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Todo el poder
Por Jaime López-Aranda Trewartha
Jaime López-Aranda Trewartha lee, escribe y hace cuentas. Ha sido funcionario federal, think-tan... Jaime López-Aranda Trewartha lee, escribe y hace cuentas. Ha sido funcionario federal, think-tanker y profesor universitario, además de colaborador en diversos medios impresos y electrónicos. Estudió en El Colegio de México, The Fletcher School y Harvard Business School. Atlista contra toda evidencia. (Leer más)
La presidencia trivial
Siendo uno tan consciente de la limitada memoria de La Nación, no es difícil imaginar el estrés que produce imaginarse a uno mismo ante el Juicio de la Historia.
Por Jaime López-Aranda Trewartha
21 de mayo, 2020
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En sentido estricto, ninguna presidencia es trivial. Toda acción—o más comúnmente, inacción—del presidente y sus allegados tiene alguna consecuencia en el corto plazo. Y a quien le afecta directamente, o cuando menos está preocupado por lo que pasa, en general, bien puede parecerle el fin del mundo. Pero si uno piensa en términos históricos, como está de moda estos días en algunos círculos, uno se encuentra que la mayoría de las presidencias terminan siendo, bueno, triviales. A la vuelta de las décadas, ya no se diga los siglos, sólo se recuerdan las grandes gestas, los puntos de quiebre sin marcha atrás, mientras que la miríada de pequeños triunfos y errores que son el pan de todos los días de un Gobierno sólo son de interés para algunos historiadores. Vamos, incluso en el logotipo actual del gobierno federal sólo cupieron cinco líderes, tres de ellos del siglo XIX, todos hombres. Y en la versión alternativa, armada después de justificadas y airadas críticas, sólo hay dos mujeres del siglo XX. Se sabe: todo tiempo pasado fue mejor y mientras más distante más irresistible, pero no hay forma de recordar más que los mejores—y los peores—momentos, lo demás queda fuera.

Siendo uno tan consciente de la limitada memoria de La Nación, no es difícil imaginar el estrés que produce imaginarse a uno mismo ante el Juicio de la Historia. Se trata quizá de una versión peculiar del síndrome del impostor: despertar a la mitad de la noche —o a la mitad de una conferencia de prensa, no juzguen—y sentir que a la vuelta de los años el gobierno de uno será uno de los triviales. O peor, que el gobierno de uno será uno de los, ugh, malos gobiernos. Cierto, uno obtuvo una votación histórica, pero los otros candidatos estaban entre los peores de la historia, incluso si uno considera las candidaturas meramente testimoniales. Cierto, cada palabra que sale de la boca de uno lanza mil columnas y miles, decenas de miles de tuits, cada uno más rabioso y comprometido con un bando u otro que el anterior, pero conforme pasa el tiempo sólo los fans más duros permanecen fieles a la causa y los demás empiezan a encontrar excusas para haber votado por uno y a los opositores -en cambio- no se les acaba la espuma en la boca. Cierto, no hay en realidad ningún liderazgo en el país que se acerque siquiera a hacerle sombra al de uno, ya no se diga a presentar una visión alternativa coherente; pero en las alas hay al menos dos, tres, cuatro líderes, a los que uno arropó, pero que igual se preparan para tomar el lugar de uno en unos años e incluso encuentran conveniente indisciplinarse, aunque sea discretamente, de cuando en cuando.

Y es con este estrés, este temor a cuestas, que uno enfrenta las crisis que definirán su sexenio, las batallas que no escogió ni previó y ahora, injusticia de injusticias, lo nublan todo: un virus importado y una subsecuente crisis económica tan histórica como la votación de uno, o más, en realidad. Y se echa mano de la caja de herramientas y está vacía. No hay una ideología en la que se hayan adoctrinado y empapado millones de personas y que lo endiose a uno, parte porque uno se inclina más bien por la metafísica cristiana y parte porque a lo largo de las últimas décadas, en el país y en el mundo, al abominable neoliberalismo sólo se le han opuesto ideas viejas, autoritarismos de sobra conocidos y nacionalismos económicos que sólo vivían en cubículos polvorientos. No hay tampoco una estructura política, un movimiento coherente que sea en realidad propio. Tiene uno a sus incondicionales, claro está, pero a la hora de reclutar para la última elección no fue posible poner demasiados peros y se… “colaron” -no es el término correcto, pero bastará por ahora- una multitud de liderazgos de vieja escuela, maestros de la supervivencia política personal, ninguno de los cuales es fiel a la ideología de uno porque, como ya se dijo, ésta no existe en realidad. Además, como puede atestiguar cualquier participante en un concurso de belleza, comprometerse con los más altos ideales de la salvación del Pueblo y la Patria no lo compromete en realidad a uno a nada, y menos cuando hay contratos y gubernaturas de por medio, ya no se diga una carrera futura hacia La Silla.

