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La inseguridad y la crisis de aprobación del Presidente
Que el Presidente Enrique Peña Nieto haya dejado el tema de inseguridad fuera del discurso oficial hizo que los eventos recientes de violencia afectaran severamente la imagen del mandatario exhibiéndolo como un Presidente que ignoraba la realidad del país o que quiso manipular a la opinión pública haciéndole creer que la inseguridad estaba mejorando. Esto le ha generado al gobierno una crisis mayúscula que ha puesto en duda la capacidad del Presidente para gobernar.
Por CIDAC
16 de diciembre, 2014
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Por: Lorena Becerra y Rafael Giménez

Las más recientes encuestas nacionales de diversas agencias nos indican que la popularidad del Presidente Enrique Peña Nieto va en picada. En este momento se registra la mayor desaprobación a un presidente en turno en los últimos 20 años, como lo muestra la gráfica a continuación. Antes de esto, solamente Ernesto Zedillo había obtenido niveles similares a raíz de la devaluación de diciembre de 1994 y el levantamiento Zapatista en enero de 1995.

Dado que las mediciones de aprobación presidencial reflejan el apoyo que tiene un mandatario de sus ciudadanos, esta caída estrepitosa es alarmante en el contexto actual de inseguridad y resultados económicos mediocres.

Los datos de encuestas provienen de las siguientes fuentes: ARCOP y Presidencia de la República para 1994-2000, ARCOP para 2001-2006, Presidencia de la República para 2007-2012 y REFORMA para 2012-2014.

Los datos de encuestas provienen de las siguientes fuentes: ARCOP y Presidencia de la República para 1994-2000, ARCOP para 2001-2006, Presidencia de la República para 2007-2012 y REFORMA para 2012-2014.

El determinante principal de la aprobación presidencial ha sido históricamente la economía, o bien el cálculo que hacen los ciudadanos de la situación económica. La relación es muy clara: en contextos de crisis económica los mandatarios ven un deterioro grave en su aprobación.

Sin embargo, en países como México en donde la inseguridad ha tomado un papel preponderante en la agenda pública, este factor entra cada vez más en juego cuando los ciudadanos evalúan a sus autoridades.

A diferencia de la economía, el balance de la inseguridad en la aprobación es incierto. Es decir, un aumento en la inseguridad no siempre provoca una caída en la aprobación presidencial. Esto se debe a que en ocasiones los ciudadanos se solidarizan con el mandatario ante una amenaza exterior o le reconocen que está dedicado al problema y decidido a enfrentar a los criminales.

Al inicio del sexenio de Ernesto Zedillo, en pregunta abierta en encuestas, únicamente el 7% de la población respondía que la inseguridad era el principal problema que enfrentaba el país. Zedillo enfrentó graves problemas económicos desde finales de 1994 y en 1995. Su aprobación llegó a niveles de 30% y su desaprobación alcanzó el doble de esto. Zedillo logra revertir esta tendencia gracias a las reformas que impulsó en educación, impartición de justicia y en materia electoral.

Cuando Vicente Fox inicia su mandato el porcentaje de la población que respondía que la inseguridad era el principal problema había llegado a 14%. Al finalizar el sexenio este porcentaje se había duplicado. Durante este periodo se registran episodios importantes de violencia y se multiplican las regiones tomadas por el crimen organizado. Sin embargo, la caída más importante en la popularidad de Fox se observa en 2002 cuando propone un paquete fiscal que elimina subsidios importantes aunque su aprobación nunca fue menor a 45%.

Felipe Calderón llega a la Presidencia después de una campaña basada en economía, deuda pública y creación de empleos. Sin embargo, es durante este sexenio que la seguridad se convierte también en un determinante de la aprobación presidencial y los ciudadanos empiezan a identificar este problema como el principal que enfrenta el país, a veces incluso por encima de la economía. Los vaivenes en la aprobación presidencial se empiezan a explicar tanto por eventos económicos como por episodios de violencia intensa en México a partir de 2006.

El sexenio de Calderón estuvo afectado por eventos económicos que tuvieron efectos nocivos en la aprobación presidencial y su aprobación llegó a estar en 48%. Pero a diferencia de la tendencia económica, no se observa una caída en aprobación presidencial en uno de los más graves picos de violencia de 2008.

