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Think tank independiente, sin fines de lucro, dedicado al estudio e interpretación de la realida... Think tank independiente, sin fines de lucro, dedicado al estudio e interpretación de la realidad mexicana y presentación de propuestas para cambiar a México. Y creador de TANQUE PENSANTE. Sitio web: www.cidac.org Twitter: @CIDAC (Leer más)
Dos “verdades históricas” del norte de Guerrero
La verdadera “verdad histórica” de la procuración de justicia en México es que nunca hay certezas y siempre hay falacias.
Por CIDAC
25 de marzo, 2015
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Por: Antonio De la Cuesta Colunga

In memoriam Antonio de la Cuesta Cordero

Están a punto de cumplirse dos meses desde aquella conferencia de prensa donde el entonces procurador general de la República, Jesús Murillo Karam, emitió la polémica declaración sobre la que llamó “verdad histórica” en el caso de los normalistas desaparecidos en Iguala. El destino de los 43 de Ayotzinapa, si bien nunca tuvo un pronóstico halagüeño, tampoco se esperaba que el gobierno federal optara por intentar fulminarlo con una frase lapidaria.

Esta semana se cumplirán seis meses de los aterradores acontecimientos ocurridos el 26 de septiembre de 2014, justo en la misma localidad que se precia de ser “cuna de la consumación de la independencia”, “cuna de la bandera nacional” e, incluso, “cuna del primer ejército mexicano”. Indudablemente, Iguala es una cuna insigne, aunque su reciente prestigio la ha reducido a ser un maltrecho pesebre que simboliza lo peor de un país donde sigue siendo discrecional la obligación de la autoridad por salvaguardar el derecho de los ciudadanos a la justicia. La hipótesis de la monumental hoguera del basurero de Cocula, y la correspondencia química de sus residuos con los encontrados en bolsas de basura tiradas al cercano río San Juan, aun si fuera una realidad incontrovertible, no sería suficiente para calmar el dolor de los familiares de los 43. Y no es tanto la zozobra de no tener un cuerpo para comprobar la muerte de un hijo, sino la impotencia de estar a la deriva ante una anarquía de facto, donde cualquiera es autoridad y cualquiera puede ser víctima, donde los hechos se proclaman y no se comprueban, donde la costumbre es enterrar la realidad en fosas, hasta que el tufo a muerte desaparece, se olvida.

Las fosas clandestinas alrededor de Iguala –y en varias regiones de Guerrero y del país—, no han tenido ni un antes, ni un después del caso Ayotzinapa: existían desde tiempo atrás y, por desgracia, parece que continuarán surgiendo repletas de restos sin identidad, sin pasado. El horror se agudiza cuando, de acuerdo con una nota de la revista Proceso, el Instituto Nacional Electoral habría insaculado para ser funcionarios comiciales en la entidad a poco más de 1,850 ciudadanos fallecidos y a unos 3,800 catalogados como “no localizados”. ¿Importa? De cualquier manera habrá elecciones en Guerrero –a pesar de los posibles boicots anunciados por grupos inconformes como el magisterio disidente— y se tendrán nuevos burócratas al frente de la entidad y de sus municipios, Iguala incluido. ¿Serán legítimos los resultados dado el desorden que priva? Esa pregunta tampoco interesa, ya que la ley se habrá cumplido, el proceso se dará por válido y la vida proseguirá su curso. A fin de cuentas, las urnas sólo registran números, los votos no tienen rostro, lo relevante es que prevalezca la normalidad, por muy cruda y amenazante que sea.

La normalidad, la cual suele confundirse con lo óptimo, no es más que una cuestión de frecuencias: aquel patrón repetido con mayor frecuencia es lo considerado como “normal”. Del mismo modo, la normalidad acaba siendo parte de la historia y de sus verdades. Con esto en mente, la verdadera “verdad histórica” de la procuración de justicia en México es que nunca hay certezas y siempre hay falacias. Cuando la PGR llega al extremo de esgrimir la supuesta contundencia de “las pruebas aprobadas por la ciencia”, acaba también poniendo en entredicho a la ciencia y la convierte en un argumento vacío, volviendo a tirar por la borda cualquier vestigio de legitimidad en sus afirmaciones, pero recurriendo a la falaz imposición de la verdad por el simple hecho de ser la autoridad legal.

