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El Instituto para la Seguridad y la Democracia (Insyde) es una organización con una década de t... El Instituto para la Seguridad y la Democracia (Insyde) es una organización con una década de trabajo en el diseño de soluciones para ejercer a plenitud el derecho humano a la seguridad. Buscamos el cambio de paradigma de seguridad pública a una seguridad ciudadana con el involucramiento de instituciones, organizaciones y sociedad. Reforma policial democrática, migración y derechos humanos, violencia y medios de comunicación, nuestros temas. (Leer más)
Violencia crónica en México: su reproducción en el espacio y el tiempo
La seguridad no puede reproducir más violencia. Al contrario, debería mostrar la cara humana de la sociedad, afirmando la posibilidad de superar el deseo de la venganza.
Por Jenny Pearce
1 de febrero, 2021
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Estamos ‘acostumbrado/as’ a las cifras dolorosas de las violencias en México. Estas cifras muy a menudo crean un sentido de impotencia y/o distancia de las realidades. Se convierten en cálculos, mediciones y comparaciones. Por ejemplo, promedios de actos violentos en diferentes años permiten interpretar un relativo descenso como un problema superado. O cuando un país tiene menos homicidios que su vecino, se le ve como un país con ‘menos’ problema de violencia. Así se pensó México por mucho tiempo cuando se le comparaba con Colombia. El problema de contar cuerpos es que en México y en otros partes, desaparecen: una de las formas más crueles y extremas de violencia que existen. Yo prefiero para comprender estas realidades las historias personales que nos invitan a entender quiénes, cómo y dónde se sufre la violencia y no tanto, cuánto. Aunque la proximidad me hace sentir de manera más palpable y profunda el dolor y trauma que produce la violencia, nunca me permite acostumbrarme a su existencia.

No niego que las cifras nos dan un arranque para apreciar ciertas dimensiones del problema. Las cifras narran una historia, aunque incompleta. Entonces, y con tristeza, voy a empezar este artículo con algunas estadísticas. Esta opción tiene doble finalidad: primero, ilustrar cómo reconocer la ‘violencia crónica’ para mostrar que se puede ‘medir’; segundo, que no tiene sentido medir la ‘violencia’ si seleccionamos solo las expresiones de violencia que nos importan. Todas las violencias importan. Hay que comprender la violencia como un fenómeno en sí mismo y con múltiples expresiones que se reproducen en el tiempo y en todos nuestros espacios de socialización. De ahí que podamos comenzar a imaginar una política de seguridad que no reproduzca la violencia, una política más humana que logre interrumpir los ciclos intergeneracionales que la alimentan.

Conocemos bien las estadísticas de la violencia en México. Como lo dije ya, aspiro a repetirlas para reconocer en ellas también, en lo posible, todas las expresiones temporales espaciales que reflejan. Un reciente informe de ONU Mujeres revela las estadísticas sobre feminicidio o Defunciones Femeninas con Presunción de Homicidio (DFPH) en México. 56,571 ocurrieron entre 1990 y 2019; 33,501 han sucedido desde 2007 cuando se disparó la violencia en el país. En todo el periodo analizado, 2019 registró la tasa más alta de DFPH. En términos de violencia homicida (que incluye feminicidios), las estadísticas del Secretariado Ejecutivo del Sistema Nacional de Seguridad Pública (SESNSP) demuestran que los homicidios se mantuvieron en 2020 en los niveles récord de los últimos dos años que le precedieron: 32,759 hasta noviembre del año pasado. De ese total, había 28,445 hombres y 3.455 mujeres. En otras palabras, un promedio de 98 personas asesinadas todos los días, una tasa de 25.7 víctimas por cada cien mil habitantes.

No todas las violencias son letales. El mismo informe de ONU Mujeres habla de 300,414 atenciones a mujeres por lesiones que ocurrieron en el ámbito familiar entre 2018 y 2019; 25.3% de los casos se trató de violencia física, 10.8% de violencia sexual, y 63.9% de violencia psicológica. La discusión sobre dónde mueren las mujeres revela un descenso en los asesinatos en la vivienda desde 2004, de 55% aquel año hasta 29.3% en 2019. Hoy en día las mujeres enfrentan peligros mayores en áreas deportivas, granjas, zonas comerciales, centros de recreo, escuelas, centros de trabajo, entre otros. El mayor peligro que viven las mujeres de entre 20 y 24 está en la vía pública.

¿Cuáles otros patrones encontramos en términos de ‘dónde’ se sucede la violencia? El  espacio íntimo y la escuela siguen siendo peligrosos para los niñas y niños. Según Save the Children México,  7 de cada 10 niñas y niños en el país son víctimas de algún tipo de violencia. México es el primer lugar de violencia y abuso infantil en países de la OCDE. Cada día mueren tres niñas o niños a causa de la violencia. En los últimos años, fueron atendidas en servicios de salud 317,996 niñas por violencia sexual. Tampoco es muy seguro el espacio de la escuela. Un informe del OCDE en sus resultados PISA 2015, encontró que 20% de las y los estudiantes en México experimentan acoso escolar, bullying verbal y físico. En las cárceles -otro espacio de socialización-, sucedieron 1,821 ‘incidentes’ en 2020, según el Observatorio de Prisiones, que incluyeron 501 agresiones a terceros, 15 homicidios, 64 suicidios y 52 intentos de suicidio, entre otros.

