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Tránsito Lento
Por Eduardo Limón
Eduardo Limón es periodista de cultura. Conduce en Ibero 90.9 fm el programa #Inspiria, todos l... Eduardo Limón es periodista de cultura. Conduce en Ibero 90.9 fm el programa #Inspiria, todos los miércoles. Colabora en TV UNAM dentro de la emisión Perímetro de México. Para Canal 22 ha conducido Triángulo de Letras. Es autor de Historias Verdes, conversaciones sobre la mariguana (2018. Ediciones B, Penguin Random House) y de El camello de las dos jorobas (Conaculta, 2014). En 2011 recibió el Premio Nacional de Locución. (Leer más)
Escupitajos
Es cierto que alguna que otra vez me ha tocado estar frente a mujeres que me han escupido todo su odio, pero esa variación no entra en el porcentaje que refiero. La saliva expulsada hacia las banquetas -o hacia cualquier sitio público- representa un contaminante no sólo psicológico
Por Eduardo Limón
3 de marzo, 2017
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Ignoro qué simbolismo oculto puede haber en el hecho de toparse, en una misma mañana, con tres tipos que en tres distintos lugares tienen a bien escupir frente a uno. Quizá debería preguntarle a Jodorowsky, pero el hecho concreto es que a inicios de esta semana el azar, o el universo o la casualidad me pusieron precisamente frente a la desagradable experiencia de mirar, en primerísima fila, a tres cuates que decidieron sacudirse el estrés (o las bacterias o los mocos, para decirlo así, sin inhibiciones) arrojando lejos de sí un poco de su ser convertido en desagradable esputo.

Esputo es palabra que nuestra cultura heredó del latín. Para los romanos que vivieron antes de que su ciudad se transformara en imperio, el sentido profundo del término (sputum es el origen del vocablo, quiere decir salivazo) tenía que ver con expulsar los males de todo tipo lo más lejos que fuera posible. Lanzar un esputo -palabra que también tiene que ver con spuere (despreciar)- implicaba, además del hecho de anunciarle a todo mundo que por ahí andaba un romano con broncas tanto de educación como respiratorias, la voluntad del escupidor por expulsar el mal. Cuánto mal habrán traído dentro de sí los tres ciudadanos que dejaron perturbada mi psique toda la mañana del martes, no lo sé (aunque lo intuyo gracias al escándalo que sus respectivos gargajazos produjeron), lo que sí sé es que mirar -evidentemente de manera involuntaria ¿quién en su sano juicio querría mirar eso voluntariamente?- la misma escena tres veces, tres, durante una mañana que en principio había aparecido luminosa me hizo reflexionar todo el día sobre una de las actividades más liberadoras y a la vez más repugnantes que puede ejercer un ser humano: escupir.

En México escupimos muchísimo. Según datos aportados por mi INEGI personal, cuando uno sale a caminar es cien por ciento seguro que a la primera o segunda cuadra se encuentre a alguien a quien le valga gorro preservar el orden social y escupa frente a nuestros ojos mandando al infierno los bonitos pensamientos interiores que veníamos trazando. Citando nuevamente a la misma fuente, diré además que en porcentajes correspondientes a género, los hombres se llevan de calle a las mujeres en el estilizado deporte de la escupida: en más de cuarenta años caminando por todos lados, puedo certificar que el 100 % de los esputeadores son hombres, contra un contundente 0 % de mujeres.

Es cierto que alguna que otra vez me ha tocado estar frente a mujeres que me han escupido todo su odio, pero esa variación no entra en el porcentaje que refiero. La saliva expulsada hacia las banquetas -o hacia cualquier sitio público- representa un contaminante no sólo psicológico: si quien ha escupido trae una gripa temible, muy posiblemente contagie a quienes hayan estado a su alrededor, ya que su virus queda flotando (según datos de la división de infectología de la Universidad Autónoma de Nuevo León) alrededor del charcazo por un sorprendente promedio de 15 a 30 minutos, durante los cuales las condiciones de viento y humedad en el ambiente pueden contribuir a perpetuar las consecuencias del escupitajo mucho más allá del repugnante recuerdo que nos acompañará por el resto del día. Un dato más para documentar el asco: en cada mililitro de saliva viven alrededor de cien millones de bacterias.

Además, hoy sabemos que escupir, por si fuera poco, es malo para la salud. Científicos de la Universidad alemana de Greifswald han comprobado que escupir constantemente descontrola el sistema de defensas dentro de la boca ocasionando caries, parodontitis e incluso males mayores si las bacterias no combatidas por la saliva se filtran al torrente sanguíneo. En fin. No hay por qué escupir a lo güey.

Personalmente, me inclino por conservar mi saliva dentro mío para emplearla en mejores cosas que andarla chisporroteando por las calles, ya que preferiré siempre que se me haga agua la boca frente a la maravilla de un buen platillo y además soy de quienes piensan que no hay saliva mejor invertida que toda la que empleamos en una de esas tardes brillantes de conversación bien avenida. Pero sobre todo, a mí la saliva me gusta para pensarla de la forma que imaginó el poeta salvadoreño Antonio Gamero precisamente en un poema que se llama “Buscando tu saliva”: Todos los amantes vinieron a buscar tu carne; en cambio yo agonizo buscando tu saliva, para inyectar este animal enfermo que traigo aprisionado en mi camisa.

En conclusión, bendita sea esa saliva. Maldita para siempre la otra, esa descuajaringada, salpicona, sucia, infernalmente inolvidable saliva. Putuagh.

 

@elimonpartido

 

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