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Los retos del PAN (ácimo) para levantar
Si el PAN continúa renunciando de facto al D.F. priorizando una agenda social conservadora muy respetable, pero con nimias probabilidades de “prender” más allá del ámbito de sus “buenas conciencias”, su debacle capitalina podría rápidamente repetirse a lo largo del país.
Por CIDAC
20 de mayo, 2014
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Por: Mariana Meza y Antonio De la Cuesta

Tan deslucido como su desarrollo, y hasta opacado en atención televisiva por un mediocre partido de soccer, resultó el desenlace de la contienda por la dirigencia nacional del PAN. Gustavo Madero será quien “guíe” al panismo rumbo a los comicios federales intermedios y a los estatales de 2015. También será quien, desde la sede del partido, presenciará el tránsito lento pero seguro de la reglamentación de las reformas en telecomunicaciones, energía y transparencia, así como las negociaciones del paquete fiscal 2015. Asimismo, el chihuahuense encarará la oportunidad de hacer que el panismo, por primera ocasión en su historia, consiga volver a gobernar estados que fueron alguna vez fuertes bastiones suyos, como Nuevo León, Querétaro y San Luis Potosí. En suma, las oportunidades son muchas, aunque los riesgos son enormes.

Uno de los riesgos primordiales para el PAN hacia el futuro es su incapacidad de agenciarse nuevos –o recuperar antiguos— simpatizantes. Del mismo modo, el declive en su militancia tras su salida de Los Pinos, cuyo tamaño fue bien dimensionado por el proceso de depuración del padrón unos meses después de la derrota de 2012, ofrece un indicador importante respecto a los retos por venir. El Partido Acción Nacional, el cual llegó a contar en su padrón de militantes con cifras cercanas a los 2 millones de personas hacia 2006 –cuando el partido era una atractiva “agencia de colocaciones” en el sector público—, apenas alcanzó 217,476 miembros al corte del 13 de mayo de 2014. Ciertamente, ese nivel es similar –aunque menor— a los alrededor de 267 mil miembros con los que contaba hacia 1999, justo antes de ganar la Presidencia de la República. Sin embargo, a diferencia de la situación en aquellos tiempos, el panismo ha tenido muchos problemas en la generación de entusiasmo hacia su programa de gobierno –cuya silueta no está muy clara hoy ante la mayoría de la ciudadanía— y todavía está lejos de reconstruir la confianza de los electores.

Puede ser una señal esperanzadora que al menos entre los actuales militantes sí persista ánimo participativo, tal como lo indica el 70 por ciento de afluencia en los comicios internos del 18 de mayo. Por desgracia para el PAN, eso no le será suficiente si en verdad pretende resurgir como fuerza política amenazante contra una eventual restauración de la hegemonía priista en el poder. De hecho, si Acción Nacional fuese una organización en vías de buscar su registro partidista –como lo es en la actualidad MORENA—, no tendría los números equivalentes a 0.26 por ciento del padrón electoral federal de los comicios inmediatos anteriores (2012), lo que sería requisito indispensable a fin de poder ser reconocido como partido político nacional (esto, según el todavía vigente Código Federal de Instituciones y Procedimientos Electorales). Por fortuna para el panismo, su partido no puede perder el registro por el déficit de militancia y solo lo haría si no consiguiera mínimo 3 por ciento de la votación en alguna elección federal ulterior, algo que se vislumbra complicado (por el momento).

Al hacer una radiografía del panismo basada en sus cifras de militancia estado por estado, y sin considerar lo raquítico de su magnitud, es posible observar cómo ese partido podría estar desaprovechando varias oportunidades a fin de salir de su estancamiento. El PAN parece haberse parapetado en un tercio de las entidades del país donde concentra más de la mitad de su militancia (Jalisco, Nuevo León, Yucatán, Querétaro, San Luis Potosí, Chihuahua –estos 6 alguna vez gobernados por panistas—, Sonora, Puebla, Guanajuato, Baja California –hoy bajo mandatarios blanquiazules—, y Sinaloa –ganado por una coalición panista, pero encabezada por un priista).

En este sentido, aunque Acción Nacional ha seguido empujando en mercados electorales donde en el pasado ha obtenido conquistas significativas a nivel municipal, como Veracruz (de los únicos estados donde ganó Josefina Vázquez Mota en la elección presidencial pasada y que se coloca en el segundo lugar nacional en cuanto a miembros registrados con casi 17 mil), Michoacán (donde ganó su primer alcaldía, Quiroga, hace siete décadas) y el Estado de México (territorio en el cual hace no mucho ostentaba el otrora infranqueable “corredor azul” de Naucalpan, Tlalnepantla, Atizapán y otros), hay demarcaciones donde pareciera haberse dado por vencido. El ejemplo más claro –y preocupante—es el Distrito Federal.

Mientras Michoacán, intervenido desde principios de este año por el gobierno federal; Veracruz, caracterizado por la dureza y -por momentos- el autoritarismo de sus gobernadores, y el Estado de México, el núcleo tradicional del poder priista (homenaje a Don Isidro Fabela), son “huesos durísimos de roer”; el Distrito Federal sí ha estado muy al alcance de Acción Nacional. Tras la oportunidad desperdiciada en 1997 cuando se puso en juego por primera ocasión la jefatura de gobierno del D.F., el panismo capitalino se ha caracterizado por dilapidar su capital político por distintas razones (por cierto, hoy apenas aporta poco más de 8 mil afiliados al partido y está en décimo lugar entre las entidades federativas).