¿Cómo escapar entonces de la inexorable, temible trivialidad que uno teme le endilgará la historia? Se podría, por supuesto, hacerle frente a las crisis que existen, no las que uno quería, y apostar a que, de verdad, caigan “como anillo al dedo”, que la presidencia de uno se convierta en una gesta heroica contra momios imposibles, resolviendo los problemas que le cayeron a uno encima, no los que uno pretendía resolver. Pero eso requiere flexibilidad e imaginación políticas y renunciar a lo que uno rumió y maquinó en incontables plazas de armas y larguísimos viajes de carretera durante más de una década y, a ver, ¿de verdad es necesario? ¿No existen otros datos que le den la razón a uno? ¿Una gráfica que se pueda rediseñar antes de la conferencia de mañana? ¿Qué es eso de que el Índice de Gini lo contradice a uno?

No, mejor declararse en guerra contra un enemigo temible, omnipresente y omnipotente —y mayormente imaginario, claro está, para mayor efecto dramático— que acecha como un lobo. Y opciones para la declaración hay de sobra: “Después de Mí, la Derecha/el Neoliberalismo/el Fin de Todos sus Sueños de Redención Social”, probado históricamente, muy funcional y en línea con la campaña. “El Pueblo soy Yo”, un clásico adaptado y breve, así que dos veces bueno. “¿A quién más le van a encargar el país, ¿eh?”, quizá demasiado crudo, pero al menos honesto, habrá que guardarlo para 2021, aunque no le funcionó a Zedillo en 1997. Sobran además subordinados desechables para que lidien con los detalles técnicos y se tropiecen consigo mismos tratando de interpretar la realidad conforme a la visión del líder. Para eso se les paga. Y son completamente reemplazables, llegado el momento. Todo funcionario sabe que sirve a voluntad del presidente, ¿No? Sobre todo, los que tienen sueños de un futuro político: parafraseando maliciosamente a Bertolt Brecht, esos no son los buenos ni los mejores, esos son los prescindibles. Problema, si acaso, los que ya tienen votos y gobiernos propios y se imaginan que son algo más que el reflejo de la gloria del presidente. Cuidado con ellos.

Quizá uno pueda calmarse a sí mismo mirando por la ventana y descubriendo que no hay turbas con antorchas y horquillas en el horizonte, quizá porque los imaginarios rijosos están demasiado ocupados sobreviviendo, quizá porque no hay nadie (aún) que los aglutine o quizá, sólo quizá, porque no tienen de otra: a ver, ¿a quién más le van a encargar el país? Sean serios. No se cambia de caballo a mitad del río, etc. Encuesta tras encuesta revela que la gente aguanta lo que haga falta. No sean alarmistas. Y en cualquier caso, una asonada sólo contribuiría a hacer más memorable la gesta, ¿se podrá gestionar una? Siempre hay algún imbécil útil que quiera intentarla, aunque sea desde Twitter —en realidad, solamente desde Twitter, son tiempos modernos.

El problema persiste empero, porque uno sabe o debería saber que la Historia tiende a no ser amable con los que decidieron gobernar con poesía mientras sus países ardían, los que se dedicaron a reciclar sus viejos éxitos mientras sus subordinados corrían a apagar el incendio con lo que tuvieran a mano —y veces le terminaban echando más combustible al fuego, nadie es perfecto, no se puede ser una Fuerza de Competencia Profesional todo el tiempo. Quizá los contemporáneos de uno no tengan de otra más que aguantarlo, pero el futuro es amplio y está lleno de posibilidades y horrores. Contra lo que recomiendan los terapeutas, quizá uno debería prestar más atención a las dudas, porque a este paso, el riesgo no será el de tener una presidencia trivial, sino una desastrosa. Pero incluso así no todo estaría perdido: al menos se lograría dejar marca en la Historia, después de todo. Todo menos una Presidencia trivial. Esto pasará, de una forma u otra. Comiencen a escribir la épica desde ahorita: en días, o semanas, o meses, todo será como antes. Ya verán.

@jaimelat

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