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Todo el poder
Por Jaime López-Aranda Trewartha
Jaime López-Aranda Trewartha lee, escribe y hace cuentas. Ha sido funcionario federal, think-tan... Jaime López-Aranda Trewartha lee, escribe y hace cuentas. Ha sido funcionario federal, think-tanker y profesor universitario, además de colaborador en diversos medios impresos y electrónicos. Estudió en El Colegio de México, The Fletcher School y Harvard Business School. Atlista contra toda evidencia. (Leer más)
Mi reino no es de este mundo
Esperábamos, como mínimo, que ante una crisis como la que vivimos nuestros líderes entendieran lo que cambió y se ajustaran a ello, por más difícil que les resultara en lo personal, por más perjudicial que fuera para su proyecto político, para las esperanzas de sus aliados y cortesanos y sucesores-en-espera.
Por Jaime López-Aranda Trewartha
12 de mayo, 2020
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Nadie quiere hablar todo el tiempo de COVID-19, pero no puede evitarse. La pandemia está frente a uno en todo momento: los niños sin escuela, los negocios cerrados, las calles semivacías. Por mera estadística, casi nadie conocerá directamente a una víctima del virus, ya no se diga una persona fallecida —y muchos llegarán a dudar, abierta o secretamente, que el problema sea tan grave como lo pintan. Pero nadie puede escapar a los efectos de la pandemia. No hay forma de hacer ninguna clase de vida normal y el hecho simple es que el virus y sus secuelas permanecerán con nosotros por mucho tiempo y, para muchos, demasiados, serán devastadoras. Este es el mundo en que vivimos y viviremos por el futuro previsible, no es necesario darle muchas vueltas al asunto. Y es perfectamente razonable que encajemos mal todo esto. Uno tiene expectativas, planes y, sí, sueños. Tener que abandonarlos sin que uno haya hecho nada para merecerlo, por lo que parece mero azar, no puede sino caer fatal. Nada de malo en ello. Cada quién tiene derecho a lidiar con la desgracia en su fuero interno como mejor entienda. Faltaba más.

Excepto que, como en todo, hay excepciones a la regla. Hay quienes no pueden darse el lujo de negarse a ver la realidad. O pueden hacerlo, pero las consecuencias para el resto de nosotros son potencialmente funestas. Elegimos a esas personas y les investimos de un poder enorme para que operen en el mundo que existe en este momento, el de la pandemia, no en el que conocían o se imaginaban. Esperábamos, como mínimo, que ante una crisis entendieran lo que cambió y se ajustaran a ello, por más difícil que les resultara en lo personal, por más perjudicial que fuera para su proyecto político, para las esperanzas de sus aliados y cortesanos y sucesores-en-espera. Esperábamos que no se aferraran a sus propios sueños, pues, para que el resto de nosotros sí pudiéramos hacerlo, incluso mientras sentimos que las paredes se nos vienen encima. Tenemos líderes para los momentos de crisis. Nadie necesita que le digan qué hacer cuando todo va bien, cuando el camino es obvio y soleado. Sin crisis, la clase política muchas veces estorba más de lo que ayuda. En momentos de crisis, empero, se vuelve indispensable. Es la naturaleza del Estado: la última línea de defensa frente al caos, la tabla en el naufragio.

Se entiende entonces por qué en tiempos de pandemia estos líderes no podrían sino decepcionarnos, sea mucho o poco, si no en lo inmediato, tiempo después, cuando hagamos cuentas de las oportunidades perdidas, del precio que pagamos por cada vacilación, por cada error táctico o estratégico, por cada, bueno, impulso de amarrarse al mástil para martirizarse —frente a todos, para que nos quede en claro que no importa lo que suframos, el líder sufre más que nosotros. En los buenos tiempos, uno puede concentrarse en lo que le gusta de la agenda de sus líderes y obviar lo demás. En los tiempos malos, en cambio, los defectos y las obsesiones de los líderes, su imperiosa necesidad de proteger lo que creen haber construido y lo que aún tienen pendiente, se vuelven de inmediato una piedra de molino amarrada a nuestros cuellos. Quizá no pueden evitarlo: como el resto de nosotros, no quieren vivir en el nuevo mundo que se nos impuso sino en el otro, el que existía antes del COVID-19, en el que encabezaban una marcha triunfal hacia la posteridad, aunque sólo fuera en sus propias cabezas y en el coro de sus allegados. Pero a diferencia de nosotros, esperábamos más de ellos, necesitábamos más de ellos.

Cristo, en manos de Pilatos, podía darse el lujo de declarar que su reino no era de este mundo y que resultaría más bien inconveniente que alguien interfiriera con su sacrificio y el de sus seguidores. Pero ese era Cristo. Hoy nuestros líderes equivocan entre la promesa de que podremos regresar al mundo prepandemia que ya perdimos y la amenaza de que en el mundo en que vivimos ahora no habrá más salvación que la que ellos pueden proveer. Entretanto, la soga se va apretando y hará mal quien olvide cómo se sintió cuando todo esto termine. Quien no esté decepcionado entonces será porque no estuvo poniendo atención. Necesitábamos un reino de este mundo, el de la pandemia. No lo tuvimos y en cambio nos ofrecieron otro que es pura fantasía. Aunque probablemente sobrevivamos para ver la siguiente crisis, pagaremos el precio por ello.

@jaimelat

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