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Tanque pensante
Por CIDAC
Think tank independiente, sin fines de lucro, dedicado al estudio e interpretación de la realida... Think tank independiente, sin fines de lucro, dedicado al estudio e interpretación de la realidad mexicana y presentación de propuestas para cambiar a México. Y creador de TANQUE PENSANTE. Sitio web: www.cidac.org Twitter: @CIDAC (Leer más)
El narcisismo del PAN
La competencia y la alternancia son propias de la democracia. La cosa es en qué condiciones se abandona el poder.
Por CIDAC
13 de febrero, 2013
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Por: Antonio De la Cuesta Colunga

Han pasado más de siete meses desde que se consumara la determinación de una enorme mayoría de los mexicanos de “sacar al PAN de Los Pinos”. En poco más de un mes –el 16 de marzo, para ser precisos—, Acción Nacional llevará a cabo su 17 Asamblea Nacional Extraordinaria. En ella, según lo acordado durante las reuniones de su Consejo Nacional ocurridas en enero pasado, se podría presentar una reforma estatutaria de largo alcance, con el objetivo de reestructurar y fortalecer el partido (esa sería la idea) tras la devastadora derrota electoral de julio de 2012.

Desde sus múltiples pérdidas en los comicios federales intermedios de 2009, cuando comenzaba a vislumbrarse la eventual caída panista de la Presidencia de la República, el PAN emprendió un proceso de reflexiones que pretendía encontrar errores, omisiones y posibles cursos de enmienda para una crisis que, al paso del tiempo, trascendió lo electoral y se develó como estructural. Sin embargo, la experiencia indica cómo, o los resultados de esa reflexión no se aplicaron con éxito en la realidad o, simplemente, no existió. En lo personal, me inclino por lo segundo. El caso es que algo falló. Entonces, ¿qué elementos podría tomar en cuenta Acción Nacional a fin de conseguir un nuevo proceso reflexivo con mejores consecuencias? En otras palabras, ¿cuáles son los yerros que requeriría reconocer el partido?

Primero, como señaló el senador Javier Corral en un texto publicado el 6 de enero pasado, el PAN requiere “una reivindicación y crítica que permita despejar de análisis la rencilla política y también dejar de estar viendo por el retrovisor cuando decidido caminar hacia adelante”.  No obstante, considero que sí resulta relevante remontarse al pasado no tan lejano, o sea, al momento en el cual el PAN pierde formalmente la Presidencia de la República. A pesar de los esfuerzos de una candidata valiente (más que diferente, como rezaba su principal arenga de campaña), sólo uno de cada cuatro votantes cifró su esperanza en Josefina Vázquez Mota como posible presidenta de México. Ahora bien, entre los casi 13 millones de quienes sufragamos a favor de la panista, estoy seguro de que nuestras motivaciones fueron muy distintas. Hubo quienes lo hicieron por el simple hecho de simpatizar con Acción Nacional; otros, por buscar la continuidad de las políticas del presidente Calderón –de quien Vázquez Mota nunca supo desmarcarse hasta que, casi al final de la campaña, en un exabrupto lleno de sarcasmo (espero), lo propuso para ocupar la PGR—; unos cuantos más lo hicimos por confiar en las capacidades, sensibilidad y, en especial, carácter de Josefina; los menos, lo habrían hecho por todas las razones anteriores.

A la distancia, tal vez el error básico del panismo –al menos en el ya de por sí difícil proceso electoral de 2012—, en específico de sus liderazgos, podría resumirse en tres puntos: uno, su incapacidad de lograr la congruencia entre las virtudes de su proyecto ideológico (que sin duda posee la doctrina del PAN) y el complejo arte de gobernar; dos, el fracaso en difundir un historial convincente de buen gobierno, en particular a nivel federal, utilizando un ingrediente que falló a lo largo de ambas presidencias panistas: comunicación social asertiva; y tres, no poder dotar a su candidata con las herramientas y entorno adecuados para preocuparse sólo por hacer campaña “al exterior”, no por arreglar las cosas en una casa que le presentó, en no pocas ocasiones, más hostilidad, indiferencia e incertidumbre, que respaldo.

