado a la precariedad como aquella condición de vulnerabilidad maximizada, que implica una exposición que sufren las poblaciones que están arbitrariamente sujetas a la violencia de Estado, por acción o por omisión, y que las ubican en condiciones de riesgo de experimentar exclusión, discriminación, pobreza, y varios tipos de desplazamiento.

En los andares de la población centroamericana sin documentos que acrediten la estancia por México, la precariedad se encarna, toma forma en llagas, amputaciones, hambre, sed y sangre. En el hecho de no permitirse dormir en el tren, de tener que amarrarse entre varios con el cinturón para no caerse; en el hecho de esconder los números telefónicos de alguien que pueda apoyarles, siempre con el miedo que esa información puede ser utilizada por los extorsionadores. La posibilidad de ser desaparecidos está latente todo el tiempo.

El Terruño, Albergue La Sagrada Familia, Apizaco, Tlaxcala. 2019.

Los 72 migrantes ajusticiados en San Fernando se han convertido en el caso más emblemático del secuestro a población migrante en México. Fueron asesinados por la espalda y apilados como bultos; los 58 hombres y 14 mujeres sufrieron estas practicas continuadas y permanentes. ¿Cómo puede ser posible que comandos armados levanten a población migrante con total impunidad? Además de las “obvias” explicaciones sobre la corrupción, la existencia de mafias, la comprobada relación de complicidad entre grupos armados ilegales y los cuerpos policiales y castrenses, así como con los gobiernos locales, se añade un elemento que agudiza el problema de la violencia: la negación de la categoría de persona. Con ayuda de las redes sociales y ciertos medios de comunicación, los discursos racistas se han replicado, la imagen de la migrante “mal agradecida” que no desea comer frijoles, fotografías de la basura -que bien pueden ser tomadas de cualquier otro lugar- que se queda en los campamentos donde se les ha dado posada durante las grandes caravanas, no hacen más que reforzar lo que Butler ha llamado la existencia de las vidas precarias, aquellas que no merecen ser lloradas. Estamos, por tanto, ante un discurso de deshumanización que justifica la violencia.

Las imágenes de San Fernando y Cadereyta, las narrativas de los migrantes que logran escapar, los textos emitidos por organizaciones de la sociedad civil nos recuerdan que el secuestro es la puerta de entrada al infierno de la muerte. Representa el terror a morir en tierra ajena, a desaparecer condenando a sus familias a la eterna incertidumbre y el acabar en cuerpos mutiladas que nadie sepa que ahí “quedaste”. Porque el secuestro implica tortura, mutilación, violencia sexual, violaciones multitudinarias, trata de personas con fines laborales, sexuales o de extracción de órganos, homicidio y la desaparición del cuerpo con él y la borradura de todo el horror padecido.

Andares III, Albergue La Sagrada Familia, Apizaco, Tlaxcala. 2019.

Ante esta pulverización, se puede destacar el papel de las familias en su lucha por la verdad, la justicia y la aparición con vida de sus migrantes. La caravana de las madres de migrantes desaparecidos -mayoritariamente provenientes de El Salvador, Honduras, Nicaragua- que lleva más de 15 años buscando a sus hijos e hijas y que recorre México en busca de alguna respuesta, representa la ignominia del Estado mexicano, pero también la resistencia activa de las familias. Mujeres -y en menor proporción, algunos varones- llevan en sus cuellos las fotografías de sus hijos e hijas, recorriendo cárceles, albergues, hospitales, siguiendo pistas y con el apoyo de la sociedad civil organizada, mantienen la esperanza de volver a abrazar a quienes aman. Los ríos de personas que de manera masiva se han organizado desde 2018 buscando ingresar a Guatemala y a México para llegar a Estados Unidos, ha sido una estrategia para paliar la violencia exacerbada que experimentan las poblaciones en tránsito y representan un éxodo humano, dramas entretejidos que buscan una vida digna. Al tiempo que existen estas caravanas -detenidas con mayor violencia por los aparatos del Estado– se mantienen los andares de quienes migran solos o en grupos reducidos (de tres a cinco personas) que deciden emprender su viaje hasta el norte, quienes enfrentan el infierno en la Tierra en su paso por México.

El desaparecer es la más cruel de las torturas, porque sus familias vivirán con la eterna pregunta si estarán en este mundo o en el de los muertos. Kevin apunta: “a mí me da temor que mi esposa vaya a pensar que me olvidé de ella y de mi niño, por eso yo antes de salir le dije a donde yo llegue, yo te voy a llamar”. Me recuerda que la llamada de tres minutos que les otorgan gratuitamente en el albergue la utilizó para hablar con ella, por eso lamentó cuando tuvo que entregar el celular a cambio de su vida. Por eso Kevin me dice “yo le dije a mi Katherin, mira, si yo no te llamo en más de una semana, ya mejor rézale a Dios por mi alma”.

* Mónica Patricia Toledo González es Doctora en Antropología y profesora de tiempo completo de la Facultad de Ciencias para el Desarrollo Humano en la Universidad Autónoma de Tlaxcala. Contacto: [email protected].

 

 

 

1 Nombre ficticio.

2 La información de campo que se presenta en este artículo es resultado del proyecto Tránsitos Precarios, Migrantes Centroamericanos y su Trayecto por el Altiplano Central Mexicano (Problemas Nacionales 5687) apoyado por el FOINS del CONACYT.

3 Que pertenece a La Mara, se utiliza para referirse a los pandilleros.

4 Moneda hondureña.

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