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Tanque pensante
Por CIDAC
Think tank independiente, sin fines de lucro, dedicado al estudio e interpretación de la realida... Think tank independiente, sin fines de lucro, dedicado al estudio e interpretación de la realidad mexicana y presentación de propuestas para cambiar a México. Y creador de TANQUE PENSANTE. Sitio web: www.cidac.org Twitter: @CIDAC (Leer más)
La estrategia (narcisista) de seguridad de la administración Peña
Se agradece que el Presidente de la República haya dejado de ser procurador, jefe de la policía y héroe incomprendido de la lucha contra la delincuencia. Lo que no está tan bueno es que ahora se ha convertido en la estrella de las pasarelas y la promoción de ese monumental castillo en el aire conocido como “el momento mexicano”.
Por CIDAC
8 de octubre, 2014
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Por: Antonio De la Cuesta Colunga

Durante la campaña de 2012 prácticamente todos los entonces aspirantes a la Presidencia de la República se pronunciaron por cambiar la estrategia con la cual el gobierno de Felipe Calderón había tratado de solventar la crisis de inseguridad en el país. Sin embargo, ninguno pudo jamás contestar la pregunta que el segundo mandatario panista blandía molesto de manera constante cada vez que era cuestionado sobre los miles de muertos producto de su guerra contra el crimen organizado: “¿qué otra opción tenemos?” Peor aún es el hecho de que si en los discursos de promoción electoral nunca fueron capaces de ofrecer una alternativa, a la hora de llegar al poder menos se ha podido.

En un arranque de ironía (suponemos), Josefina Vázquez Mota llegó a proponer a Calderón como futuro procurador general, aunque lo hizo cuando su derrota en las urnas era ya inexorable y con un dejo de decepción (por decir lo menos) ante el abandono experimentado desde Los Pinos. En el caso de Andrés Manuel López Obrador se cayó en el que podríamos denominar como el lugar común moralista, es decir, achacarlo todo a la descomposición del tejido social, a la ausencia de una estrategia integral (cuyo diseño sólo existe en los inconclusos bosquejos del mundo de las “ideotas”) y, por supuesto, a las acciones equivocadas del gobierno calderonista por haberle pegado al avispero. Por su parte, Gabriel Quadri incurrió en el opuesto: el lugar común liberal. Esta modalidad incluye el creciente clamor por la legalización de las drogas para pretender solucionar un problema que va más allá de los narcóticos. Sobrios o “malviajados”, el punto es que el contrato social está destrozado.

Ahora bien, los tres ejemplos anteriores ya están inscritos en el anecdotario. Lo relevante es analizar cuál ha sido el esbozo de respuesta de quien sí alcanzó la silla presidencial. Enrique Peña Nieto pareció encontrar la luz en el seguimiento de la secuencia de las tres áreas básicas que intentan aproximar a todo bachiller a la filosofía. Mientras el régimen autoritario se sustentó en la lógica de contener y negociar con el incipiente crimen organizado, y en tanto la docena panista asumió el problema como una cuestión de ética ramplona, el “nuevo PRI” ha apostado –al menos en su primer bienio de restauración— por la estética.

En marzo de 2011, en los últimos suspiros del calderonato, el gobierno firmó un pacto con los principales medios masivos de comunicación titulado “Acuerdo para la Cobertura Informativa de la Violencia”. La idea del convenio era reducir la cantidad e impacto de las notas referidas a la actividad criminal en el país, con el objetivo de mejorar la percepción de seguridad entre la ciudadanía. El acuerdo no tuvo éxito y es probable que una de las razones para ello fuera el interés de ciertos actores en su fracaso. Sin duda, el pasivo electoral insalvable en contra de un tercer sexenio presidencial panista era el tema de la inseguridad. Así el PRI, dedicado los doce primeros años del presente siglo a reconstruirse, hacerle la vida imposible a los poco sagaces panistas en la Presidencia y, por último, a asegurar la salida de Acción Nacional de Los Pinos, se montó con suma facilidad en la desgracia nacional a fin de obtener la falaz expiación de culpas que muchos de sus militantes ven en el triunfo electoral de 2012.