Pese a lo anterior, la crisis del PAN es más compleja que un resultado electoral adverso. Incluso podría estar más allá del desvirtuado desempeño de su último representante en Los Pinos. A primera vista, la a todas luces fallida estrategia de lucha contra el crimen organizado que emprendió el ex presidente Calderón, eclipsó casi cualquier logro de su gestión. De acuerdo con la encuesta BGC-Excélsior publicada el 12 de noviembre de 2012, Calderón habría sumado el menor número de simpatías entre los últimos cuatro mandatarios mexicanos –incluido él— con 49% de aprobación de su trabajo, mientras que también acumularía el mayor porcentaje de antipatías (49%, lejos del 31% que tuvieron Zedillo y Fox, o del 18% de Salinas). Aunque ello no abonó de manera positiva en la causa panista en los comicios del verano pasado, tampoco sería justo achacarle todo el peso de la culpa a ese factor. No obstante, el “estilo” panista de gobernar sí debe ser evaluado con mayor cuidado, quitando rostros y nombres –a fin de evadir (en lo posible) rencores y facilitar (de preferencia) la conciliación.

En el PAN se suele decir que la “acción responsable” (sea lo que sea que ello signifique) acarrea costos políticos y así deberán asumirse. Es probable que un razonamiento de esa índole prive en la mente de, por ejemplo, Felipe Calderón. Incluso, una reflexión sustentada en semejante precepto es seguro que conducirá a la orgullosa proclama de la “misión cumplida” (por cierto, George W. Bush pensaba de una forma similar al desplegar un anuncio similar respecto a la invasión estadounidense a Irak). Bueno, ese es el tipo de esquizofrenia emanado de un ejercicio fallido del poder.

En la práctica, el PAN se topó con la vieja máxima de Maquiavelo, quien alertaba sobre que no hay nada más difícil de llevar a cabo, más dudoso de conseguir el éxito, y más peligroso de manejar, que el emprender un nuevo orden de cosas. Sin embargo, también omitió otra enseñanza del sabio renacentista quien, a pesar de haberlo puesto en su momento en términos de “usurpadores y crímenes”, en esencia planteaba una recomendación clave para un gobernante llegado a un entorno nuevo y, por lo general, hostil. El florentino estimaba indispensable evaluar qué y a quiénes se debía infligir un daño tal que no les fuera posible emprender siquiera una represalia. En el caso de los males de un sistema cuya perversidad siempre fue denunciada por el PAN desde la oposición –corrupción, clientelismo, corporativismo, nepotismo, etc.—, los panistas, al tener en sus manos el poder, optaron por atacarlos muy por encima, tolerarlos o, en no pocas oportunidades, caer en la tentación de abrazarlos. Para Maquiavelo, aquel que no actuara con coraje para derrotar dichos males ya sea “por timidez, o por haber sido mal aconsejado, se ve siempre obligado a estar con el cuchillo en la mano”. Así, el PAN, como gobierno, siempre pareció vivir a la defensiva, tal como suele ser la zona de confort de lo que Soledad Loaeza llamaría una “oposición leal”.

Acción Nacional se debatió entre ser congruente con sus principios, mientras intentó adaptarse a una lógica política que le era ajena –si bien no desconocida. No deben de ser pocos los panistas que quisieron –y, de hecho, aplicaron a su modo—seguir ciertas recomendaciones de Maquiavelo. El punto es que, al final, acabaron dejando el poder. Y no es que ése haya sido el problema. Como bien declaró Calderón en su momento, la competencia y la alternancia son propias de la democracia. La cosa es en qué condiciones se abandona el poder. No es raro escuchar que quienes optaron por colocar, no sólo a Peña Nieto en Los Pinos, sino al PRI en la inmensa mayoría de los gobiernos estatales y municipales, así como en el control de ambas cámaras del Congreso de la Unión, lo hicieron en reconocimiento a la “experiencia en el gobierno” de los tricolores.

Esto tiene lógica si aceptamos que proseguimos en un sistema que poco cambió en doce años de panismo, donde la corrupción no sólo se sofistica, sino que se redistribuye; donde el corporativismo parece un muro infranqueable pero necesario; donde la transparencia es una práctica condicionada; donde la rendición de cuentas es sólo para quienes no son capaces de evadirla; donde ahora todos pregonan la reivindicación de la política, pero pocos se atreven a emprenderla; en suma, donde todos son oposición y, al mismo tiempo, todos son gobierno. Con todo esto en mente, el PAN terminó mezclándose, perdiendo una identidad teórica de dignificar la política, y ganando una imagen práctica de ineptitud operativa. De cara a lo inmediato –y probablemente a su futura supervivencia—, Acción Nacional deberá contemplar lo que le muestra su verdadero reflejo en el agua, y no permanecer  “sulibellado” por un proyecto de nación que, a la fecha, han fracasado en construir.

 

*Antonio De la Cuesta Colunga es investigador y Director de Análisis Político de CIDAC. [email protected]

 

 

 

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