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Justicia restaurativa para los presos
Organizados por el jefe editor del periódico San Quentin News (dirigido por reclusos de la prisión), Arnulfo T. García, 15 presos mexicanos en San Quentin han iniciado el revolucionario proceso de transformación humano-criminal, dentro de un sistema de justicia que nunca apostó por ellos, ni por su rehabilitación y reinserción social.
Por Insyde
4 de abril, 2016
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Por: Lucía de la Fuente Somoza 

La domesticación es tan poderosa que, en un determinado momento de nuestra vida, ya no necesitamos que nadie nos domestique. No necesitamos que mamá o papá, la escuela o la iglesia nos domestiquen […] Somos un animal autodomesticado. Ahora nos domesticamos a nosotros mismos según el sistema de creencias que nos transmitieron y utilizando el mismo sistema de castigo y recompensa. Nos castigamos a nosotros mismos cuando no seguimos las reglas de nuestro sistema de creencias; nos premiamos cuando somos «un niño bueno» o «una niña buena»”.

Miguel Ruíz, Los cuatro acuerdos, España, Ediciones Urano, 1997, p. 30.

 

El sistema de justicia penal mexicano está basado en el premio (cuando eres “un niño bueno”) y en el castigo (cuando eres “un niño malo”); pero sobre todo en el castigo, como en casi todos los regímenes de justicia occidentales. Previniendo (sin éxito) o sancionando el delito, la justicia mexicana se centra en la administración de penas legales. Cuando un ciudadano viola la norma social (tutelada y ejecutada por el gobierno judicial), incurre en un crimen y es procesado por las autoridades correspondientes. Es la única vía. La única alternativa; o eso es lo que se nos ha hecho creer.

Los “criminales” (o “los niños malos”) son domesticados dentro de las penitenciarías; se les busca rehabilitar —aunque la rehabilitación también es algo que profesa el sistema de justicia penal, pero que en realidad no se lleva a cabo. “Entras inocente y sales delincuente”. La inminente crisis penitenciaria mexicana, en la que no sólo la corrupción y sobrepoblación (la capacidad total de las 388 prisiones mexicanas se excede en un 25%) –sin mencionar el número de reos que pierde la vida dentro de las cárceles, por falta de seguridad– han provocado que la rehabilitación sea casi imposible.

“El sistema de justicia sólo trata de encerrarte y que pagues por tus delitos, sin importar los traumas que tengas de tu pasado”, dice Arturo “Turi” Ávalos, mexicano cumpliendo condena en San Quentin State Prison, cárcel estatal en California, Estados Unidos. Del mismo modo, Tare N. Beltranchuc, compañero de “bloque” de “Turi” en San Quentin, explica que “en México, el objetivo del sistema es encerrarte y no rehabilitarte. A ellos no les interesa que el preso cambie su personalidad y mentalidad criminal. El preso sale peor que cuando entró”. Estos argumentos, los de Tare y “Turi”, son comunes entre reclusos mexicanos cumpliendo sentencia en penitenciarías estadounidenses. En repetidas ocasiones (más de las que uno desearía) se escucha, de quienes también han estado presos en las cárceles mexicanas, que pese a que el sistema criminal de justicia norteamericano tiene monumentales fallas, el mexicano está “mucho peor”.

Tare y “Turi” llevan más de veinte años en San Quentin cumpliendo cadena perpetua (o “vida”) y, por primera vez, afirman que la rehabilitación es posible: se llama Justicia Restaurativa. Organizados por el jefe editor del periódico San Quentin News (dirigido por reclusos de la prisión), Arnulfo T. García, 15 presos mexicanos en San Quentin han iniciado el revolucionario proceso de transformación humano-criminal, dentro de un sistema de justicia que nunca apostó por ellos, ni por su rehabilitación y reinserción social.

Semanalmente, este grupo de “vidales” (lifers, como se les llama a quienes cumplen cadena perpetua) se reunió durante dos años con el objetivo de rehabilitarse, utilizando un programa basado en la práctica de los principios de Justicia Restaurativa (ahora tienen una lista de 38 hombres que esperan se abran más grupos para incorporarse a esta alternativa de rehabilitación). Sí, sí hay alternativas al sistema de justicia penal; una de ellas es la Justicia Restaurativa.

La Justicia Restaurativa nace de la frustración social ante un sistema de justicia penal disfuncional, contemporáneo. Es un modelo que cuestiona y reta el discurso dominante sobre la justicia y evita asumir que la justicia punitiva es necesaria en la vida diaria del hombre. Ésta se originó en Ontario, Canadá, hace aproximadamente 40 años y es una expresión ancestral de reconciliación y resolución de conflictos (muchos la conocen como el modelo implementado en la Sudáfrica post-Apartheid). “Es un proceso para unir a todos aquellos que han sido afectados por una ofensa (sea o no criminal), para solventar las necesidades y responsabilidades de las personas y sanar (emocional y psicológicamente), en la mayor medida posible, las heridas provocadas por la ofensa (o el daño)”.

La Justicia Restaurativa, a diferencia del sistema de justicia penal, está basada en el perdón y no en el castigo. La persona que comete una ofensa no es un mero “agresor”: “no soy un asesino, sino alguien que cometió un asesinato” —la ofensa (o crimen) no define al individuo como persona. Además, es el único modelo de justicia que de manera activa y efectiva involucra a todos los afectados (quien cometió la ofensa, el sobreviviente o la familia de la víctima y la comunidad de ambas partes).

