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Eficiencia y Cambio Climático (parte 2)
Por IMCO
24 de enero, 2011
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Por: Rodrigo Franco y Manuel Molano

Imaginemos que el gobierno es una especie de empresa que obliga a sus clientes a comprar sus servicios, y que legitima esta imposición por un mecanismo de renovación periódica de sus directivos, proceso en el cual los clientes participan.
Esta empresa provee una canasta de servicios. Entre las empresas de este tipo que hay en el mundo (193 al menos) hay algunas que proveen servicios de mucho mayor calidad que otras. Lo complejo es cambiar el contrato, sobre todo desde el punto de vista del “cliente”, el ciudadano.

Como clientes-ciudadanos, estamos casados con esta peculiar empresa. Influimos de manera diminuta, indirecta y esporádica en las decisiones de su consejo de administración. Por todo ello es muy conviene analizar que nos están vendiendo.
Analicemos dos productos de nuestra empresa gubernamental vernácula: el programa Oportunidades y la gasolina que nos vende Pemex.

1. Oportunidades. es un programa de transferencias sociales condicionadas. Redistribuye ingresos hacia personas de bajos recursos, para quienes un peso adicional hace mucho más diferencia en bienestar que para quienes tienen más dinero.
Además es un programa que no solo transfiere el dinero: condiciona su uso. Requiere, a cambio de recibirlo, que los hijos de las familias beneficiadas acudan a la escuela, que las madres tomen cursos sobre salud, y que la familia realice chequeos periódicos de salud. Es un programa que ha sido sometido a intenso escrutinio, que adopta mejoras y se adapta a condiciones cambiantes.

2. Gasolina. México es un país productor de hidrocarburos. Una parte de la gasolina consumida en el país es producida aquí, otra importada. La gasolina nacional podría venderse en el mercado internacional. La diferencia entre los precios de la gasolina en el mercado internacional, determinado por la oferta y demanda, y el nacional, determinado por una fórmula, es un subsidio. A veces, es un impuesto. En la gráfica de abajo, el subsidio o impuesto es la diferencia entre la línea verde (precio en EUA) y la línea morada (precio Pemex). Es fácil observar que la mayor parte del tiempo la transferencia al consumidor ha sido un subsidio, no un impuesto.

Fuente: IMCO, con datos de Ontario Ministry of Energy and Infrastructure, Petróleos Mexicanos, U.S. Energy Information Administration y www.novascotiagasprices.com
Para comparar ambos productos pensemos en el concepto de externalidades creado por economistas como Pigou, Coase y otros.
Los economistas decimos que hay externalidades cuando existen efectos en la economía que no son capturados por el precio, tenemos externalidades positivas. Un caso interesante es la educación, un bien legalmente gratuito que no sería provisto a todos por simples mecanismos de mercado. El Estado lo provee en parte gracias al reconocimiento de que es una inversión que genera altos rendimientos, mayor productividad por persona, mejor cuidado de la salud, en suma, y si el sistema es adecuado, mejores ciudadanos. Estos efectos de segundo orden que van más allá del sueldo de los maestros, la renta de la escuela y la limpieza de los baños, son externalidades positivas.
Una externalidad negativa ocurre cuando existen costos para la sociedad que no asume quien los genera. Un automóvil produce partículas que se albergan en los pulmones, retrasa el flujo de otros coches, y en el agregado tiene un efecto sobre el nivel de los mares y los eventos climáticos extremos. El precio de mercado de la gasolina no refleja estos costos. El precio con subsidio incentiva estos efectos.
Existen acciones que puede realizar la “empresa” para mitigar el efecto de las externalidades. Si las externalidades son positivas haría mucho sentido asignar un subsidio, para que haya más externalidades positivas. Si las externalidades son negativas haría sentido ponerles un impuesto, para que las actividades que las generan se den menos e, idealmente, para que se compense a quienes cargan con una parte del costo. Curiosamente, este no es el criterio usual de las autoridades. Normalmente ponen impuestos en donde pueden cobrarlos fácilmente, en el mejor de los casos. Muchas veces, la decisión de donde cobrar impuestos está relacionada con criterios demagógicos que privilegian a algunos clientes de la empresa por encima de otros.
La eficiencia de nuestra “empresa” consiste en hacer lo mejor posible con lo que nos cobra. Este dinero puede incentivar la educación y la salud (si decide producir más productos tipo Oportunidades) o el tráfico y la contaminación ambiental (si decide estimular el consumo de gasolinas vía subsidios).
Tanto los 229 mil millones de pesos que costó en el 2008 el subsidio a la gasolina y el diesel como los 72 mil millones que costó en 2010 hablan de pésimos productos que nos enjaretó nuestra “empresa”. Decisiones lamentables, especialmente cuando tiene cosas mucho más bonitas y útiles que podría producir.

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