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Treinta y siete grados
Por Geraldina González de la Vega
Columnista de Gurú Político. Consultora jurídica Ombudsgay. Constitucionalista y ensayista. Se... Columnista de Gurú Político. Consultora jurídica Ombudsgay. Constitucionalista y ensayista. Se ha dedicado principalmente a temas relacionados con derechos fundamentales y teoría de la constitución. Ha sido profesora en el Instituto Nacional de Ciencias Penales, en laUniversidad Anáhuac del Sur, Universidad Autónoma del Estado de México y en la Universidad Autónoma Benito Juárez. Actualmente realiza estudios de posgrado en Alemania. Twitter: @geraldinasplace. Mail: [email protected] Blog: http://gerasplace-reloaded.blogspot.com (Leer más)
Corridas de Toros en San Luis, algunas reflexiones
¿Es legítimo torturar y/o matar animales? Si la respuesta es positiva, ¿en qué casos? ¿Bajo qué circunstancias? ¿Se debe sancionar a quien lo haga fuera de estas excepciones? ¿Cómo? Creo que esta es una conversación que debemos tener como sociedad, pues no solamente están las prácticas colectivas de tortura y muerte como lo es una corrida de toros o una pelea de gallos, sino también torturadores y asesinos aislados de animales que actúan por placer, porque creen gozar de un derecho a divertirse con el sufrimiento de otro ser vivo.
Por Geraldina González de la Vega
6 de diciembre, 2013
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El día de ayer el Congreso de San Luis Potosí votó en contra de un dictamen de la Comisión de Medio Ambiente que pretendía prohibir las corridas de toros en esa entidad. 16 diputados votaron en contra (8 a favor y 3 abstenciones) del dictamen que aprobaba la reforma a la Ley Estatal de Protección a los Animales que establecía que

“queda prohibida la celebración y realización de espectáculos públicos en los cuales se maltrate, torture y/o prive de la vida a toros, novillos y becerros. […] se sancionará con el equivalente de 800 días de salario mínimo general vigente en el estado, a quien celebre y/o realicen espectáculos públicos en los cuales se maltrate, torture y/o prive de la vida a toros, novillos y becerros”.

La discusión sobre si se debe prohibir este tipo de ¿espectáculos? es una que despierta muchas pasiones. Por un lado, quienes en nombre de la tradición, de la cultura y del derecho a divertirse defienden la tauromaquia, y quienes, por el otro, en nombre de la vida animal, el respeto a otros seres vivos y del medio ambiente, intentan prohibirla.

Quienes defienden “la fiesta” apelan al liberalismo y al principio de daño, es decir, “si no te gustan los toros, no vayas, no dañamos a nadie” (nótese el nadie, referido a personas).

Antes de analizar [“quick and dirty”] estos argumentos, haré una confesión: durante unos años fui asidua de las corridas de toros, iba algunos domingos a la Plaza México y defendí algunas veces la cuestión apelando a la tradición y la cultura. Sin embargo, mi punto de vista ha evolucionado (utilizo este verbo intencionalmente) y aquí expondré mi razonamiento.

PicassoToros

En Madrid llevé a mi ahora esposo a una corrida, muy mala por cierto. Le fui explicando cada parte, y aunque soy muy villamelona, creo que pude transmitirle el concepto. Él, alemán, no entendía muy bien la dinámica. Hace falta crecer en nuestra cultura para comprender de qué va una corrida, porque aunque no nos guste, no se pregunta por el ganador o la forma de contar aciertos, se comprende que es más una forma de arte que un deporte, que se parece más a una ópera que a un juego de esgrima, que para gritar ¡olé! no hay criterios objetivos, se siente y punto. A sentir el honor con el que los toreros y sus cuadrillas hacen el paseillo, el momento cuando se dedica el toro, o cuando suena la música, cuando se anuncia el próximo toro y se le escucha bufar, el sonido de su asta chocando contra las tablas, en fin. Las luces, las flores, el polvo, los gritos en “sol”, el olor a puro y vino, las botas y las chamarras de piel, mirar a ver quién está en barrera, cuando la plaza se llena de pañuelos blancos, vaya, sí, es un espectáculo sin igual.

