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Tránsito Lento
Por Eduardo Limón
Eduardo Limón es periodista de cultura. Conduce en Ibero 90.9 fm el programa #Inspiria, todos l... Eduardo Limón es periodista de cultura. Conduce en Ibero 90.9 fm el programa #Inspiria, todos los miércoles. Colabora en TV UNAM dentro de la emisión Perímetro de México. Para Canal 22 ha conducido Triángulo de Letras. Es autor de Historias Verdes, conversaciones sobre la mariguana (2018. Ediciones B, Penguin Random House) y de El camello de las dos jorobas (Conaculta, 2014). En 2011 recibió el Premio Nacional de Locución. (Leer más)
Brindar con García Márquez
Las tres veces que Eduardo Limón conoció a Gabriel García Márquez y su personal homenaje en el próximo tercer aniversario de su muerte.
Por Eduardo Limón
14 de abril, 2017
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A la memoria de los ojos de perro azul, escritos por todas partes.

 

Conocí a Gabriel García Márquez cuando en la preparatoria nuestra maestra de literatura (quien por cierto era nieta de Don Mariano Azuela, el célebre autor de Los de abajo), nos hizo leer La hojarasca, historia sobre la cara de la muerte que me gustó y desconcertó a partes iguales. Muchos años después cayeron en mis manos los doce cuentos que para el autor fueron extraños peregrinos y recuerdo muy bien que cuando por fin leí “Sólo vine a hablar por teléfono”, su final en papel me pareció mucho menos terrible de lo que me había parecido en pantalla, donde poco tiempo antes había visto la adaptación del cuento, que al llegar al cine había cambiado su título simplemente por María de mi corazón (Con Héctor Bonilla en el papel del mago Saturno y María Rojo como la pobre María que accidentalmente cae en un manicomio del que no logrará salir jamás), dejándome para siempre la idea fija de que ese escritor era realmente muy grueso y realmente muy bueno.

Volví a conocer a Gabriel García Márquez cuando, interesado en el periodismo (aunque me titulé como diseñador gráfico) leí Noticia de un secuestro, el conmovedor reportaje novelado sobre los años más duros del narcoterror en Colombia, centrado en el caso del secuestro de diez ciudadanos por parte del cártel de Pablo Escobar. Un trabajo sobre el cual su autor escribió en los agradecimientos que abren la primera edición “para todos los protagonistas y colaboradores va mi gratitud eterna por haber hecho posible que no quedara en el olvido este drama bestial (…), a todos ellos lo dedico, y con ellos a todos los colombianos —inocentes y culpables— con la esperanza de que nunca más nos suceda este libro”.

Por supuesto que en el ínter supe de García Márquez por otras cosas, entre ellas por sus novelas más conocidas, pero todos hemos alguna vez hablado de ellas y entre tanto conocimiento ¿qué podría yo aportar más allá de unos dos o tres lugares comunes?

Conocí por tercera vez a Gabriel García Márquez una noche del verano de 1996 (¿o habrá sido del otoño del 97?). Fue en el Salón México. Trabajaba -aún como diseñador- para la editorial Cal y Arena y me habían encomendado crear la maqueta que hasta el día de hoy sirve para distinguir una colección de libros de esta editorial conocida como “Los Imprescindibles” que quizá ustedes hayan visto.

Para la presentación en sociedad de la colección, Cal y Arena armó una fiesta grande. Todo el mundo estaba ahí. Tras una larga espera en medio del gentío y el calorón, finalmente el escenario montado expresamente se iluminó para llevar a cabo el acto central. Ya para terminar, inesperadamente Rafael Pérez Gay, director de la editorial, omitió mi nombre a la hora de agradecer dentro de su discurso a todos los involucrados en la hechura de Los Imprescindibles. Recuerdo que me decepcioné, recuerdo que me entristecí, pero sobre todo recuerdo que me encabroné. Vinieron las gracias finales, subió la música junto con el aplauso multitudinario y enmedio de los abrazos que yo sentía eran para todos menos para mí, decidí acercarme a la barra donde los meseros ya se apresuraban a deslizar los primeros tragos de los muchos que deben haberse consumido esa noche.

Tratando de dilucidar en mi mente por qué algunas veces los jefes son tan injustos con los empleados, recuerdo ver cómo aparecían los vasos de whisky o ron copeteados de hielo y cómo una multitud de manos se encargaba de desaparecerlos arrebatándolos de la barra tan pronto surgían. Una, dos, tres hileras de cubas y jaiboles se evaporaban ante mis ojos mientras me aproximaba a empujones hasta la barra transformada súbitamente en isla de hidratación. De pronto, cuando me encontraba a centímetros de llegar por la bebida que fuera, un anciano, de esos imprudentes que se suelen meter en las filas desordenadas de las presentaciones de libros, me puso su espalda al frente. Recuerdo su cabello canoso, desordenado, su saco a cuadros negros y blancos y su habilidad para llegar a la barra tan pronto como apareció. Recuerdo el coraje -mi horno no estaba para ni un maldito bollo- y cómo extendí la mano por encima de su hombro para arrancar de la barra, antes que él y por micras de segundo, el siguiente refrescante vaso de ya no me acuerdo qué cosa. Fue la cara de sorpresa de aquel al voltearme a ver la que me reveló la osadía de mi virulenta falta. “Maestro García Márquez, discúlpeme”, me atreví a decir sintiendo que toda la gama de rojos subía por mi cara. Le extendí el vaso que acababa de arrebatarle con la mejor sonrisa que pude dibujar por encima de mi arrepentimiento, y entonces ese hombre, que me había hecho leer a través de los años alguna de la mejor literatura a la que he tenido acceso en la vida, tomó sin dejar de mirarme la siguiente copa que tuvo al alcance de la mano y me dijo risueñamente al tiempo que la levantaba “nada, nada, que la vida es grande, ¡salud!”, antes de perderse entre la multitud que nos apretujaba, camino de alguna mesa en la que seguramente debió estar acompañado por personalidades que sí que lo reconocían.

No volví a ver a Gabriel García Márquez pero creo que ahora que conmemoramos su partida es justo recordar que los grandes lo son en la medida que su humildad nos lo recuerda. García Márquez se fue para todos, pero ahí queda su obra impresa para deleite de quienes han de venir de nuevo a reforestar perpetuamente Macondo con su lectura. Los valles empinados, la cresta de la nube. Casas con paredes de espejo. Que viva García Márquez y el recuerdo para mí de la frase célebre que aportó a mi exclusiva colección:

“Nada, nada, que la vida es grande. Salud”.

 

@elimonpartido

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