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El Instituto para la Seguridad y la Democracia (Insyde) es una organización con una década de t... El Instituto para la Seguridad y la Democracia (Insyde) es una organización con una década de trabajo en el diseño de soluciones para ejercer a plenitud el derecho humano a la seguridad. Buscamos el cambio de paradigma de seguridad pública a una seguridad ciudadana con el involucramiento de instituciones, organizaciones y sociedad. Reforma policial democrática, migración y derechos humanos, violencia y medios de comunicación, nuestros temas. (Leer más)
No sin nosotros
Los problemas diferenciados estadística y cualitativamente de hombres y mujeres no podrán resolverse sin la participación activa de la contraparte; entre más rápido lo comprendamos, más sencillo será el proceso.
Por Paulo Gutiérrez
30 de marzo, 2021
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El pasado 8 de marzo, la conmemoración del Día Internacional de las Mujeres sirvió nuevamente como marco para reiterar, virtual y presencial, la demanda feminista de que los hombres debemos callar y escuchar cuando se discuten los problemas de las mujeres. Si bien esta idea había sido colocada en la discusión pública principalmente por feministas jóvenes en las redes sociales, de forma progresiva la ha asumido un público más amplio que incluye a mujeres que trabajan en instituciones públicas, pero también a varones universitarios, académicos, periodistas, activistas y políticos.

Lo que a primera vista pareciera un reclamo razonable de las mujeres para evitar la participación entrometida, protagonista, sobrerepresentada y machista de los hombres en todos los temas, termina siendo una coartada idónea para muchos hombres, que en el fondo agradecen que se les exhima de la responsabilidad de informarse, participar e incidir en la tarea de combatir la desigualdad y las violencias, bajo el argumento de que ese es un tema que “les corresponde a ellas”.

El llamado al silencio y la escucha de los hombres tiene antecedentes en Canadá y Estados Unidos (when women talk, men should shut up and listen), pero su repercusión ha sido global y sucedió de forma casi secuencial en torno a cuatro momentos cruciales para los feminismos digitales: la Slutwalk en Toronto en 2011; la aparición del libro Men Explain Things to Me de Rebecca Solnit en 2014 (que retoma el título de su ensayo de 2008); la popularidad lúdica de la cuenta de Tumblr Congrats, you have an all male panel! (2015-2021); y el #MeToo desde 2017. El aborto, el trabajo sexual y los feminicidios también son temas en los que ocasionalmente se exige a los hombres y a las instituciones eclesiásticas callar y escuchar; sin embargo, los debates privilegian otros ángulos de la discusión que terminan voluntaria o involuntariamente interpelando a los hombres, tales como la objeción de consciencia, el consumo de servicios sexuales o el parentesco con la víctima.

La Slutwalk surgió como una respuesta a las declaraciones de un policía canadiense sobre que las mujeres tenían que cuidar su modo de vestir para evitar ser víctimas de abuso sexual. La marcha convocada en Toronto inspiró a mujeres de otros países que se reconocieron en el agravio, incluyendo México, donde se llevó a cabo “La marcha de las putas”.

En ese contexto se popularizó el lema “No es no” y la discusión en torno al consentimiento sexual, lo cual puso la mesa para un sinfín de discusiones caracterizadas en su mayoría por el encono, los prejuicios sexistas y el afán de internautas, hombres y mujeres, que intentaron imponer su punto de vista, lo cual terminó siendo un espectáculo que asemejaba una guerra de sexos. Este primer round sirvió para plantear la necesidad de restringir quiénes participaban en el debate.

Algunos años después, Rebecca Solnit cobró notoriedad por echar luz sobre la experiencia de ser instruida en una materia donde era experta, por parte de hombres que no solo eran ignorantes del tema, sino que la trataban con condescendencia. Las jóvenes feministas se identificaron con el relato de Solnit y se apropiaron del neologismo “mansplaining”, lo que reforzó y fijó la idea de que era necesario mandar a los hombres a callarse y escuchar.

Como una burbuja dentro de la burbuja, las evidencias presentadas en el blog Congrats, you have an all male panel! (¡Felicidades, tienes una mesa solo de hombres!), revelaron que el campo científico, de las artes, las humanidades y la política eran cámaras de eco donde solo los hombres tenían cabida y que en pleno 2019 podía haber mesas sobre el aborto donde no había siquiera una mujer convocada.

