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Tránsito Lento
Por Eduardo Limón
Eduardo Limón es periodista de cultura. Conduce en Ibero 90.9 fm el programa #Inspiria, todos l... Eduardo Limón es periodista de cultura. Conduce en Ibero 90.9 fm el programa #Inspiria, todos los miércoles. Colabora en TV UNAM dentro de la emisión Perímetro de México. Para Canal 22 ha conducido Triángulo de Letras. Es autor de Historias Verdes, conversaciones sobre la mariguana (2018. Ediciones B, Penguin Random House) y de El camello de las dos jorobas (Conaculta, 2014). En 2011 recibió el Premio Nacional de Locución. (Leer más)
Hacerse famoso
Si una buena parte de lo que sucede en la Tierra no estuviera tan vuelto de cabeza, quizá el día de hoy el asesino de John Lennon estaría resignado a padecer el más absoluto olvido mientras languidece en su celda.
Por Eduardo Limón
21 de julio, 2017
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Mi vida está dedicada a vivir, a sobrevivir, en realidad, día a día“.

John Lennon

 

Unas cuatro o cinco horas antes de asesinarlo descargándole los cinco tiros que cabían en la pistola calibre .38 que traía oculta entre las ropas, el tipo que decidió que lo mejor que podía hacer con su vida era acabar con la de John Lennon logró hablar con el músico y consiguió que el exBeatle le firmara una copia del Double Fantasy. Aún hoy, el asesino recuerda que Lennon se portó en extremo amable con él, a tal grado que incluso después de haberle autografiado el disco y en tanto esperaba la limusina que los trasladaría a él y a Yoko Ono al estudio le preguntó si quería algo más. Todos sabemos que aquel sujeto sí que quería algo más y que lo consiguió esa misma noche, cuando su locura y afán de protagonismo le permitieron cambiar la historia de la música de la forma más salvaje que puede haber.

Después de los tiros, de los cuales acertó cuatro en los pulmones y clavícula de su víctima, y en tanto Lennon aún yacía boca abajo sobre el pasillo de entrada del Dakota luego de murmurar las últimas palabras que Yoko le escuchó en medio de sus gritos y de los del guardia de la entrada (“me disparó”, antes de desvanecerse y comenzar a sangrar copiosamente por la boca, en señal de grave hemorragia interna), el tirador hizo varias cosas, tales como hincarse y colocar la pistola sobre el piso, esperar con una desconcertante actitud de suma tranquilidad la llegada de la policía y, además, arrojar a una jardinera el disco que su autor le había firmado. El LP fue hallado unos minutos después de que todo había pasado por un jardinero que lo cedió a la policía de Nueva York como una de las tantas evidencias que se utilizaron durante el juicio. Tiempo después, el disco le fue devuelto al empleado, acompañado por una nota de agradecimiento por parte del NYPD y no volvió a saberse más de él hasta 1999, año en el que aquel trabajador decidió venderlo a un particular anónimo a través de una casa de subastas.

El disco que un artista de primera división le firmó a su asesino volvió a salir a la venta esta semana, con un precio valuado de entre 1.3 y 1.5 millones de dólares.

Alguien ha pagado ya por él, eso es un hecho, o está a punto de hacerlo. Así ¿qué extraña fascinación puede sentir un ser humano -con mucho varo- por conservar reliquia tan lúgubre? Quizá la misma que llevó a algunos coleccionistas a perseguir por toda Europa la dentadura del Führer (cuya extraña historia está narrada con maestría por Luigi Amara en el libro Disidentes del Universo, de la editorial Sexto Piso), o a algunos otros a agotar los cromos que con imágenes de asesinos seriales se lanzaron al mercado de la contracultura a principios de los años noventa del siglo pasado.

Jann Wenner, fundador de la mítica Rolling Stone, consiguió hacerle una larga entrevista a John Lennon en 1971. La conversación -que es una joya-, apareció publicada posteriormente como un libro que aquí distribuyó Editorial Aguilar bajo el título Lennon recuerda. Al final del texto, Wenner preguntó al músico (que poco después del fin de su mítica banda sólo quería dedicarse a vivir en libertad sus nuevos procesos creativos acompañado de su inseparable pareja) si ya tenía bocetada en su mente alguna imagen de lo que sería John Lennon cuando llegara a cumplir 64 años, a lo que el compositor respondió: “Espero que seamos una bonita pareja de ancianos, vivamos en la costa de Irlanda o algo así, y miremos nuestro álbum de recortes de la locura”.

Ninguna de esas imágenes se volvió realidad.

Hace poco menos de un año, al solicitar por novena vez su libertad condicional, el criminal que acabó con la vida de John Lennon reiteró de manera sintética el móvil que lo llevó a cometer el asesinato: “quería ser famoso”.

En un mundo enloquecido, hay que decir que historias como la del disco que acabo de referirles contribuye a hacer el sueño de ese sujeto realidad. En un siglo, probablemente la gente relacionará indistintamente las palabras “John Lennon” junto con las que forman el apelativo de quien lo mató “para ser famoso”.

Si una buena parte de lo que sucede en la Tierra no estuviera tan vuelto de cabeza, quizá el día de hoy ese homicida estaría resignado a padecer el más absoluto olvido mientras languidece en su celda. Pero no. Así son las cosas.

Debieran ser distintas: el nombre de los asesinos no debería pasar a la historia jamás.

 

 

@elimonpartido

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