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Tránsito Lento
Por Eduardo Limón
Eduardo Limón es periodista de cultura. Conduce en Ibero 90.9 fm el programa #Inspiria, todos l... Eduardo Limón es periodista de cultura. Conduce en Ibero 90.9 fm el programa #Inspiria, todos los miércoles. Colabora en TV UNAM dentro de la emisión Perímetro de México. Para Canal 22 ha conducido Triángulo de Letras. Es autor de Historias Verdes, conversaciones sobre la mariguana (2018. Ediciones B, Penguin Random House) y de El camello de las dos jorobas (Conaculta, 2014). En 2011 recibió el Premio Nacional de Locución. (Leer más)
Un minuto para el Tango
Tango se fue anoche y el hueco que deja en la vida de su amo es inabarcable.
Por Eduardo Limón
20 de diciembre, 2019
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El perro es un caballero. Espero llegar a su paraíso y no al del hombre.

Mark Twain

 

Tener una mascota es tener el mundo. Un mundo en el cual las convenciones humanas se disuelven en favor de una simple caricia que se intercambia por amistad incondicional. Cuando el filósofo español Jan Martí perdió a su perrita Blackie, el también editor se despidió de su mejor amiga ideando un homenaje para preservar su memoria: fundó la editorial Blackie Books, famosa hasta la fecha por sus célebres guardas siempre dedicadas a su entrañable compañera (por poner un ejemplo, en la guarda de “Duérmete ya”, volumen dedicado al estudio de la narcolepsia, se lee: “La perrita Blackie, para vencer el insomnio, se cantaba una nana a sí misma. Era autosuficiente hasta en eso”). Movido por el cariño que siente hacia ellos, el año pasado Arturo Pérez-Reverte eligió nada menos que a tres canes para protagonizar la historia de “Los perros duros no bailan” (polémico thriller, por cierto). Will Rogers, el famoso comediante estadounidense de principios del siglo XX, aportó una frase puntual para enmarcar el afecto que millones de seres humanos tributan a sus compañeros de vida: “si no hay perros en el cielo, cuando muera quiero ir a donde van ellos”.

Cuando en 2004 mi hermano seleccionó, de entre una camada variopinta, al que habría de convertirse en su más fiel compañero durante los siguientes quince años, intuyó que para distinguirlo de entre todos los perros de la Tierra habría que conservarle desde el nombre la impronta familiar con que ya lo habían signado en su manada de origen. Si la prima que le ofrecía el cachorro había bautizado a los dos hiperactivos perritos que ya tenían dueño con los rítmicos motes “mambo” y “jazz”, mi hermano señaló a su nuevo gran amigo con el nombre de “Tango”, quizá para remarcar su aire melancólico o quizá para subrayar lo que sobre el género dijo alguna vez Borges: “el tango tiene un origen infame, que se nota” y es que, en todo caso, el origen infame de Tango, que remarcó desde las primeras horas en que se encontró ya instalado con su segunda manada (de la que ya no se desprendería en adelante) y que nunca nadie en mi familia se pudo explicar –empezando por mi hermano- tenía que ver con el misterio tras el hecho de cómo aquel perro se las arreglaba para comer prácticamente todo. Todo. A lo largo de su alegre vida, Tango consumió, además de la comida señalada para un mamífero de sus capacidades (se trataba de un Beagle), cualquier clase de materiales de toda clase de consistencias y temperaturas. Comió carne, por supuesto, croquetas, naturalmente, pero además, degustó con desconcertante voracidad yeso, madera, bolsas para la basura, papel aluminio. Empleando el hocico como su más poderosa herramienta de conexión con el mundo, Tango acabó con el primer departamento en el que mi hermano y su esposa vivieron: inició lamiendo las paredes y terminó por desprender, a fuerza de obsesivas mordeduras, todas las tablas de madera del piso y por adelgazar las patas de todos los muebles que hasta ese momento aquel joven matrimonio había logrado financiar. Alguna vez, yo mismo salí de casa de mi hermano sin los bolsillos traseros de mis pantalones y sin el forro de la chamarra que Tango me arrancó con felicísima energía, para digerirla con la alegre satisfacción de quien desde su nacimiento sabía que lo suyo, lo suyo, era el amor pero no las dietas.

Nunca sabré de qué tantas cosas se enteró Tango cuando mi hermano le contaba sus problemas ni me está dado enterarme de todas las dichas que deben haber disfrutado juntos, aunque por supuesto conozco algunas. Solo sé que Tango se fue anoche y que el hueco que deja en la vida de su amo (como el hueco que deja en la vida de todos los amos del mundo el saber que su perro ha muerto), es inabarcable. Lo será siempre, aunque llegue un nuevo perro, con una nueva historia, a escribir una nueva amistad.

Sé que mi hermano Emiliano está triste y mucho lo lamento. Para consolarlo, voy a decirle que mirando hacia el cielo hace rato vi al Tango cruzando el azul mientras perseguía una nube, seguramente para robarle un mordisco, y también le diré que los trechos que le faltan a la noche en que lo extraña no están porque seguramente ya Tango se los comió.

Voy a decirle que esa sombra que cruza meneando el rabo hacia el universo es su magnífico perro, el Tango, que ya se aproxima a la luz para robarle un cacho al sol.

@elimonpartido

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