De manera reciente, la irrupción del #MeToo fue la ocasión para exigir silencio a los hombres que intentaron aclarar, negar o —en el menor de los casos— aceptar la incriminación digital. Paralelamente aparecieron recursos para  respaldar los testimonios (#Yotecreo o #Yosítecreo) y algunas feministas se apropiaron de la excusa que empleaban algunos hombres para desmarcarse de las denuncias (Not all men). En ese contexto se incorporó también al vocabulario feminista el término Gaslighting -que proviene de la película Gaslight (1944) de George Cuckor- que no es sino la voluntad de manipular la realidad del otro (de la otra, por supuesto) para hacerle dudar de sus convicciones. Nuevamente, una oportunidad para mandar callar a los hombres.

Junto con la práctica de la cancelación de figuras del mundo de la cultura, el espectáculo y la política, se ha ido aceptando cada vez más en espacios virtuales y físicos (espacios comunitarios y universitarios predominantemente), la idea de que los hombres deben callar y escuchar. En un país como México donde las violencias ampliadas requieren la deliberación y el debate informado entre mujeres y hombres para establecer condiciones mínimas para la paz, no parece una buena idea excluir a la otra mitad.

Es cierto que no contribuyen en nada a la reflexión los prejuicios sexistas y el afán de dominación machista que están presentes en la retórica de muchos hombres, sin embargo, tampoco es estratégico asumir que el papel de los hombres debe limitarse a sensibilizar y reeducar a otros hombres, pues el curso de la vida cotidiana no respeta la retícula separatista de quienes organizan el mundo en función de sexos e identidades.

Para muchos hombres que trabajamos con otros hombres en procesos de cambio cultural, no solo no es posible, sino que no es deseable amplificar la demanda feminista del silencio y la escucha, pues justamente se requieren ideas, argumentos y evidencias que nos permitan combatir los maniqueísmos que configuran a las mujeres como víctimas absolutas y a los hombres como victimarios.

La participación activa de los hombres en el debate público no tiene por qué ser un juego de suma cero, donde cada palabra que diga un hombre es una palabra menos que digan las mujeres. La prevención, atención y erradicación de las violencias debe ser una prioridad para los hombres en su conjunto, y no debiera restringirse solo a quienes acuden de forma indicada o voluntaria a los centros de atención contra la violencia o a los círculos de hombres donde se trabajan “nuevas masculinidades” o “masculinidades positivas”.

El debate respetuoso e informado debe acompañarse de la escucha, pero no es una tarea sencilla desmontar prejuicios o ideas equívocas sobre la igualdad y los derechos en poblaciones de hombres que no pertenecen “al coro” o a “los convertidos” al género, pero si nuestra aspiración es realmente transformar la realidad social se requiere incluir a todos los hombres, como grupo poblacional, en la discusión.

Desde luego que también es necesario evaluar en otro nivel si las estrategias y acciones de política pública son suficientes y apropiadas para interpelar a la diversidad etaria, sociocultural y ocupacional de hombres. Es necesario interpelar a choferes, trabajadores de la construcción, estudiantes, hombres privados de la libertad, políticos, empresarios, deportistas y directivos; niños, hombres jóvenes, adultos y de la tercera edad que escuchen, pero también, sin duda, que hablen.

No puede negarse que mujeres y hombres experimentamos problemas comunes de forma diferenciada en magnitud e impacto. La agenda política de los hombres está en proceso de construcción, los temas o problemas más importantes para atenderse mediante política pública son la cultura de género, la violencia, la sexualidad, la paternidad, la pobreza, las adicciones, la conciliación trabajo-familia, la desigualdad de género, las emociones, el empleo, la salud y la vulberabilidad.

Los problemas diferenciados estadística y cualitativamente de hombres y mujeres no podrán resolverse sin la participación activa de la contraparte, entre más rápido lo comprendamos, más sencillo será el proceso, a menos que nuestras interés identitario sea más preciado que los problemas que buscamos resolver.

En el horizonte más próximo corresponde dar un primer paso que nos permita ir del acallamiento al diálogo y del desacuerdo a los acuerdos parciales. La lucha por la igualdad, la emancipación y la vida libre de violencias también debe ser la lucha de los hombres. Si existe una oportunidad para transformar las condiciones de existencia, la respuesta es no sin nosotros.

* Paulo Gutiérrez (@Paul0Gutierrez) es doctor en ciencias sociales y director académico del Programa Tú y La Ciudad del Gobierno de Guadalajara.

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