Aunque la atropellada campaña de Carlos Castillo Peraza entregó la Ciudad de México al PRD desde aquel año, el PAN no dejó de tener oportunidades posteriores a fin de continuar siendo competitivo en la entidad. No obstante, el desempeño del PAN en el D.F. ha venido en declive en la última década, con lo cual el futuro del partido en 2015 (y más allá) no parece prometedor. Al analizar el historial del PAN en el D.F., resulta evidente el desencanto de los capitalinos con el partido blanquiazul. Si bien pueden existir distintos factores que expliquen esta reducción en términos de votos y popularidad, gran parte se debe a que el PAN capitalino tiene una agenda y un liderazgo demasiado conservador que no conecta (y no se traduce en votos) con el electorado de la capital que por tradición es más vanguardista.

A lo largo de los años, el PAN ha perdido el poder en las delegaciones y en distritos electorales clave. Por ejemplo, en la elección de 2000, ganó 6 de 16 delegaciones (Benito Juárez, Cuajimalpa, Azcapotzalco, Venustiano Carranza, Miguel Hidalgo y Álvaro Obregón). Para 2012, con muchos trabajos pudieron conservar su bastión tradicional –y donde se ha establecido la sede del partido a nivel nacional por décadas—, la delegación Benito Juárez. Asimismo, el relevo del PAN en el resto de las demarcaciones ha solido estar enmarcado por acusaciones de presuntos actos corruptos o abusos de poder por parte de los delegados salientes. Tal fue el caso, por ejemplo, de Álvaro Obregón con Luis Eduardo Zuno (2000-2003) y Miguel Hidalgo con Demetrio Sodi (2009-2012).

Votaciones Jefe Delegacional PAN

La debacle es también evidente cuando se analizan los votos por jefe de gobierno y miembros de la Asamblea Legislativa del Distrito Federal (ALDF). Por ejemplo, al comparar la composición de la Asamblea, se observa cómo de 2000 a 2012, el PRD ha afianzado su papel mayoritario en la legislatura, mientras el PAN ha perdido escaños de manera sistemática, aun cuando en 2000 casi se hallaba en paridad con los perredistas.

ALDF 2000ALDF 2012

Más allá de su debilidad en términos de representantes legislativos locales, la Asamblea ofrece información que explica parte del mal desempeño electoral del PAN. Cuando se analiza cómo votan los asambleístas panistas, estos legisladores representan la bancada más conservadora dentro de la ALDF. Esto resultó evidente en dos de las votaciones más controversiales de los últimos años que son las leyes que despenalizaron el aborto y la aprobación de las sociedades de convivencia y matrimonios entre personas del mismo sexo. A la hora de votar, las bancadas del blanquiazul lo hicieron en bloque y siempre oponiéndose a la aprobación de estas legislaciones.

El problema no es que el PAN esté en contra de estos asuntos, pues no necesariamente debe abandonar su perfil doctrinario, sino que pudiera identificar, aprovechar y tener la capacidad de posicionarse en otros temas más operativos y en situación crítica en la capital tales como seguridad, movilidad y planeación urbana, reforma política de la capital, entre otros. Lo peor del caso es que, cuando ha tratado de hacerlo buscando incluso “candidaturas ciudadanas”, la controversia entre su discurso tradicional y un pragmatismo mal aplicado ha desembocado en fenómenos como el estrepitoso fracaso de Isabel Miranda en su aspiración a la jefatura de gobierno en 2012.

El caso del desmoronamiento de los números electorales del PAN en el D.F. no solo es sintomático de la situación de la capital, sino del manejo del partido en todo el país. Malos arreglos en la designación de candidaturas, escándalos de corrupción no atendidos y, sobre todo, una insuficiente flexibilidad en la adaptación de su programa doctrinario con la acción política. Atender esto último no será sencillo ya que fue precisamente ese factor el que generó los principales conflictos contra la identidad del panismo a su llegada al poder a nivel federal.

Es cierto que el PAN continúa apostando al grado de éxito que aún tiene en estados donde la clase empresarial no está del todo contenta con el desempeño de la actual administración federal, en particular dado el estancamiento económico y la política draconiana encarnada en el paquete fiscal 2014. Sin embargo, el panismo no debiera conformarse con esa “zona de confort”. El perfil progresista de la clase media del Distrito Federal tiende a no ser exclusivo de esta urbe. Las nuevas generaciones en las áreas urbanas del país cada vez menos responden a parámetros considerados “conservadores” y han ido emulando poco a poco al cambio sociológico de la Ciudad de México. Si el PAN continúa renunciando de facto al D.F. priorizando una agenda social conservadora muy respetable, pero con nimias probabilidades de “prender” más allá del ámbito de sus “buenas conciencias”, su debacle capitalina podría rápidamente repetirse a lo largo del país.

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En conclusión, de ninguna manera se sugiere al PAN el abandono de sus principios doctrinarios. Tampoco se le invita a ser un partido progresista al estilo de la manera en que cierto sector de la izquierda se ha posicionado. No obstante, un partido político con aspiraciones a mantenerse competitivo electoralmente y, a la vez, exitoso en términos del avance de sus diferentes agendas, requiere hacer un alto y dar una mirada a cómo ha cambiado el perfil de la sociedad a la cual se dirige. De otro modo, ante la urgencia de conservar posiciones de poder, continuará cayendo en contradicciones, terminará dilapidando su propia doctrina y, al final, no habrá forma de que Acción Nacional recupere la identidad que tanto dice anhelar.

 

* Mariana Meza y Antonio De la Cuesta son investigadores de @CIDAC.

 

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