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Sin competitividad no hay paraíso
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Un año del T-MEC, ¿y muchos por delante?
Sin un ambiente propicio que garantice el cumplimiento de las normas y los contratos, la atracción de nuevos proyectos de inversión parece improbable; sin el respeto a la autonomía de instituciones y organismos reguladores, no hay tratado que saque a un país de una crisis.
Por Ana Bertha Gutiérrez Jiménez
1 de julio, 2021
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El Tratado entre México, Estados Unidos y Canadá (T-MEC) cumple hoy, 1º de julio, un año de haber entrado en vigor. El T-MEC es el resultado de una renegociación completa del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN) que estuvo en vigor entre el 1º de enero de 1994 y el 31 de junio de 2020, y comprende una de las zonas de libre comercio más grandes del mundo. Detonada principalmente por una promesa del presidente Donald Trump durante su campaña de volver a negociar o, en su defecto, cancelar el TLCAN, la renegociación inició en 2017, y el totalmente nuevo y modernizado T-MEC se firmó en diciembre de 2019.

En su momento, la firma del T-MEC y la finalización de las arduas negociaciones fueron recibidas como buenas noticias para el comercio regional y la economía mexicana, al reafirmar la existencia de una relación comercial privilegiada entre los países de América del Norte, particularmente en el contexto de una administración federal proteccionista en Estados Unidos que aplicó aranceles -en el mejor de los casos- y comenzó guerras comerciales -en el peor-. Cobraría mayor relevancia aún en la llegada de la crisis económica por la pandemia. El nuevo tratado entró en vigor el 1º de julio de 2020.

El primer año del T-MEC transcurrió en el contexto de una crisis sanitaria y económica global que resultó en una interrupción de las cadenas productivas. Para México, el impacto fue severo: la economía se contrajo en (-)8.5% durante 2020, una caída más pronunciada que la de EUA (-3.5%) o Canadá (-5.3%). En el proceso de recuperación, la demanda externa por exportaciones mexicanas ha sido uno de los principales motores -a diferencia, por ejemplo, del consumo privado doméstico, cuya recuperación ha sido más moderada-. Las tasas trimestrales de 12.5% y 3.2% observadas en los últimos dos trimestres de 2020 difícilmente habrían sido una realidad de no existir el tratado comercial que las precedió. De los bienes que México exporta, EUA recibe 80% y Canadá, 3%.

En parte gracias a ello, dos sectores ligados con la demanda exterior de México, el agropecuario y el manufacturero, fueron de los primeros en recuperarse en su totalidad del golpe: de acuerdo con cifras del PIB al cierre del 1T2021, son 2 de sólo 5 de los 20 sectores económicos de México han recuperado más de 100% del valor perdido en el 2T2020. Además, el empleo en éstos cayó en una proporción mucho menor a la nacional durante el año; entre el primer trimestre de 2020 y el de 2021, el empleo en el sector agropecuario mexicano incluso aumentó en 0.2%, de acuerdo con la Encuesta Nacional de Ocupación y Empleo.

La red de seguridad proporcionada por el T-MEC es innegable, pero su potencial para estimular diferentes sectores económicos en el mediano plazo y facilitar la generación de mayores capacidades tecnológicas y un capital humano más competitivo mediante el intercambio de conocimientos y profesionistas es aún más importante. La inclusión de 12 nuevos capítulos sobre temas como comercio digital, competitividad, pymes y anticorrupción resultaron en un Tratado moderno que abre las puertas para que el intercambio y producción de bienes y servicios crezca y se adapte a la realidad tecnológica actual; el uso de plataformas de comercio electrónico, por ejemplo, puede volverse una herramienta para que empresas de todos los tamaños tengan la posibilidad de vender productos en toda la región.

Para acceder a estos y otros beneficios potenciales del T-MEC México necesita hacer el trabajo pesado: hoy se necesitan cambios en diversas regulaciones y procedimientos que, en ciertos casos, constituyen un cambio radical respecto a las políticas actuales. Uno de los principales pendientes es el mercado laboral, donde se requiere implementar los cambios en legislación que garanticen, entre otras cosas, un mejor cumplimiento de los derechos laborales, mayores libertades de asociación y capacidades de negociación colectiva para los trabajadores mexicanos.

Por otra parte, el T-MEC estipula que el mercado energético debe ser abierto y con libre competencia, con penalizaciones potenciales en caso contrario. El gobierno federal ha llevado a cabo diversas acciones que ponen en riesgo el cumplimiento de esta condición, como la iniciativa de reforma al sistema eléctrico nacional que buscaba dar prioridad a la CFE por encima de otros productores. Un cumplimiento adecuado del Tratado se vuelve imposible si el gobierno no hace lo necesario para garantizar la apertura y la competencia en todos los sectores.

Más allá de la implementación correcta del T-MEC, existen otros factores fundamentales para aprovechar al máximo las nuevas posibilidades que ofrece. Sin un ambiente propicio que garantice el cumplimiento de las normas y los contratos, la atracción de nuevos proyectos de inversión parece improbable; sin el respeto a la autonomía de instituciones y organismos reguladores, no hay tratado que saque a un país de una crisis.

En su primer año, el T-MEC respaldó al sector exportador de México e impulsó la recuperación económica del país; en el futuro, tiene el potencial para ser un pilar que sustente una economía y un país más desarrollado y preparado. El camino está trazado.

* Ana Bertha Gutiérrez Jiménez (@AnaBerthaGtz) es Coordinadora de Comercio Exterior y Mercado Laboral del @imcomx.

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