José Luis Segura, uno de los participantes del primer grupo de Justicia Restaurativa para latinos en San Quentin, explica que “el sistema criminal de justicia no te deja comunicar con tus víctimas, pedir perdón y enmendar tus errores, la Justicia Restaurativa sí”. Además, manifiesta José Luis, “con la Justicia Restaurativa he podido reconocer mis necesidades como ofensor, saber por qué cometí el crimen y sobrepasar las barreras que el sistema te pone cuando te dice que no puedes acercarte a las personas a las que ofendiste, para pedirles perdón e intentar reparar lo que dañaste”. Esta busca evitar causar más daño y está centrada en la cura (cuerpo, espíritu, emoción y mente).

Una vez “dentro del sistema” (o detrás de las rejas), la sociedad se olvida del “problema”; se pierde la memoria y, selectivamente, se relega a quienes son considerados como animales, lo peor de lo peor, detrás de altísimos muros de concreto. Pero allí hay seres humanos. Como dicen, “el gato no era arisco, lo hicieron”. Un ofensor (como se le llama a los “criminales” en la Justicia Restaurativa) no decide romper la ley (robar, matar, violar, abusar, entre otras ofensas penales) de un día para otro. Nadie se levanta un día por la mañana y sin razón alguna, agravia a otra persona. Detrás hay una historia, generalmente de violencia, abuso infantil y negligencia social. Y la Justicia Restaurativa atiende y afana todos estos aspectos, no únicamente la “norma violada”. Oscar Aguilar, también cumpliendo condena en San Quentin, afirma que “el programa de Justicia Restaurativa me ayudó a procesar todas las cosas que me hacían daño, a reconocer mi culpabilidad y a entender que mi crimen está conectado con mi niñez”.

El sistema carcelario mexicano sanciona, venga y aísla a quienes “alberga” dentro de las prisiones. Es un sistema que ofende, y “para alguien que no respeta su propio estado de ofensa, resulta difícil respetar en el sentido más profundo el de otras personas”. Todos somos testigos de las ofensas del Estado y de su sistema de justicia penal. Todos somos cómplices. Y si en dos años fue posible rehabilitar a reos mexicanos con cadena perpetua por crimen con violencia, a través de un modelo de justicia alternativa, ¿qué no se podrá conseguir en México, en un sistema penitenciario que lleva décadas abandonado, si se implementan los mismos programas de Justicia Restaurativa?

El número promedio de años que llevan en San Quentin los hombres del primer grupo de Justicia Restaurativa para latinos, es de treinta. En todo ese tiempo el sistema penal no logró lo que la Justicia Restaurativa sí: rehabilitación, transformación y ruptura del ciclo de violencia generacional. “Las instituciones carcelarias de México pueden adoptar este sistema, que además contribuye a reducir la reincidencia. Hace falta destinar un presupuesto para Justicia Restaurativa. El gobierno puede mejorar su sistema, permitiendo que agentes externos y autónomos, entren a rehabilitar a los presos”, asegura Tare. Porque los “niños malos” persiguen libertad y no domesticación criminal.

 

* Lucía de la Fuente Somoza es activista en justicia social y justicia restaurativa en el sistema penitenciario del Área de la Bahía de San Francisco, California, Estados Unidos. Facilitadora certificada del programa de Justicia Restaurativa para Latinos y Victim-Offender Education Group de la organización civil Insight Prison Project de San Rafael, California. Correo: [email protected]

 

 

El Dr. Don Miguel Ruiz, mexicano criado por una familia de sanadores rurales y líder espiritual y cultural para los mexicanos migrantes, “enseña y armoniza sus conocimientos en talleres, conferencias y seminarios guiados a Teotihuacán, en México, la antigua ciudad que los toltecas conocían como el lugar donde el hombre se transforma en Dios”.

Sin Embargo (redacción), “El sistema carcelario en México está reprobado, dice CNDH, y autoridades rechazan cambio”, México, 20 de marzo de 2016.

En EE.UU. 2.3 millones de personas se encuentran tras las rejas (1,351,000 en prisiones estatales; 646,000 en cárceles locales; 211,00 en prisiones federales; 34,000 en centros juveniles; 33,000 en detención migratoria; y 14,000 en prisiones territoriales, entre otras). El 16% de la población carcelaria total, es mexicana; es decir, es la minoría más representativa, después de los afroamericanos. Federal Bureau of Prisons, “Inmate Citizenship”, EE.UU., 2016.

Howard Zehr (criminólogo, activista y académico norteamericano), es considerado como el “padre fundador” de la Justicia Restaurativa moderna, aunque su práctica tiene orígenes indígenas y nativos, cultural-ancestrales.

Restorative Justice for Oakland Youth, “Restorative Justice, EE.UU., RJOY, 2007.

San Quentin News, “Victim-Offender Education Focuses on Spanish-Speaking Men”, EE.UU., Febrero de 2016, pp. 1, 2 y 16.

Coetzee, J.M., Contra la censura: ensayos sobre la pasión por silenciar (trad.), España, DeBols!llo, 2007, p. 20.

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