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Migración: "decidir" abandonar la niñez
En México la migración indocumentada no es un delito, pero cuando las personas migrantes llegan a estaciones migratorias no pueden evitar pensar que se trata de centros de reclusión. Las y los adolescentes alojados en estaciones migratorias no cuentan con las condiciones apropiadas para su edad, viven las estaciones migratorias como cárceles y como carceleros a los agentes migratorios, a los Oficiales de Protección Infantil y a los auxiliares de seguridad.
Por Insyde
18 de agosto, 2014
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Por: Araceli Avila (@RegaeneLycaniX)

Mientras que en la frontera de Estados Unidos se encuentran miles de niñas, niños y adolescentes detenidos por el gobierno, otros miles más padecen la condición migrante de diferentes maneras: ya sea en la frontera de Guatemala esperando cruzar a territorio mexicano en camionetas, buses, lanchas o caminando, o en tránsito por México con guías o coyotes, en compañía de familiares o solos, ya sea en tren o autobuses. No obstante, para toda esta población infantil migrante lo único seguro es su futuro incierto.

Las niñas, niños y adolescentes migrantes tienen un alto riesgo de vulnerabilidad. La población menor de edad centroamericana es susceptible a ser acosada y obligada a participar en ilícitos por parte de grupos pandilleros y delincuencia organizada en sus países de origen. Las declaraciones de acoso incluso al interior de las escuelas de nivel básico no son escasas. La falta de seguridad, la falta de estabilidad económica y muchas veces la violencia intrafamiliar o la esperanza de reunirse con sus familias en Estados Unidos orillan a miles de niñas, niños y adolescentes a “decidir” abandonar a su niñez y a su país para convertirse en pequeños adultos temerosos en tránsito por un territorio desconocido.

En su paso por México la situación no mejora. Encontrar alguna persona migrante indocumentada −de cualquier edad, sexo, género o nacionalidad− que no haya sufrido alguna tropelía durante el tránsito migratorio es la excepción. La regla es la violación a sus derechos. Sufren de extorsión de las autoridades policiales y migratorias lo mismo que por grupos delictivos; son susceptibles a ser secuestrados, a ser víctimas de trata, a ser cooptados por el narcotráfico o incluso a ser asesinados y desaparecer.

Aun así el proceso que más duele a la niñez migrante es la detención por parte de las autoridades migratorias. En México la migración indocumentada no es un delito, pero cuando las personas migrantes llegan a estaciones migratorias no pueden evitar pensar que se trata de centros de reclusión, lejos están de saber que eufemísticamente el Instituto Nacional de Migración (INM) dice tenerlos “alojados”. Las y los adolescentes alojados en estaciones migratorias no cuentan con las condiciones apropiadas para su edad, viven las estaciones migratorias como cárceles y como carceleros a los agentes migratorios, a los Oficiales de Protección Infantil y a los auxiliares de seguridad.

Las entrevistas realizadas por el Observatorio de Migración de Insyde en la estación migratoria de Iztapalapa lo comprueba: en el caso de los hombres adolescentes no acompañados de 13 a 17 años han indicado que en el área reservada para ellos han llegado a abusarlos física, verbal y psicológicamente, e incluso ha habido intentos de abuso sexual. Como respuesta los auxiliares de seguridad les recomiendan no denunciar ya que pueden −en sus palabras−: “castigarnos y dejarnos más tiempo, que si nos toca un mes nos dejan tres”. Por su parte, entre las mujeres adolescentes no acompañadas, quienes no cuentan con un área específica dentro de la estación, mencionan que han sido víctimas de agresiones verbales y psicológicas por parte de mujeres adultas. Asimismo, que se sienten incómodas de tener que compartir su privacidad con mujeres que no conocen y que casi les duplican la edad, y una de las adolescentes entrevistadas aseguró sentirse especialmente incómoda pues ha tenido que presenciar cómo alguna mujer se masturbaba por la noche.

El calvario no sólo es de las y los adolescentes no acompañados. Incluso entre las niñas y los niños que viajan en compañía de sus madres se han detectado shocks psicológicos. Según el testimonio de una madre salvadoreña, su hijo de apenas cuatro años despierta todas las noches gritando y llorando: “que no nos maten, que no nos maten”, ya que fueron asegurados por agentes migratorios acompañados de ejército y policía federal en las vías del tren, quienes los encañonaron. El pequeño teme lo mismo a las auxiliares de seguridad que a los agentes de migración; apenas duerme, tiene pesadillas y no come más que pan y leche. Sin embargo, y pese al evidente deterioro de su salud, el INM no le proporcionó atención médica ni psicológica. La madre testificó que nunca se le informó que por derecho tenía acceso a estos servicios.

Hoy el mundo voltea a Estados Unidos y el tema de la niñez migrante no acompañada es reconocido como un tema de crisis humanitaria. En México se habla del interés superior de la niñez y de aprobar nuevas leyes, de incrementar el número de OPI. Pero también se habla de reforzar las fronteras, de efectuar campañas para desincentivar la migración y de evitar a toda costa de que las personas usen La Bestia como medio de transporte para migrar.

La realidad es que estas medidas sólo dejan en mayor grado de vulnerabilidad a toda la población migrante; en especial a las mujeres, niñas, niños, adolescentes, personas de diversidad sexual y con capacidades diferentes. Para ofrecer seguridad y protección a las personas que migran, las autoridades deben modificar sus políticas y abordar a la migración humana como una dinámica social. Sólo así será tratada con apego a los derechos humanos y no como una problemática que se pretende frenar o con la que se desea acabar.

 

* Araceli Avila es investigadora de la Dirección de Migración y Derechos Humanos de Insyde.

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