¿Quién no conoce los dibujos taurinos de Picasso o el libro de Hemingway? Es fácil comprender por qué la tradición taurina inspira a artistas, después de todo es un mundo de colores y de sentimientos.

No niego nada de ello.

Sin embargo, seguramente piensan lo mismo los daneses que celebran la llegada a la mayoría de edad de sus jóvenes con la matanza de cientos de delfines que llegan a sus costas. Deben pensar que se trata de una bella tradición, una que posiblemente ha inspirado a varios. “Los jóvenes volviéndose hombres, todo teñido de rojo, el ruido de la muerte, la bravura del mar”. No sé. Me imagino.

También es posible que haya quien defienda la tortura inimaginable que sufren los osos en China que son enajulados con un agujero en el abdomen por cerca de 25 años para la obtención de su bilis, pues ésta “es un remedio indispensable” para la salud de muchos.

O quizá no llegue a la inspiración artística, pero sí se defienda como parte de una tradición la matanza de focas bebé en Canadá o la caza de ballenas japonesa o el despellejamiento de animales para su uso en abrigos para lucir con temperaturas de 0° en 5th Ave.

Por supuesto, se alega, de forma seria, que la cacería de animales (en peligro de extinción) es un deporte y algunos (¡hasta reyes!) felices posan en fotografías con sus presas o colocan sus cabezas en la sala de su casa, inclusive apagan sus cigarros en las manos de sus trofeos. Seguramente habrá quien defienda como una hermosa tradición a los circos con animales, donde es sabido que la “educación” de los animales para la realización de suertes que “divierten a chicos y grandes” se basa en su tortura y explotación.

En fin.

Todo el romanticismo que se alega sobre la “fiesta brava” se desmorona.

Cuando suena el segundo tercio y comienza la tortura ante el público (el toro viene de ser torturado mucho tiempo atrás, “preparado” pues, para la corrida), las banderillas, los picadores, después, el tercer tercio; el torero se luce, unos pases, unas suertes y viene la hora de matar. Si el torero es hábil, logrará hacerlo de un solo golpe, el estoque entra completo, cercena la aorta y ahoga rápidamente al toro con su propia sangre. “No sufre”, se dice. Se aplaude, entra la carreta, amarra al animal; mientras, si el torero lo hizo bien, se le cortan orejas y rabo; y sale el animal abatido, sangrante y arrastrado como costal por la puerta de atrás. Si el toro dio buena faena, se le “honrará” con una vuelta al ruedo, en la que el público podrá regalarle un aplauso.

Toro muerto

Pero, si el torero es malo o tiene “una mala tarde”, la muerte del toro se convertirá en una agonía que podría durar varios terribles minutos en que el toro sangra y se ahoga, muje e intenta jalar aire, el torero intenta salvar su “cara” pinchándole en la nuca varias veces para dar el “puntillazo” y lograr que acabe la verguenza (de no haberle podido matar de una estocada).

Los argumentos (que conllevan varias falacias) para defender esta barbarie son la tradición y la cultura, así como el derecho al esparcimiento (para el aficionado) y el derecho a ejercer un oficio (para el torero y todos los demás involucrados). Frente a éstos, se alegan, sustentados en una razón pública, valores como la vida, el respeto a los animales, el respeto al medio ambiente, la no violencia. Inclusive hay quienes desde el llamado movimiento de liberación animal, defienden la postura de que éstos tienen un estatus moral (Singer) o quienes defienden los derechos animales. No entraré en este debate pues no se trata de esto este texto. (acá algo sobre ello)

Partiré del concepto de ciudadano razonable (reasonable citizen), es decir, uno que a pesar de sostener visiones particulares sobre lo religioso, lo ideológico y lo moral, comparte una cultura política pública. La cultura política pública que se comparte se sostiene en el conjunto de valores, principios y de instituciones comunes, es decir, los valores, principios e instituciones que se sustentan en la constitución democrática (no desde un punto de vista textual).

No aludiré a los argumentos que comparan las corridas de toros con otras cuestiones controvertidas como la interrupción del embarazo, el uso de la marihuana o la libertad religiosa porque se tratan de falsas analogías. Nada tienen que ver, pues se sustentan, cada uno, en distintas premisas.

