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Tránsito Lento
Por Eduardo Limón
Eduardo Limón es periodista de cultura. Conduce en Ibero 90.9 fm el programa #Inspiria, todos l... Eduardo Limón es periodista de cultura. Conduce en Ibero 90.9 fm el programa #Inspiria, todos los miércoles. Colabora en TV UNAM dentro de la emisión Perímetro de México. Para Canal 22 ha conducido Triángulo de Letras. Es autor de Historias Verdes, conversaciones sobre la mariguana (2018. Ediciones B, Penguin Random House) y de El camello de las dos jorobas (Conaculta, 2014). En 2011 recibió el Premio Nacional de Locución. (Leer más)
Monsi
La gente que se encuentra aquella tarde en el Vips de Plaza Universidad, se va turnando para levantarse de su mesa y acercarse a la que ocupa el hombre que, sin dejar de sonreír de una forma más bien lacónica, recibe todos los saludos.
Por Eduardo Limón
19 de junio, 2020
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Lo que tienen en común Fidel Velázquez, Isela Vega, Irma Serrano, Salvador Novo y José Revueltas, es el haber compartido en algún momento algunas mañanas del cielo limpio de México.

Carlos Monsiváis

 

Ahí viene Carlos Monsiváis, llegando, como algunos supondrán que deberá suceder cada tarde/noche de las que pueblan este barrio de la Ciudad de México, al Vips de Plaza Universidad. Viene acompañado por un par de personas que parecen en realidad ser personajes, pues se pasean muy ufanos por entre los pasillos que dividen las mesas llenas de gente en espera de que pase algo, algo como que alguien los reconozca en esta tarde noche en que vienen acompañando a Monsiváis.

Yo lo observo con atención deslumbrada, desde la mesa más o menos cercana que comparto con un amigo de aquellos años de la prepa. Mira, es Carlos Monsiváis, me dice él: es un intelectual muy importante que ha escrito muchos libros, salió en una película y dicen que es muy amigo de María Félix y de Verónica Castro. Por alguna razón, mientras observo a través del humo del café directamente hacia la mesa en que se encuentra, me viene a la mente que mi madre ha dicho que lo que hace que le caiga muy bien ese Monsiváis es que es un señor muy inteligente que platica “muy bonito”. Desde donde me encuentro no alcanzo a escuchar si es verdad eso de que Monsiváis platica así de bonito como me había asegurado mi madre, pero lo que sí compruebo es que efectivamente debe tratarse de una celebridad: por encima de sus orondos acompañantes, la gente, la que se encuentra en ese momento de aquella tarde en aquel Vips de aquella Plaza Universidad, se va turnando para levantarse de su mesa y acercarse a la que ocupa el hombre que, sin dejar de sonreír de una forma que a mí me parece más bien lacónica, recibe todos los saludos y felicitaciones que nadie dirige a ninguno de sus orondos acompañantes, esos a los que desde que entraron al Vips junto con Carlos Monsiváis se les notaba mucho en la cara que querían que todos se dieran cuenta que esa tarde venían acompañando a Monsiváis.

¿Qué hace a Carlos Monsiváis ser tan famoso como se ve que es? Que escribe mucho, dice mi compañero de clases, y yo me fijo en ese momento cómo de repente la desbandada de gente saludadora ha hecho una pausa en el desfile hacia aquella mesa y súbitamente dejan conversar al escritor. Silencio todos en el Vips, que ahí en una mesa más o menos del centro está platicando Monsiváis, seguramente de temas muy importantes, a juzgar por el semblante adusto que súbitamente adquirió. Les llevan los platillos que ordenaron. ¿Qué habrá pedido un personaje como Carlos Monsiváis?

No tengo la menor idea ni conservo ningún recuerdo de lo que haya platicado aquella tarde con mi amigo de la prepa, tan solo me acuerdo que pasé mucho tiempo fisgoneando hacia aquella mesa en la que platicaba ese comensal al que, casi al irse (la figura de sus acompañantes, borrada por su celebridad) se le acercó una mesera para que le firmara un mantel. Yo vi a Carlos Monsiváis estampar su rúbrica con el bolígrafo que se usaba para escribir las comandas y después vi cómo al levantarse los meseros le hacían valla, llevándolo hacia la caja donde instantes después pagó su cuenta y la de sus acompañantes, orondos a los que nadie peló. Casi al salir del restaurante recuerdo que lo detuvo el grito amistoso de un hombre que se encontraba más o menos cerca de mí. Se levantó un poco de su mesa para decir fuertemente “¡te respetamos mucho, Monsi!” y después vino una calurosa tanda de aplausos que Monsiváis agradeció levantando un poco la mano derecha mientras se encaminaba, envuelto en cariño y reconocimiento.

Así salió el intelectual aquella tarde ya muy lejana de ese Vips que se encontraba en aquella Plaza Universidad. Hoy el Vips ha cambiado y también ha cambiado mucho ese centro comercial, lo que no ha cambiado en mi mente es el rostro sonriente de aquel hombre, enterando a todo el mundo cuánto respetaba a Carlos Monsiváis, ese al que se refirió con toda familiaridad tan solo como Monsi.

@elimonpartido

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