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Sin competitividad no hay paraíso
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No está en el plan. Por favor regrese en 20 años
Por IMCO
22 de marzo, 2011
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Por: Manuel J. Molano (@mjmolano), IMCO (@imcomx)

Los mexicanos tenemos una tendencia a pensar que México es un país libre. Desde la tragedia de 1968, y luego las crisis de los años 1980, experimentamos un fenómeno de libertades crecientes e innegables en nuestra sociedad. Sin embargo, ¿qué hay de lo mucho de socialista que se quedó en nuestras instituciones?

En la época en que era Presidente de la República Luis Echeverría Álvarez, había algo de soviético en el imaginario colectivo, o como dijera el Peje, en ‘nuestro proyecto de nación’ (Comentario lateral y carente de conexión con este texto: ¿cuántos proyectos de nación tendrá este hombre?) . Quizás Don Luis vio en el modelo soviético la posibilidad de congraciarse con la izquierda mexicana del 68 bajo un esquema controlado por el Estado y perfectamente totalitarista. Quizás era Don Luis un auténtico convencido del socialismo soviético, o tal vez eso era lo que le pedían los grupos de interés de la época, corporaciones como los sindicatos, las organizaciones gremiales e incluso los empresarios.

Dando vuelta a la página de la historia, a la mayoría de las repúblicas socialistas del planeta no les fue muy bien. La excepción es China, y podría argumentarse que ya no es una república precisamente socialista. La mayoría de las exrepúblicas soviéticas sufrieron reformas radicales hacia un modelo de capitalismo extremo; sin embargo, la corrupción que dejó el régimen soviético ahí se quedó. Baumol, Littan y Schramm en su libro Good Capitalism, Bad Capitalism, and the Economics of Growth and Prosperity llaman al fenómeno ruso crony capitalism, el capitalismo de cuates y compadres al que se refiere siempre Denise Dresser en sus artículos de periódico y alocuciones públicas.

México sí se parece a eso y un chorro, con matices. Muchos de los negocios grandes y chiquitos del país se construyeron a la sombra de un estado protector que se encargaba de cerrar la frontera a las importaciones y proveer el capital necesario para que las empresas funcionaran. Las crisis de 1980 y de ahí en adelante le quitaron capacidad al Estado para seguir jugando ese rol de gran financiador y facilitador de la actividad económica y desde entonces mucha de nuestra casta empresarial tradicional se siente trágicamente desangelada. Algunos de ellos lograron renovar sus negocios, internacionalizarlos, mantenerlos a flote a pesar de los serios descalabros macroeconómicos y el retiro silencioso de su socio gubernamental. Son los progresistas, los que pueden creer en un país distinto al que vivieron sus padres y ellos. Otros, menos exitosos, continúan agonizando y quejándose de el fenómeno de creciente apertura y crecientes libertades en este país tuyo y mío.

Mi tesis es que la nuestra fue una transición incompleta. Abrimos la frontera pero no reformamos la Ley Federal del Trabajo (cuasi-soviética) ni nuestro régimen energético (soviético pluscuamperfecto). En algunas cosas como telecomunicaciones y TV transitamos igual que los rusos, hacia el capitalismo de cuates; en otras, como el turismo, los servicios, las manufacturas, las empresas evolucionaron perfilándose hacia prácticas capitalistas de clase mundial.

Todavía tenemos chuladas en nuestra legislación como la Ley de Planeación, que es la que obliga al Gobierno Federal a construir cada seis años esa entelequia vaporosa que conocemos como Plan Nacional de Desarrollo, que se parece muchísimo al fünf Jahre Plan de los nazis y al Pyatiletka soviético. Una vez que escribes esa madre, es como si la hubieras grabado en piedra; no puedes cambiarle una coma sino hasta el sexenio siguiente.

El Plan Nacional de Desarrollo, como correctamente lo apunta aquí Jorge Chávez Presa, está rebasado como herramienta de conducción estratégica del Estado Mexicano. Con base en eso hacemos los presupuestos que establecen el rumbo gubernamental, pero no consideramos mayormente que en el camino puede haber cambios, que es lo que ocurre en una economía abierta cuya sociedad goza cada vez más de mayores libertades.

¿Cómo planean otras naciones? Se apoyan en el mercado para hacerlo. Un mercado abierto, con libre concurrencia de participantes, da señales inequívocas de que un negocio es malo y hay que cerrarlo o que es bueno y hay que invertirle. Da señales a los consumidores de qué pueden comprar y a qué renuncian; da señales al Estado respecto a la cuantía de los impuestos y el peso específico que debe tener en la economía; le dice en dónde vale la pena cobrar impuestos y en dónde no. Le permite concentrarse en sus labores fundamentales: defensa, infraestructura y servicios públicos, atención a los desfavorecidos.

Cuando no hay un mercado específico para un problema, las naciones libres del planeta se abocan a crear ese mercado. Así nació el mercado de bonos de carbono para mitigar el calentamiento global, bajo el protocolo de Kyoto signado en la década de los 90. Así nacieron las tarifas por congestión para usar la infraestructura de transporte en Singapur. Así nacieron y se hicieron crecientemente sofisticadas las bolsas agropecuarias de Chicago, el mercado de flores de Aalsmeer en Holanda, el New York Stock Exchange y otros mercados que hoy son altamente sofisticados.

Un empresario mexicano vio que había un espacio disponible en uno de nuestros puertos para poner una terminal de carga. El administrador portuario le dijo: “el plan maestro se revisa cada 10 años, y apenas se revisó, así que no tenemos contemplado un nuevo competidor en el muelle”. Estos planes tipo soviético lo único que hacen es posponer nuestro desarrollo.

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