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El Instituto para la Seguridad y la Democracia (Insyde) es una organización con una década de t... El Instituto para la Seguridad y la Democracia (Insyde) es una organización con una década de trabajo en el diseño de soluciones para ejercer a plenitud el derecho humano a la seguridad. Buscamos el cambio de paradigma de seguridad pública a una seguridad ciudadana con el involucramiento de instituciones, organizaciones y sociedad. Reforma policial democrática, migración y derechos humanos, violencia y medios de comunicación, nuestros temas. (Leer más)
Tiempos de proximidad: la policía por venir
En las sociedades modernas y democráticas no basta con que el policía sea un representante del Estado, un agente de autoridad, ni que sea un buen defensor de la ley. Debe ser percibido, además de todo ello, como un factor de integración social, como un miembro más de nuestra colectividad trabajando profesionalmente desde esa misma colectividad y con el resto del tejido social.
Por Insyde
16 de junio, 2014
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Por: María Eugenia Suárez de Garay

La complejidad de nuestra sociedad vuelve imposible la tradicional lucha contra el delito exclusivamente desde la reacción policial y el sistema de justicia penal en general. Ciertamente, a lo largo de décadas, el mantenimiento del orden y la persecución del delincuente ha sido la principal tarea de todo el aparato formal de control social. El sistema penal ha sido la respuesta fundamental y casi única al delito de todo tipo. Y la persecución del delincuente ha sido, desde esta perspectiva, el objetivo fundamental de la policía.

Sin embargo, la criminología moderna reconoce la importancia vital de la situación en el desarrollo de los delitos. El delito se produciría, desde esta perspectiva situacionalista, cuando confluyen el posible delincuente, la víctima ─u objetivo apropiado─ y el entorno adecuado. Es lo que muchos llaman el triangulo del delito. La eficacia de la policía en la lucha contra el delito implica, desde esta mirada, justamente que se preste total atención no sólo al presunto delincuente, sino también a las víctimas o blancos potenciales, así como al entorno social, ambiental y de todo tipo en el que éste se puede producir. De ahí que la prevención adquiera un valor fundamental para la policía.

Pero en la práctica esto implica muchos cambios en las instituciones policiales. Me refiero sobre todo a un cambio de cultura de gran envergadura en todo colectivo policial. Para ello, hoy más que nunca se vuelve vital transformar cómo la policía se percibe a sí misma, pero también cómo definimos [email protected] [email protected] qué tipo de policía queremos. Algunas reflexiones en este sentido.

Es necesario que los policías estén plenamente integrados en el tejido social. Que el policía no sea un elemento más del mobiliario urbano, sino un auténtico profesional. Esto implica que la toma de decisiones no sea patrimonio de un sector de la organización, sino de todos los profesionales implicados, comenzando por el policía de línea. Naturalmente –y desde Insyde lo constatamos permanente en las diversas intervenciones que realizamos en las instituciones policiales─ es imposible hablar de participación si el policía no dispone de la información suficiente para abordar los problemas y de estructuras que faciliten la plena y fluida coordinación entre áreas y cuerpos policiales distintos.

Demandamos con vehemencia instituciones policiales competentes, profesionales y modernas, pero esto sólo puede conseguirse con un alto nivel de motivación y una cultura profesional acorde con esas demandas sociales. La imagen del policía dedicado a la persecución del delincuente desde potentes vehículos a la que tanto aluden –de forma obsesiva─ autoridades policiales y algunos ciudadanos, está hoy en crisis.

Ya no podemos admitir más la desproporción y nula transparencia en el uso de los recursos, la falta de eficiencia, los abusos de autoridad y la tortura que se apoderan de muchos de nuestros policías a los pocos años de su ingreso. La obediencia servil, acrítica y cómplice entre los propios policías y sus jefes; la corrupción, la impunidad y el desprecio ciudadano son auténticos problemas que demandan la inaplazable refundación de esta institución tan vital para la gobernabilidad democrática.

En ese sentido, más que nunca debemos impulsar la progresiva implantación, en nuestras policías, de una cultura que implique una actitud hacia el servicio y la colectividad distinta a la tradicional. Nos urge un nuevo estilo de hacer policía. El trabajo en equipo, la policía de proximidad o comunitaria, la orientación a la solución de problemas, la respuesta contingente al entorno concreto en que se actúa, la configuración de redes interrelacionadas con el resto del sistema policial y con todos los agentes sociales que intervienen en los hechos, son sólo algunas de las características de ese nuevo estilo policial con importantes niveles de implicación en el tejido social.

Sé por experiencia que conseguir esto no es fácil. Uno de los mayores problemas que observamos en las instituciones policiales preventivas de nuestro país es precisamente la ambigüedad en las metas que se espera que deben alcanzar. Y esa ambigüedad está alimentada por el mito de que el trabajo policial es imprescindible. Lo que provoca que el establecimiento de objetivos y el control en su cumplimiento no suela referirse a los fines mismos de la función policial sino a los instrumentos cuantificables utilizados: número de denuncias formuladas, de detenciones realizadas, entre otras. Claro que estos datos son útiles, sobre todo para justificar el trabajo realizado o para protegerse de acusaciones de inoperancia.

En ese sentido, nuestras policías están llamadas y urgidas hoy a actuar desde una actitud altamente positiva de prevención y anticipación de los problemas desde una perspectiva interdisciplinar. En definitiva, hablamos de pasar de una filosofía eminentemente reactiva a otra básicamente proactiva. En las sociedades modernas y democráticas no basta con que el policía sea un representante del Estado, un agente de autoridad, ni que sea un buen defensor de la ley. Debe ser percibido, además de todo ello, como un factor de integración social, como un miembro más de nuestra colectividad trabajando profesionalmente desde esa misma colectividad y con el resto del tejido social.

Zygmunt Bauman (Tiempos líquidos. Vivir en una época de incertidumbre, Ensayo Tusquets, México, 2009) dice que las palabras tienen significado, pero algunas palabras producen además una sensación. En nuestro México, la palabra policía es una de ésas que saca ámpula. Cuando se pronuncia recordamos que están ahí y que continúan ejerciendo ese despotismo y violencia brutal sobre los ilegalismos, la delincuencia y hoy, como nunca antes, sobre el crimen organizado. Nos preocupa mucho cuando se muestran en su cara más feroz, pero aceptamos y demandamos que actúen “con todo el rigor de la mano dura”, aun a costa de nuestros derechos humanos y ciudadanos. Ni la clase política ha tenido reparo en abiertamente mostrar su desprecio hacia la policía y los policías. Somos profundamente bipolares y disociados en ese sentido. Ello tiene que cambiar. Por eso no podemos dejar de preguntarnos e imaginar la policía del futuro. Debemos ser capaces de apoyarnos en el diálogo, en el consenso en la diferencia y en la crítica democrática para deconstruir esas viejas estructuras represivas que le han dado forma y sentido a nuestra policía, para construir instituciones civilista, profesionales y de vocación ciudadana. Es nuestro derecho.

 

* María Eugenia Suárez de Garay es Directora de Investigación Aplicada en Policía, Seguridad y Justicia Penal (DIAP) de Insyde.

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