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Tránsito Lento
Por Eduardo Limón
Eduardo Limón es periodista de cultura. Conduce en Ibero 90.9 fm el programa #Inspiria, todos l... Eduardo Limón es periodista de cultura. Conduce en Ibero 90.9 fm el programa #Inspiria, todos los miércoles. Colabora en TV UNAM dentro de la emisión Perímetro de México. Para Canal 22 ha conducido Triángulo de Letras. Es autor de Historias Verdes, conversaciones sobre la mariguana (2018. Ediciones B, Penguin Random House) y de El camello de las dos jorobas (Conaculta, 2014). En 2011 recibió el Premio Nacional de Locución. (Leer más)
El navío que quería llegar
Pasajeros temerosos, algunos muy inteligentes, defendían la vieja administración del barco. Que ya se van a portar bien decían, que ya no van a robar tanto. Remodelarán el barco y van a ver qué lustrosa la nueva capa de pintura. Van a ver qué bonito este nuevo, viejo barco maltratado.
Por Eduardo Limón
15 de junio, 2018
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Había un navío, vío, cargado de… esperanza.

Juego popular mexicano.

 

Tengo ganas de escribir algo sobre mi voto, dijo aquel, sorbiendo sobre el inicio del día el fin de un desayuno largo. “¿Para qué? ¿a quién le importa tanto?”, dijo el otro, mientras se humeaba con café el ambiente del restaurante que a esa hora se iba vaciando.

Me importa a mí, dijo aquel. Ya ves, dicen que votar como yo quiero implica un cheque en blanco, pausa en el cerebro. Como si al llegar ellos y no cumplir se me fuera olvidar criticarlos. “Entonces escribe lo que piensas. Deberías hacerlo si te preocupa tanto”, dijo el otro y agregó “tengo prisa, pago y te voy dejando”. Aquel se quedó, mirando un remolino en el fondo de su taza. Imaginó entonces la historia de todo lo que pensaba.

***

Tenía rato que no zarpaba. Navío cargado de esperanza que no llegaba a ningún puerto. Detenido por décadas, oxidada la máquina a la que le habían robado tanto. Muchas piezas. Tantos huecos. Hacía mucho que los pasajeros no importaban a la tripulación del barco. Navío cargado de esperanza que nunca llegaba a ningún lado.

Cruzando sobre tierra seca, iba ensangrentado el casco del barco. Buque maltratado que tenía años sin llegar a ningún lado.

Pasajeros temerosos, algunos muy inteligentes -algunos, la verdad, no tanto-, defendían la vieja administración del barco. Que ya se van a portar bien, decían, que ya no van a robar tanto. Confiemos en los mismos, repetían. Repetían. Nos sacarán de este camino. Remodelarán el barco. Van a ver qué lustrosa la nueva capa de pintura. Van a ver qué bonito este nuevo, viejo barco maltratado.

De repente, la nublazón. Cayó pesada lluvia gris y espesa sobre el barco. Que se vaya la vieja administración. Que lleguen nuevos para apoyarlos y si se marean apuntarles y criticarlos: llevamos mucho aquí dentro como para dejarlos manejar sin nuestra opinión este barco. Qué sueño grande vernos dirigir la nave que amamos hacia donde debería haber llegado hace tanto. Y creer que existe el mar para cruzarlo. Llegar a buen puerto y anclar ahí la confianza para que descendamos. Contemplen todos el Navío que finalmente llegó a un buen lado.

De seguir al mando los de siempre, crujía bajo el barco una certeza: terminaríamos todos por hundirnos en la arena. Enfilarse hacia el mar representa un riesgo, pero de ese riesgo a aquella certeza es mejor elegir el riesgo: si se mira bien ¿quién no ha vivido en riesgo la vida entera?

***

Terminó su café, aquel salió a la calle. Había un fulgor extraño esa mañana. Las ropas que vestía se hicieron humo, con el agua y con la tierra.

 

Carriles laterales

  • Terminé de releer una buena parte de la obra de Fernando Savater para equipar con su lucidez la charla que di en el Cenart respecto a la ética y la democracia el fin de semana pasado. En días pletóricos de futbol -por cierto, a ver cómo nos va el domingo-, hace mucho bien recordar que unos locazos como los griegos, sensibles y avanzados, fueron los responsables de aportar al mundo “los dos espectáculos de masas democráticos por excelencia, inimaginables entre egipcios o persas: el deporte y el teatro”. (Política para Amador. 1992. Editorial Planeta).
  • Uno es un fresa que escribe loas sobre la mariguana, pero entonces llega Carlos Velázquez y dedica un libro entero a su viaje con otra sustancia. El Pericazo Sarniento (selfie con cocaína), parte de los recuerdos personales para trazar una narrativa brillante y espesa que no por ser adicta resulta menos entretenida. Le traía ganas a la historia dura, durísima; divertida, divertidísima que, con todo y su drama retrata aquí con honestidad un escritor peso pesado como el autor de La Biblia Vaquera. Lo dicho: uno es un fresita que quiere que legalicen la mariguana y entonces llega otro autor a su vida para hablarle de sustancias mucho, mucho más densas.

(El Pericazo Sarniento. 2017. Ediciones Cal y arena).

 

@elimonpartido

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