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Tránsito Lento
Por Eduardo Limón
Eduardo Limón es periodista de cultura y escritor. Actualmente colabora en TV UNAM y conduce en ... Eduardo Limón es periodista de cultura y escritor. Actualmente colabora en TV UNAM y conduce en Ibero Radio (90.9fm) el programa Inspiria. Para Canal 22 ha conducido Triángulo de Letras. Es autor del libro de entrevistas Historias Verdes, conversaciones sobre la mariguana y del relato El camello de las dos jorobas. Su cuento Mesero es ganador del Premio Iberoamericano de Novela y Cuento Ventosa y Arrufat y Fundación Elena Poniatowska 2022. (Leer más)
Trump, la imbecilidad y la censura
Ante el hueco legislativo que no limita sus facultades, las redes sociales comienzan a implementar un control del que nadie, así sea Trump, debiera verse preso.
Por Eduardo Limón
8 de enero, 2021
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“Sé cómo se sienten, pero vayan a casa y vayan a casa en paz”.

   Donald Trump

 

Para Aaron James, Doctor en filosofía por Harvard y profesor titular de la misma materia en la Universidad de Irvine, en California, debió ser algo desconcertante el comentar con su suegro, a fines de 2015, que planeaba escribir un libro crítico contra Donald Trump y descubrir en ese momento que su suegro era trumpista, un estadounidense promedio que, movido por la retórica del republicano, deslizó a James que quizá el millonario no estaba tan equivocado —o equivocado del todo— y que muy posiblemente sí que podía tener un proyecto viable para “transformar” a los Estados Unidos. El libro de referencia fue publicado durante 2016 por Malpaso, se convirtió en un discreto, pero consistente éxito de ventas y lleva por título “Trump: ensayo sobre la imbecilidad”.

“El imbécil está firmemente convencido de que tiene derechos especiales por sobre los otros y le es muy difícil cambiar o ver las cosas de otro modo. Además, el sentirse con derecho a privilegios, cualesquiera que estos sean, lo inmuniza ante las quejas de otras personas”, ha mencionado el autor. Entremetido con la raíz profunda que motiva a Trump a comportarse tal y como lo ha hecho durante todos estos años (es decir, como un imbécil, en el más estricto sentido del término), James ya se había ocupado, antes de que todos los hechos le dieran la razón, de tirar luz sobre uno de los más desconcertantes aspectos del fenómeno que hoy, en las postrimerías de su periodo al frente de los Estados Unidos, representa Donald Trump y toda su administración: el que un auténtico incapaz haya llegado a ocupar el más alto cargo que concede la democracia a la que el actual Presidente en funciones ha socavado gravemente. “En mi opinión —señala el autor— no existe un Trump real. Lo que sugiero es una modesta teoría sobre su persona: es un hombre espectáculo, un maestro del menosprecio, un payaso bobo sin ninguna consideración cívica; sexista, racista, xenófobo, aquejado de ignorancia selectiva, autoritario, demagogo, una amenaza para la República y un imbécil…”. Indiscutiblemente los hechos, todos, han terminado por dar entera razón al filósofo, sin embargo, más allá de la articulación de la(s) idea(s) que vierte en su libro y de lo muy entretenido que este puede llegar a ser (si no se es trumpista, el ensayo se convierte en la mar de divertido), un aspecto de la grave coyuntura reciente, esa que llevó a un tipo con cuernos a entrar en la sede del Congreso estadounidense y a otro más a llevarse el atril de la presidenta de la Cámara (además de los muertos, la terrible cifra de muertos) llama poderosamente la atención, digamos, en “segundo plano”: la censura que las redes sociales más influyentes han ejercido sobre Trump. Empresas colocadas por encima del interés democrático, corporativos que determinan lo que bajo su pura y comercial percepción representa el bien y el mal… ni Orwell o Huxley podrían haber descrito mejor la forma no ficticia en la que poderosas mega marcas están ejerciendo ya influencia censora sobre contenidos que consideran inapropiados. Ante el hueco legislativo que no limita sus facultades, las redes sociales comienzan a implementar un control del que nadie, así sea Trump (un hombre imbécil con todas las de la ley, según el libro de referencia) debiera verse preso.

Mejor que la censura hubiera sido el permitir que desde la libertad de su propia y delirante expresión Trump cavara su tumba política, dejándole dar rienda suelta a su verborrea destructiva; después de todo, más allá del criterio de Mark Zuckerberg o de los directores de Twitter, a eso precisamente se ha dedicado el Presidente de los Estados Unidos desde el primer día de su mandato.

@elimonpartido

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