Es en 2011 cuando la sociedad percibe que la violencia se extiende contra civiles inocentes, como los eventos de los estudiantes en Monterrey o la masacre de trabajadores migrantes en Tamaulipas, que buena parte de ésta cuestiona gravemente los altos costos de la lucha del gobierno. La aprobación presidencial entonces empieza a registrar una relación claramente negativa con los episodios de violencia y alcanza niveles de hasta 42%.

Para Noviembre de 2012 el 59% de la población señalaba la inseguridad como principal problema según la encuesta del periódico Reforma. No obstante, el Presidente Peña Nieto decide dejar fuera del discurso oficial el tema de inseguridad durante los primeros dos años de su gobierno.

Tanto Calderón como Peña Nieto se enfrentaron con la problemática de inseguridad a pesar de que habían encaminado sus planes de gobierno y comunicación a otros temas. Calderón lo convierte en el principal eje de su gobierno y acaba pagando los costos en opinión pública de la violencia y las muertes relacionadas con la lucha. Peña Nieto quiso evitar ese mismo destino. Ahora su aprobación está en 39% y su desaprobación la supera por veinte puntos.

En su libro, “Los saldos del Narco, el fracaso de una Guerra”, Jorge Castañeda y Rubén Aguilar acusan a Felipe Calderón de haber iniciado la guerra contra el narco para resolver su problema de legitimidad al haber llegado a la Presidencia después de una elección muy cerrada. Los autores argumentan que Calderón quiso imponer la agenda de inseguridad para manipular a la opinión pública y ganar su apoyo cuando realmente la violencia, el consumo de drogas y la penetración del narco en el gobierno eran mucho menores que en años previos.

Pero el Presidente Peña Nieto es un ejemplo claro de que la manipulación de los ciudadanos tiene límites muy claros. El haber dejado el tema de inseguridad fuera del discurso oficial hizo que los eventos recientes de violencia afectaran severamente la imagen del mandatario exhibiéndolo como un Presidente que ignoraba la realidad del país o que quiso manipular a la opinión pública haciéndole creer que la inseguridad estaba mejorando. Esto le ha generado al gobierno una crisis mayúscula que ha puesto en duda la capacidad del Presidente para gobernar.

Por si esto fuera poco, la debilidad en las encuestas está reflejando también un problema de credibilidad del Presidente por las acusaciones que enfrenta con relación al conflicto de interés relacionado con la “casa blanca”. A cuatro años de que cierre esta administración, estamos frente a un Presidente muy debilitado en la opinión pública.

Las consecuencias de esta crisis de aprobación no son totalmente predecibles. La caída en aprobación de Ernesto Zedillo le llevó a que su partido perdiera la mayoría en el Congreso por primera vez y a sufrir derrotas tan graves como la gubernatura de Jalisco. En 1995 el PRI perdió todas las elecciones y el efecto se extendió hasta el año 2000.

Felipe Calderón también perdió el Congreso en las elecciones intermedias y no logró consolidar sus reformas de seguridad ni su proyecto de gobierno. Asimismo, durante ese sexenio el país no logró recuperar plenamente el crecimiento económico. El partido de Calderón terminó por perder la Presidencia quedando en tercer lugar en las elecciones de 2012.

Pero a diferencia del pasado, lo grave de este momento es el amplio descontento social aunado a un desgaste generalizado de los partidos. Las personas que dicen no identificarse con ningún partido político han superado el 40% y se están reanudando los llamados al abstencionismo que vivimos en 2009. Esto nos indica que el electorado no está viendo opciones viables en la oposición a la vez que no contamos con mecanismos institucionales para canalizar esta inconformidad.

La posibilidad de que esta crisis de aprobación termine por convertirse en una crisis de gobernabilidad se vuelve cada día más factible en la medida en que el Presidente no presente soluciones que la sociedad perciba como creíbles. Es preferible que el partido en el poder sufra varias derrotas electorales, que los escenarios de rebelión social que se están perfilando actualmente con la impopularidad del Presidente Peña Nieto.

 

* Lorena Becerra es investigadora de CIDAC y Rafael Giménez es consultor independiente

 

 

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