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Tránsito Lento
Por Eduardo Limón
Periodista especializado en cultura. Ha escrito para Nexos, Rolling Stone y La Revista de la Univ... Periodista especializado en cultura. Ha escrito para Nexos, Rolling Stone y La Revista de la Universidad de México, entre otros medios. Ha conducido el programa \\\"Triángulo de Letras\\\" para Canal 22. Actualmente colabora en Ibero Radio, RMX, Excélsior TV y El Heraldo TV. Recibió el Premio Nacional de Locución en 2011 y en 2014 su cuento \\\"El camello de las dos jorobas\\\" ganó el segundo lugar en el Premio Internacional de Libro Animado Interactivo en Español, convocado por Conaculta. Es autor de \\\"Historias Verdes. Conversaciones sobre la mariguana\\\" (2018. Ediciones B, Penguin Random House). (Leer más)
Media cucharadita
Escrito está que algún día todos habremos de despedirnos de nuestros padres. Debajo de esa profecía inevitable se encuentra un agregado sujeto con un clip: no hay manera de saber cómo se llevará a cabo esa despedida.
Por Eduardo Limón
15 de febrero, 2019
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Los últimos deseos llevan atados sus misterios.

Su madre le pidió hace años: “cuando me muera quiero que un poquito de mis cenizas las vayas a echar a la panadería tal. Sobre todo me gustaría que esparcieras un poco cerca de los mostradores en los que están las donas y los pasteles”.

Hace tan sólo un par de meses, frente a su madre, cansada tanto de haber vivido como de haberlo hecho tan bien, hizo la pregunta: “¿sigues pensando que te gustaría que esparciera tus cenizas en la panadería tal?”. Sonoro asentir de su madre, quien repitió tres veces la palabra sí.

Escrito está que algún día todos habremos de despedirnos de nuestros padres. Debajo de esa profecía inevitable se encuentra un agregado sujeto con un clip: no hay manera de saber cómo se llevará a cabo esa despedida. El punto es que la suya fue sorpresiva, agradecible (su madre murió mientras dormía) y triste como todas las despedidas. Horas después vino el momento de contarle a uno de sus hermanos, el que generosamente se encargó de llevar a cabo todos los trámites en la funeraria, lo que su madre le había pedido a guisa de última voluntad. No olvidará la cara que puso él mientras le decía que necesitaba media cucharadita de su mamá para esparcirla en la panadería tal.

La petición se sostuvo. Al recibir la urna con los restos de su madre, un gesto de gravedad acompañó el rostro del empleado cuando le extendió un pequeño costal de color negro en cuyo interior había, quizá, dos docenas de medias cucharaditas de cenizas, muchas más de las que se necesitan para cumplir una última voluntad. Qué remedio: por más claro que haya sido su hermano, el empleado convencional de cualquier funeraria debe suponer que solo un puño de cenizas no basta para cumplir el deseo de una mamá.

Terminó la ceremonia, ingresaron las cenizas al nicho familiar donde ahora comparten espacio junto a las de su padre y luego salieron en silencio. Volvieron todos juntos, sus hermanos y sus recuerdos, a la casa donde vivieron cuando niños y donde ya siendo él un adulto su madre le dijo un día que al morir quería que esparciera un poco de sus cenizas en la panadería tal.

Tomó camino con el costalito cobijado dentro de su abrigo. Al bajar las escaleras, decidió que iniciaría una especie de ritual psicomágico en el que las cenizas de su madre serían esparcidas, de a poquito, en algunos sitios más: por supuesto, en el quicio de la puerta de casa, de donde tantas veces salió junto con su marido a vivir. Distribuyó también un puñito fuera del restorán que le encantaba y que se encuentra a unas cuadras. También en la tienda de autoservicio donde tantas veces compraron las revistas que le gustaban. A la entrada de cada uno de esos lugares y entre los pasillos, media cucharadita, puñitos de cenizas esparcidas. Cenizas entre las calles que recorrió, bajo los árboles que le gustaban. Por supuesto, más de media cucharadita, puñito y medio, esparcida dentro de la panadería que le pidió, justo, sí, debajo de los muebles que mostraban pasteles y donas. Las cenizas alcanzaron incluso para rociar un poco la enorme tienda departamental que prefería y también la tortería en la que ella conocía al dueño. Cenizas también fueron a dar al jardín enorme de la unidad habitacional en la que vivió junto con los abuelos, recién llegados a la Ciudad de México cuando al lado de los tranvías corrían los años cincuenta. Allí fue él, polveando la ciudad con recuerdos que viajaban cobijados dentro de su abrigo.

– Bueno ¿y porqué quieres que sea justo ahí, en la panadería tal?

– Porque me gusta el pan y porque muchas cosas bonitas me pasaron ahí, antes o después de comprar.

– ¿Así nomás?

– Así nomás.

Fue todo lo que ella le dijo y luego sonrió con tranquilidad. La misma que él sintió al esparcir sus cenizas en el lugar que le pidió.

Anoche salió a fumar. Desde el balcón le pareció que una bruma ligera abrazaba la ciudad.

Los últimos deseos llevan, todos, atados sus misterios.

 

@elimonpartido

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