Las cuestiones a ponderar entonces son el esparcimiento o la práctica de un oficio cuya finalidad es la tortura y la muerte de un toro apoyados en una tradición bastante arraigada en culturas latinas frente a valores fundamentales o compartidos por una comunidad (la vida de un animal superior y el valor moral de no hacerles sufrir).

Un cuestionario:

¿Estarías de acuerdo con que tres personas golpearan, alternándose, a un borrego con una macana repetidas veces y, una vez que esté abatido en el suelo, le cortaran la cabeza con un machete?

Parto del hecho de que ningún ciudadano razonable respondería que sí.

Ahora, ¿estarías de acuerdo que se realizara este acto todos los sábados si se trata de una tradición que una comunidad ha realizado desde el siglo V?

¿Cuál sería tu respuesta, querido lector?

La apelación a la tradición y la cultura es un argumento de autoridad, a mi juicio, inválido. Envolver en el oropel de la tradición a una práctica no cambia su moralidad. La repetición y el arraigo no modifica el estatus moral de las cosas. El hecho de que la tauromaquia exista desde “que existe el hombre”, no le avala moralmente.

Bajo una razón pública, hoy, torturar y matar a un animal por el gusto de hacerlo o verlo contradice valores que consideramos fundamentales. ¿Por qué la regla habría de hacer una excepción frente a una práctica simplemente por el número de años en que lleva realizándose? ¿O por el arraigo que tiene en una comunidad?

Estoy consciente que tradición no es igual a antiguedad y que se puede argumentar que existe un desarrollo cultural basado en la tauromaquia. Sin embargo, hay muchas otras prácticas basadas en la tradición que por ser moralmente malas han sido erradicadas. Muchas de ellas están relacionadas con violaciones a los derechos humanos y este es uno de los argumentos que esgrimen los aficionados: las corridas de toros no violan derechos humanos, no se daña a “nadie”, como sí se dañaba con tradiciones como la esclavitud o la venta de hijas. Sin embargo, el principio de daño no opera solamente con lo que hoy llamamos derechos humanos, los que por cierto, son presupuestos morales. Opera también con el daño a valores fundamentales, pues de otra forma no podría nunca hablarse de un límite a una libertad para proteger la seguridad nacional o la democracia, ya que estos valores no representan derechos subjetivos adscribibles a uno o más sujetos concretos, pero sí valores compartidos por una sociedad.

Me pregunto si existe el derecho a divertirse torturando y matando a un ser vivo. El fin de la corrida es la diversión. El espectáculo. El triunfo, el aplauso, la oreja o el rabo (y el dinero, claro). No más. La totura y la muerte del toro es un fin en sí mismo, no un medio para alcanzar un fin, como lo sería la alimentación, el vestido o la investigación farmaceútica o cosmética (no necesariamente estoy avalando las prácticas).

El argumento aquí puede elaborarse de manera muy profunda: ¿es legítimo torturar y/o matar animales? Si la respuesta es positiva, ¿en qué casos? ¿Bajo qué circunstancias? ¿Se debe sancionar a quien lo haga fuera de estas excepciones? ¿Cómo? Creo que esta es una conversación que debemos tener como sociedad, pues no solamente están las prácticas colectivas de tortura y muerte como lo es una corrida de toros o una pelea de gallos, sino también torturadores y asesinos aislados de animales que actúan por placer, porque creen gozar de un derecho a divertirse con el sufrimiento de otro ser vivo.

Nuestro orden normativo se fundamenta en el respeto a la vida, el derecho al medio ambiente y considera también el respecto a la vida animal, existen en México leyes en diversos niveles de gobierno que protegen la vida animal y que parten del valor que como ciudadanos razonables otorgamos a éstos.

Es difícil encontrar argumentos para sostener racionalmente un derecho del torero o un derecho del aficionado a las corridas de toros. Porque ese “derecho”, despojado de su pedigree de “tradición”, queda como el “derecho a la tortura y muerte de toros de lidia”. Su carácter excepcional se lo da la tradición en que se arropa. Las tradiciones se alteran con el paso del tiempo, algunas se ajustan, otras desaparecen. Creo que la tauromaquia, al menos en su vertiente violenta, está condenada a desaparecer.

 

@geraldinasplace

 

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