Asimismo, por alguna extraña razón, se fue acendrando en un sector del imaginario colectivo la imagen de que los priistas y su experiencia política estarían facultados para resolver la inseguridad desbordada durante la administración Calderón. Sin restarle su grado de responsabilidad a las decisiones del ex mandatario panista, lo curioso de esa impresión es que la crisis del contrato social en México tiene sus enormes raíces sembradas en el sistema político-económico del régimen autoritario del PNR-PRM-PRI, el cual terminó transformando los ideales de la Revolución Mexicana en pilares del paternalismo, el corporativismo, el clientelismo y demás preciosuras. Ciertamente, esos bichos consiguieron un periodo de estabilidad sin precedente en la historia independiente del país, pero bajo un esquema muy demandante en recursos monetarios, y poco sustentable en el largo plazo, en particular cuando la riqueza petrolera comenzó a mermar. Con esto último en mente, no sorprende que el PRI haya tenido tanto interés en sacar la reforma energética una vez reinstalado en el gobierno, y casi el mismo afán por detenerla cuando estuvo fuera de él.

La mala noticia es que, aun si ya funcionaran a pleno sus once gloriosas reformas –lo cual no sucederá (si sucede) en el corto plazo— el gobierno del presidente Peña no podrá acceder a una bolsa monetaria suficiente para restituir el statu quo ante de las épocas del último mandatario bien peinado antes de él: Adolfo López Mateos. Probablemente, al estar consciente de lo limitado de la inyección de recursos disponible, la opción sea no meterle “dinero bueno al malo”. Gastar en programas sociales y demás modalidades de inversión electorera es prioritario. Por su parte, seguir aumentando el dinero en seguridad no parece tan eficiente como invertirlo en imagen y percepción, elementos que, por si fuera poco, son la especialidad de la casa. El problema de esto es su limitadísima caducidad.

Mientras Felipe Calderón saboteó sus propios logros en materia económica, sobre todo su respuesta ante la crisis internacional de 2008-2009, al darle prioridad en la comunicación social a su afán por ser su propio vocero de seguridad, Enrique Peña se colocó en los primeros meses de su gobierno como el adalid de la promesa de un etéreo despegue económico de México, tirando debajo de la alfombra la crisis de inseguridad. Verdaderamente se agradece que el Presidente de la República haya dejado de ser procurador, jefe de la policía y héroe incomprendido de la lucha contra la delincuencia. Lo que no está tan bueno es que ahora se ha convertido en la estrella de las pasarelas y la promoción de ese monumental castillo en el aire conocido como “el momento mexicano”.

A diferencia de lo sucedido con Calderón, quien en realidad se partía la cabeza –sin buenos dividendos, eso sí— pensando cómo hallar soluciones contundentes y radicales al problema de la inseguridad, Peña acudió al botiquín político tradicional. De esta manera, la actual administración le ha recetado al país en los últimos meses lo siguiente: valeriana mediática para calmar el nerviosismo de la opinión pública con coberturas poco enfocadas en las acciones de la delincuencia; árnica metaconstitucional para esconder la dolorosa situación en Michoacán por la vía de la figura de un comisionado surgido de la nada jurídica; manzanilla propagandística para redorar el brillo de México como la supuesta nueva promesa latinoamericana tras la debacle de Brasil, y una buena limpia con laurel y (abundante) ruda, a fin de debilitar a la oposición, maniatarla con el chantaje del escándalo, no sin antes ofrecerle la nada despreciable zanahoria de los recursos del erario y, de ser el caso, de la impunidad ante pecados (literal) del pasado. Con estos ingredientes, el presente gobierno ha preparado una mezcla cosmética con cierto nivel de eficacia en pos de dar una apariencia de una gestión que lo tiene todo bajo control y en orden. Por desgracia, esa bella mascarilla es fácilmente soluble en las corrosivas aguas de la realidad.

Cual Narciso, el PRI devuelto al gobierno federal pareció pensar que podía permanecer contemplando absorto su despampanante reflejo de eficacia política e ínfulas de control centralizado a la vieja usanza. Sin embargo, el estanque de la realidad que espejea su imagen es de aguas muy profundas, donde los recientes eventos de Tlatlaya e Iguala podrían ser apenas la superficie. Si se llega a caer en él, las posibilidades de ahogarse son harto amplias.

 

* Antonio De la Cuesta Colunga es Director de Análisis Político de @CIDAC.

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