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Tránsito Lento
Por Eduardo Limón
Eduardo Limón es periodista de cultura. Conduce en Ibero 90.9 fm el programa #Inspiria, todos l... Eduardo Limón es periodista de cultura. Conduce en Ibero 90.9 fm el programa #Inspiria, todos los miércoles. Colabora en TV UNAM dentro de la emisión Perímetro de México. Para Canal 22 ha conducido Triángulo de Letras. Es autor de Historias Verdes, conversaciones sobre la mariguana (2018. Ediciones B, Penguin Random House) y de El camello de las dos jorobas (Conaculta, 2014). En 2011 recibió el Premio Nacional de Locución. (Leer más)
Lluvia
no importa el año, la administración, el partido gobernante o las condiciones tecnológicas vigentes: siempre que llueve, se inunda.
Por Eduardo Limón
30 de junio, 2017
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Es lluvia, gotas de lluvia, yo siento como lluvia…

Enrique Guzmán.

 

Magdalena, Consulado, Churubusco, Remedios, Piedad. Justo por estos días cruzamos la larga temporada en la que quienes habitamos la Ciudad de México percibimos un ligero vientecillo frío que cual calambre nos recorre de la nuca al cerebelo si a todas estas palabras les anteponemos el muy familiar término de “Río”. El lugar común de la ciudad es mencionar que aquí lo acuífero reclama sus terrenos (paradójicamente) año tras año. Desde que esta ciudad se fundó -y desde que yo me fundé dentro de ella, como cada quien- la historia de la urbe en la que a diario todos nos hacemos bolas ha estado íntimamente ligada a la lluvia, particularmente por un detalle que nos unifica a todos quienes aquí vivimos: no importa el año, la administración, el partido gobernante o las condiciones tecnológicas vigentes: siempre que llueve, se inunda. Y desde siempre nos han dicho que eso ya no iba a suceder. Pero sucede. Una y otra vez.

Chinampa en un lago que cada vez parece estar menos escondido, con cada año que pasa cada vez es mayor el terror interno que cada chilango experimenta cuando alguien musita, con ese aire de profunda inteligencia que, ante la nublazón cerrada con relámpagos sólo provee la inminencia, “ya va llover”.

Desde el empleado común y corriente que prácticamente tuvo que quedarse a dormir en la oficina pues el estacionamiento de su trabajo se inundó por completo, con su coche precioso (equipado con un quemacocos que ese día el conductor olvidó cerrar) dentro, hasta la historia de la CEO de importante empresa trasnacional que terminó nadando de crol sobre Periférico y Reforma mientras su auto se hundía de proa, llevando hacia el fondo del lecho marino todos sus tesoros, la inmensa mayoría de los pobladores de esta ciudad sabemos de multitud de aventuras relacionadas con el eterno enfrentamiento que todo chilango respetable ha debido sostener, alguna vez en la vida, contra la lluvia.

En el muy recomendable “La ciudad que nos inventa” (editorial Cal y Arena, 2015), Héctor de Mauleón dedica el texto “Días de horror” a narrar brevemente lo acontecido a partir de la tarde del 23 de septiembre de 1865, fecha en que se desató una lluvia que no concluyó hasta noventa y seis horas después. Previamente, De Mauleón nos confirma en la misma pieza la vocación de la ciudad por sucumbir ahogada entre las aguas de cualquier tormenta: antes de la épica inundación septembrina, “entre mayo y agosto de ese año, se desataron varios aguaceros excepcionales. Los periodistas hicieron chistes sobre la Venecia mexicana: los charcos volvían las calles intransitables; y el agua iba convirtiendo los patios en estanques”.

¿Les suena?

Vivimos en un lugar que parece destinado a no resolver nunca la mala relación que lleva desde tiempo inmemorial con la lluvia. El día de la noche triste cayó aquí un tormentón. Los primeros caminantes desde Aztlan llegaron a un islote cuya modesta orografía no se distinguía precisamente por su aridez, y es altamente probable que en el cámbrico hasta los peces que cruzaban lo que doscientos cincuenta millones de años después sería La Viga se sacaran de onda con los tormentones.

Si en esta ciudad la referencia a la lluvia tan sólo tratara de unos besos fríos que gota a gota fueron enfriando mi alma, mi cuerpo y mi ser la cosa naturalmente no sería tan terrorífica, pero en el contexto que vivimos, basta que inicie el chipi chipi para que todos corramos como el basilisco aquel del meme que en la parte de abajo sólo dice “la rooooopaaa”.

Seguirá lloviendo. Se seguirá inundando. Al otro día del desastre la administración en funciones (no importa la era en que esto ocurra) saldrá para decir que todo será controlado. Nada se controlará. Los ciudadanos seguiremos arrojando las colillas y nuestras envolturas de gansito en la calle y un día se declarará un chaparrón que hará que el Ángel de la Independencia salga volando de aquí en busca de lugar más seco.

Los habitantes que amamos este remojadísimo lugar sacaremos nuestros instrumentos y nos quedaremos aquí, tocando hasta que no se vea la punta del más alto rascacielos. Será un final bellísimo pero, a la vez, muy, muy aguado.

 

@elimonpartido

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