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Tránsito Lento
Por Eduardo Limón
Eduardo Limón es periodista de cultura. Conduce en Ibero 90.9 fm el programa #Inspiria, todos l... Eduardo Limón es periodista de cultura. Conduce en Ibero 90.9 fm el programa #Inspiria, todos los miércoles. Colabora en TV UNAM dentro de la emisión Perímetro de México. Para Canal 22 ha conducido Triángulo de Letras. Es autor de Historias Verdes, conversaciones sobre la mariguana (2018. Ediciones B, Penguin Random House) y de El camello de las dos jorobas (Conaculta, 2014). En 2011 recibió el Premio Nacional de Locución. (Leer más)
Cerveza
Según cifras recién dadas a conocer por el INEGI, de marzo a abril de este año el precio promedio de la cerveza se ha incrementado casi en un tres por ciento debido a la escasez.
Por Eduardo Limón
8 de mayo, 2020
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Homero no funcionar cerveza bien sin.

Homero Simpson

 

Después de varios días de encierro y haciendo prudente caso a las medidas de seguridad, salí a caminar un poco. Ya se sabe en estos días que las pandemias primero aburren y a las pocas semanas fastidian así que, para disolver un poco la bruma en que se han convertido estos días de mirar, al lado de las toneladas de home office que hay que hacer, el lento tránsito del sol avanzando de lado a lado por las ventanas del departamento, me dediqué a pasear sin rumbo por la colonia Roma. Caminar por las calles semidesiertas en estos días tan extraños deshidrata algo más que el ánimo así que, luego de unos minutos de vagar recordando lo que era la ciudad antes de todo esto, entré a una de esas misceláneas que son ya nada más el recuerdo de la vieja forma que tuvieron las tienditas de la esquina antes de la irrupción totalitaria de las tiendas de conveniencia. Digamos pues que me topé con una miscelánea común y corriente, de esas que ya no hay pero hubo por cientos desde los años cuarenta del siglo pasado en que se instauraron hasta que la modernidad comenzó a barrer con ellas durante el siglo XXI. Mi subconsciente entró con la idea de comprar un refresco común y corriente, pero al acercarme al refrigerador mi vista no dio crédito: ahí estaba, frente a mis ojos, el alucinante espectáculo de una nevera completamente llena de cerveza. Repito sin exagerar: una nevera, sí, com-ple-ta-men-te lle-na de cer-ve-za.

El asombro provoca reacciones inesperadas y la primera que tuve fue la de voltear a ver al tendero con cara de querer gritarle “¿ya se dio cuenta que en su tienda sí hay cerveza?”, pero imaginé -a juzgar por la cara de extremísima seriedad con la que me miraba el viejecito que atendía tras el mostrador- que esa reacción ya la habría visto muchas veces durante el día, así que mejor me sacudí el asombro y extendí las manos temblorosas hacia la puerta transparente del refri. Qué ritual tan feliz y olvidado en la antigüedad del confinamiento ese de posar la mano izquierda sobre la manija para jalar la puerta, mientras que la mano derecha se encarga de seleccionar la cantidad de latas que uno quiere llevarse a casa.

Desde que una espesa niebla de sinrazón cayó a partes iguales entre las autoridades federales que determinaron que producir cerveza no es una actividad industrial esencial, hasta las locales que en municipios, ciudades y delegaciones concluyeron que lo mejor era lanzarnos a la ley seca casi desde que aquel chino se comió el murciélago hasta que termine la pandemia, muchos momentos de velada desesperación han cruzado la cotidianidad de por sí quebrada de la República, en forma de almas en pena que vagan por las calles en busca de unos cuantos miserables mililitros de ese bien para muchos sí, esencial, que es el juguito de malta. Según cifras recién dadas a conocer por el INEGI, de marzo a abril de este año el precio promedio de la cerveza se ha incrementado casi en un tres por ciento debido a la escasez. Eso significa que en algunos lugares del país el precio de un vil six aparecido milagrosamente en alguna tienda ya no será ni de guaje -como decía mi abuelita- el mismo que pagábamos hace tan solo unas semanas y que este se irá incrementando conforme la carencia se profundice.

Eso por el lado de la escasez, pero por el lado del mercado negro que invariablemente desatan las prohibiciones la cosa es mucho más peliaguda, como pude comprobar al acercarme al mostrador con los dos cartones que mis ambiciosas manos habían tomado del refrigerador: “son $420, güero”. Casi me desmayo, pero el temor a abollar las latas me mantuvo en pie. Como suele suceder con los consumidores presos del circuito infame que crean la penuria y la prohibición no discutí y saqué mi tarjeta. “Solo efectivo”, me dijo con la rudeza de quien no es capaz de consumir ni una sola de sus malditas cervezas el viejecito tendero y entonces tuve que abrir mi cartera y juntar todo el dinero que traía para poderme llevar las que alcanzara. Hubo que dejar atrás un six, que se quedó entibiándose en el mostrador mientras se me figuraba que sacaba sus manitas por entre el cartón para decirme adiós mientras me alejaba, dejando al viejecito especulador (por no decirle especulero) contando mis billetes y mi montaña de moneditas.

Durante el camino de vuelta un auto se orilló hacia donde me encontraba, la salpicadera casi raspando contra el filo de la banqueta, “perdón mai”, me dijo el conductor desde su ventanilla entreabierta, “¿dónde conseguiste esas cervezas?” Le señalé la ruta hacia la tienda, que para ese momento ya quedaba a unas tres cuadras y no me dio tiempo de decirle que pagaría oro por cada lata, pues el hombre se arrancó mientras levantaba su mano derecha para darme las gracias mientras se perdía entre la polvareda.

Llegué a casa ocultando la mercancía con mi sudadera. Guardé los preciados productos como quien oculta un tesoro dentro de su refrigerador y súbitamente victorioso abrí una cerveza mientras me ponía a escribir esta colaboración.

@elimonpartido

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