Lo inquietante del caso es que la PGR vio dos ciencias; por un lado, la suya, la de resultados previamente decretados, la de ausencia de aplicación adecuada de protocolos de investigación, la de cenizas irreconocibles, aunque bautizadas con nombre y apellido; por el otro, la de los mismos científicos que contrataron para la investigación –el Equipo Argentino de Antropología Forense (EAAF) y el Instituto Forense de la Universidad de Innsbruck (Austria)— quienes nunca fueron capaces de aterrizar una hipótesis en certeza, porque simplemente no tuvieron elementos suficientes para hacerlo. En pocas palabras, la procuración de justicia en México no recurre a la ciencia, donde las reglas van develando una verdad incógnita, sino a la alquimia, donde las reglas se deben adaptar a la expectativa de un resultado promulgado de antemano.

Curiosamente, justo 65 años antes del infierno contra los normalistas de Ayotzinapa, el 26 de septiembre, pero de 1949, en Ixcateopan, poblado a 60 kilómetros al noroeste de Iguala, se encontró una fosa al estilo de las de la región, con restos apócrifos listos para volver al olvido o, como fue el caso, de pasar a la polémica histórica. A petición del gobierno de Guerrero, la profesora Eulalia Guzmán se dio a la tarea de explorar los presuntos sitios donde supuestamente estarían inhumados los restos del emperador Cuauhtémoc. Aunque la tumba se halló en la fecha referida, no fue sino hasta 1951 que se exhumaron la totalidad de las piezas óseas enterradas bajo el altar de la iglesia de Nuestra Señora de la Asunción. La falta de técnica arqueológica, sumada al atraso tecnológico y científico de la época, impedían determinan con total veracidad el origen de los vestigios.

La profesora Guzmán nunca cejó en afirmar que se trataba de los restos del último tlatoani. Sin embargo, algunos años más tarde, en 1976, según la crónica del arqueólogo Eduardo Matos Moctezuma, se creó la llamada Comisión para la Revisión y Nuevos Estudios de los Hallazgos de Ichcateopan. La anécdota cuenta acerca del interés del entonces gobernador guerrerense, el mítico Rubén Figueroa Figueroa, “El Tigre de Huitzuco”, por tener un dictamen oficial acerca de que los huesos encontrados por doña Eulalia eran en efecto de Cuauhtémoc. Durante una comida ofrecida a los miembros de la comisión, Figueroa sentenciaba: “Todo cae por su propio peso. Por eso esperamos que hagan pronto su trabajo y digan que aquí está Cuauhtémoc para que puedan regresar a la capital, pero con cabeza…”. A la fecha, Ixcateopan de Cuauhtémoc presume ser la última morada del señor mexica, con museo, estatua y demás parafernalia incluidos.

El maestro Matos Moctezuma, al igual que otros arqueólogos, han sostenido que los restos de Ixcateopan no sólo no pertenecerían al emperador, sino que corresponderían a ocho personas distintas. Sin embargo, el gobernador Figueroa, así como sus predecesores y sucesores, veían en el simbolismo de tener a Cuauhtémoc enterrado en suelo guerrerense como una señal de prestigio y, en una de esas, hasta de potencial atractivo turístico. Para las autoridades, era indispensable consolidar esa “verdad histórica” hasta la fecha decretada por varios.

Es altamente probable que si, en el futuro próximo, alguien volviera a cuestionar la “verdad histórica” de la tumba de Cuauhtémoc, tanto el gobernador de Guerrero en turno, como el presidente municipal de Ixcateopan, sentirían ser víctimas de un oprobio sin parangón, de un atentado contra la herencia cultural de su estado; en suma, algo imperdonable. Algo similar se pretende hacer con la “verdad histórica” del caso Iguala. Las cenizas de las bolsas del río San Juan no pueden ser otros que los 43 de Ayotzinapa. José Luis Abarca y María de los Ángeles Pineda son los cerebros criminales detrás de la compleja maquinación que redujo a nada los cuerpos de 43 estudiantes de la Normal Rural “Raúl Isidro Burgos”. El basurero de Cocula se instaló en un predio donde el entorno desafía las leyes de la termodinámica, tal cual toda ley se desafía cotidianamente en el país. Quien siga dudando de estos hechos irrefutables tiene un grave problema “de lento aprendizaje” y “ ya debe superarlo”. Ultimadamente, sólo nos faltan 43…

 

* Antonio de la Cuesta Colunga es Director de Análisis Político del CIDAC.

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