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Tránsito Lento
Por Eduardo Limón
Eduardo Limón es periodista de cultura. Conduce en Ibero 90.9 fm el programa #Inspiria, todos l... Eduardo Limón es periodista de cultura. Conduce en Ibero 90.9 fm el programa #Inspiria, todos los miércoles. Colabora en TV UNAM dentro de la emisión Perímetro de México. Para Canal 22 ha conducido Triángulo de Letras. Es autor de Historias Verdes, conversaciones sobre la mariguana (2018. Ediciones B, Penguin Random House) y de El camello de las dos jorobas (Conaculta, 2014). En 2011 recibió el Premio Nacional de Locución. (Leer más)
Palabra de animales
Un día va haber una marcha de animales que cruzará por las calles de las ciudades en todo el planeta, con la consigna de mejor ya no llevarse con humanos.
Por Eduardo Limón
28 de julio, 2017
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Hasta hace no mucho tiempo, yo era de esos que sonreían incrédulos cada vez que alguien le platicaba cualquier cosa acerca de la comunicación que sostenía con su mascota. En el fondo, sencillamente, no creía nada de aquello. ¿Cómo un ser humano común y corriente podría establecer algún tipo de lenguaje con un animal? La sola idea de comprender cabalmente los estados de ánimo de un perro, un perico o un cuyo, y actuar en consecuencia a su alegría o desánimo, o clavadez o simples ganas de fregar me parecía improbable. Hasta que empecé a convivir con un gato.

Debo decir que antes de él, las mascotas que rodearon mi vida fueron todas muy distantes y poco divertidas. Miradas en todos los casos a través del vidrio de una pecera, poco hubo en lo submarino o reptiliano que me vinculara de manera efectiva con un animal. Mi existencia convivió primero con un guppy (cuyo nombre, acabo de descubrir, he olvidado en la bruma de los tiempos), que mis hermanos y yo sacamos como premio en una feria, y que debe habérsela pasado muy mal desde el instante mismo en el que el infortunio lo arrancó de su acuario verdoso, pero sabroso, de feria de parque para depositarlo en la bolsita de plástico desde la cual lo vaciamos en un florero de color verde oscuro en cuanto llegamos a casa. Ignorantes todos en mi familia de que un pobre pez necesita oxígeno para poder sobrevivir -dentro de los floreros y dentro de cualquier lado-, dejamos al guppy dando vueltas como una especie de autista del mar y nos fuimos a dormir, luego de atascar la superficie de su infausto e inesperado nuevo hábitat de alimento. Mi mamá nos cuenta que en la madrugada escuchó el chapoteo del agua en el florero y se asomó para ver qué pasaba, sin saber que testificaría el instante mismo en el que nuestro pez, seguramente desesperado por obtener algo de aire, dio varios brincos con toda la energía del que se sabe listo a perderlo todo, hasta que finalmente logró salir, digamos, volando, de la pecera para obtener una sobredosis del oxígeno que tanto ansiaba y morir exangüe sobre los pelitos de la alfombra, que lo abrazaron mientras los espasmos de su cuerpo lo iban alejando de la colonia Portales para acercarlo cada vez más al cielo de los peces.

***

Un par de años después tuvimos una tortuga. Oly, fue bautizada, pues llegó dentro de una caja de galletas el día de San Olegario. No estoy diciendo que la tortuga salió como premio dentro de un empaque de Ritz, sino que en él la transportamos desde el acuario de la tienda Gigante en la que la compramos hasta nuestra casa, donde llegó a instalarse en su flamante tortuguero, equipado con zona de alberca y microplayita de piedritas blancas y ubicado sobre la mesa de centro de la sala. Olegaria fue feliz durante varias semanas, adoraba la carne molida que se le servía diariamente y gustaba mucho de salir del agua por la tarde, justo cuando sobre ella más pegaba el sol, para secarse las patas verdes y estirar largo el cuello, como queriendo mirar fuera de ese mundo ordenado y bello que era su tortuguero. Algo le pasó a Oly, que de repente, de un día para otro, adquirió una infección que reblandeció su concha, le quitó toda la energía y se la llevó prácticamente sin que nos diéramos cuenta. Mi hermano se percató del deceso pues aquella mañana cambió el agua del tortuguero y al regresarla notó que Oly flotaba, y que le valían madre los trozos de carne molida que le acercaba. La enterramos dentro de la caja de unos jabones que mi mamá había comprado en Liverpool, y nos cercioramos de cerrar bien el hoyo que hicimos para ella, cavado bajo un árbol del Parque de los Venados que ya no me acuerdo cuál era.

Tuve Sea Monkeys (en el México de fines de los setenta, las hoy muy conocidas y súper baratas artemias eran vendidas como una especie de vida marina superior que había descubierto en los EEUU un tal Dr. Flamm y que se vendía en las jugueterías de las tiendas, dentro de un empaque con cuatro sobrecitos para que cada quien en su casa los “hiciera”. ¿Alguien se acordará de los Sea Monkeys?). Pero algo no salió bien y sólo nació uno, lo juro, al que pusimos Toño (nuevamente de acuerdo al santo que señoreaba su día de nacimiento en el calendario: San Antonio). Había que golpear un poco en la pecera Sea Monkey de Toño para que él saliera. Era tan pequeñito (realmente tan pequeñito) que el día que nomás ya no salió la verdad ni nos dimos cuenta.

En fin. Pocas mascotas buenas para establecer vínculos como el gato junto al que ahora vivo: mi primer mascota, digamos, “compleja”. Un gato que de acuerdo a su maullido me hace saber explícitamente lo que le aqueja: que si la lluvia, que si dejé cerrada la puerta del baño y no le permito que entre a revolver a gusto su arena. Que tiene hambre. Que hace mucho sol y que no estaría nada mal dejar la ventana abierta. Me habla. De alguna extraña y muy felina manera. Me habla como a mi hermano le habla su perro, se comunica como la iguana que amó una querida amiga escritora. Como el hurón que pasea con correa mi vecina. Como cada animal se comunica con otro animal en la Tierra.

Pero viene la nota del Pitbull y la comunicación se enreda. Que si uno fue involuntario asesino, entonces salen asesinos de otra especie y torturan dos pitbull para que los otros aprendan. Que ya salió un grupo de gente a repetir eso de que en realidad son los animales quienes piensan.

Un día va haber una marcha de animales que cruzará por las calles de las ciudades en todo el planeta. Que mejor ya no llevarse con humanos, será la consigna que repitan todos como indignada cantaleta. Que todo enredamos, que ajustamos siempre la realidad, aunque la realidad ya está hecha: que el mundo de las personas que piensan es difícil de entender cuando a cada conflicto que armamos le metemos tanta conciencia.

 

@elimonpartido

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