En el espacio público la violencia sigue siendo horrorosa. México es el país más peligroso del hemisferio occidental para la prensa, desde hace mucho tiempo. En 2020 fueron asesinados como mínimo cuatro periodistas, y otro fue asesinado a disparos cuando informaba desde la escena de un delito. Protestar es arriesgar la vida en México. En Jalisco durante 2020, 28 personas fueran detenidas con amenazas de muerte por protestar contra la muerte con señales de tortura de Giovanni López, quien supuestamente había sido detenido por no usar cubrebocas según se difundió en las redes sociales, versión que fue negada tanto por la Fiscalía General de Justicia como por las propias autoridades municipales. En la esfera política, el último periodo de elecciones fue el más violento en la historia reciente de México. La campaña política de 2018 registró 152 precandidatos y candidatos asesinados, 774 agresiones contra políticos y 429 contra funcionarios no electos. Y en la esfera de las instituciones del Estado, el uso excesivo de la fuerza pública por parte de agentes de seguridad, ha sido bien documentado por la Comisión Nacional de los Derechos Humanos (CNDH) y por académicos y académicas especializados en el tema. Al mismo tiempo, Causa en Común ha registrado 1,389 policías asesinados en México entre enero 2018 y el 30 de noviembre de 2020.

Para contar esta historia de la reproducción de la violencia en sus diversos tiempos y espacios de socialización, opto  -como lo he referido ya- por hacerlo desde las experiencias y sufrimientos vividos. Una de esas miles de historias es la de una mujer que entrevisté en 2017 en un municipio de la región de Tierra Caliente, tan golpeada por la violencia. Ella tuvo que salir huyendo de la casa con su niño después de otra ronda de golpes de su marido. Quería denunciar lo que pasó a la policía, pero su madre no quería acompañarla por falta de confianza hacia esta institución. Se fue sola y al agente policial que levantó su denuncia le gustó ella y le decía que la iría a visitar. La mujer volvió a la casa donde dormía y el agente policial fue asesinado por la pandilla del barrio. Tras el asesinato llegó la policía para saquear la casa de la mujer. En este cuento, la violencia trasciende al espacio íntimo, la calle y al Estado. Los impactos potenciales, intergeneracionales y en el tiempo en la vida del hijo de esta mujer, testigo de todo lo vivido, son inconmensurables. Esto es a lo que llamamos violencia crónica.

El reto es la violencia y cómo se vuelve crónica, constituida tanto por el carácter de la esfera pública como por la esfera íntima. En un libro publicado el año pasado, propongo una herramienta para pensar la violencia que denomino: actos y acciones de daño somático, cargados y generadores de significados, que construyen, destruyen y normalizan ordenes.

La violencia y sus significados. Diseño e ilustración: Maneki-Neko / Excéntrica Casa de diseño (IG casa_manekineko).

Cuando hablo de acciones me refiero a la repetición de comportamientos de humillación a la otra o el otro, que resultan en daños somáticos, ya sean psicológicos o físicos, o lo que el sociólogo Pierre Bourdieu  llama violencia simbólica. Unas mujeres indígenas mexicanas me hicieron entenderla en una conversación en Palenque hace algunos años. Me contaron cuanta distancia tenían que caminar embarazadas al momento de dar a luz, para llegar a una clínica donde se les hacía esperar por ser indígenas y donde se sucedían casos de muerte de bebés por ello. El significado que comunica esta violencia es que las mujeres indígenas no importan como seres humanas. Otros actos de violencia comunican mensajes más directamente. La potencia de la violencia, como lo descubrieron los narcotraficantes con sus violencias performativas espectaculares o el Estado y los actores criminales al usar la desaparición forzada, son mensajes a la víctima directa, a su familia y a la sociedad en su conjunto.

El Estado y la violencia. Diseño e ilustración: Maneki-Neko / Excéntrica Casa de diseño (IG casa_manekineko).

La violencia no es natural. La agresión sí. La violencia surge por la forma en la que nos relacionemos.

Del cuerpo biológico al cuerpo social. Diseño e ilustración: Maneki-Neko / Excéntrica Casa de diseño (IG casa_manekineko).

El cuerpo biológico es un cuerpo social. El espacio no es un lugar vacío. Es un lugar donde nos relacionamos, por eso el espacio íntimo, de la calle, de la escuela, de la cárcel y el espacio público y político son espacios de socialización.  Cuando reconocemos esto, podemos reconocer la importancia de la acción social que moviliza a la ciudadanía contra estos actos y acciones de daño somático. Esa acción social, ciudadana y colectiva sensibiliza a la población (tal como lo hacen las organizaciones y los movimientos sociales contra la desaparición, la violencia sexual, el abuso infantil, etc.) y posibilita que aprenda que la violencia no es inevitable ni normal. De ahí que se puede y debamos repensar la seguridad.

La seguridad no puede reproducir más violencia. Al contrario, debería mostrar la cara humana de la sociedad, afirmando la posibilidad de superar el deseo de la venganza. Una seguridad humanizada camina de manera conjunta con la construcción de un sistema de justicia restaurativa. La seguridad que queremos en vez de reprimir, hace posible la participación cívica, capaz de impulsar los cambios sociales y económicos que podrían establecer los condiciones para convivir en un mundo sin violencia.

Ilustración emocional y una política sin violencia. Diseño e ilustración: Maneki-Neko / Excéntrica Casa de diseño (IG casa_manekineko).

* Jenny Pearce es Profesora Investigadora del Latin America and Caribbean Centre, London School of Economics.

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