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Una vida examinada: reflexiones bioéticas
Por PUB UNAM
El Programa Universitario de Bioética (UNAM) desarrolla investigaciones interdisciplinarias, doc... El Programa Universitario de Bioética (UNAM) desarrolla investigaciones interdisciplinarias, docencia y difusión que promuevan la reflexión y el debate social, que sea a la vez científico y filosófico, laico y plural, sobre dilemas propios de la bioética. Este blog presentará temas de actualidad, analizados desde una perspectiva bioética, con el objeto de contribuir a la construcción de una cultura de responsabilidad que promueva el respeto de los derechos humanos, de la diversidad cultural, del medio ambiente y las especies con las que compartimos el planeta. (Leer más)
¿Y ahora quién se queda con el perro?
Si en vez de propietarios fuéramos tutores de los animales, nuestras obligaciones jurídicas para con ellos serían distintas.
Por PUB UNAM
28 de junio, 2017
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Por: Laura Erika González Pizaña y Samuel León Martínez

En las últimas décadas las sociedades occidentales han ampliado sus horizontes morales sobre nuestra relación con los animales no humanos, silvestres y en particular domésticos, siendo motivo de indignación moral los tratos crueles que van desde el hacinamiento, abandono, mal nutrición, mutilación, tortura y muerte.

Por ello distintas ONG, partidos políticos, la academia, autoridades gubernamentales y personas comprometidas han pugnado porque se reconozcan lo que se ha denominado derechos de los animales. Es necesario aclarar que hay una diversidad de corrientes respecto al tema, lo que nos permite aseverar que no hay aún un consenso unánime sobre los fines, estrategias y terminología en torno al fenómeno de la explotación animal. Pero en lo que coinciden es en señalar que al igual que los esclavos, las mujeres, la infancia, los pueblos colonizados, los anormales y los ecosistemas de nuestro planeta, los animales han sido sometidos a una relación de subordinación, mediante discursos de clasificación binaria (racional/irracional, fuerte/débil, alma/carne, sujetos/objetos) y jerarquizantes; donde a los seres que escapaban a la norma se les concebía como aquello que no puede pensar por sí mismo, débil, sin alma además de haber sido vistos como objetos.

La transformación de las morales en nuestras sociedades occidentales han propiciado que no solamente se observe el sufrimiento humano, sino que se vislumbren las distintas formas en que la autonomía, desarrollo e integridad de un ser se ven frustradas en la especie propia y ajena. Hay una exigencia moral y a veces jurídica de proteger a toda vida que se deteriora por el quehacer humano.

Las pugnas son múltiples, en el ámbito jurídico se centran en al menos dos vertientes: los que reclaman se contemplen a los animales como sujetos de derechos y así puedan tener una participación jurídica en términos de igualdad con los seres humanos, y por el otro lado los que buscan un robustecimiento de las sanciones por conductas contrarias al bienestar de los animales sin cambiar su estatus jurídico.

Nuestra tradición jurídica romano-germánica regula a los animales como bienes objetos de apropiación, como en algún momento también de esta manera a las mujeres se les consideró objetos bajo el poder (manus) y dominación total del paterfamilias. Otro poco podríamos decir de los esclavos que después de una vida de favores podrían ser manumitidos y encontrar un estatus libertatis, pero con ello no se adquiría el estatus de ciudadano ni el de cabeza de familia.

Con la descendencia del paterfamilias se ejercía la patria potestas, y aunque siendo pubere y hubiesen contraído nupcias, el paterfamilias seguía tomando decisiones importantes sobre su vida, como en sus bienes y trabajo. Y en general respecto de los animales se contemplaban la forma de transmitir y adquirir la propiedad, el régimen de responsabilidad por la conducta de los animales cuando dañaban la propiedad de otro paterfamilias.

Desde tiempos inmemorables con las sociedades agrícolas, la ley ha considerado a los animales en el estatus de cosas. En nuestro actual contexto vale la pena preguntarnos: ¿es necesario seguir considerando a los animales como bienes ante el derecho? ¿Podemos pensar un estatus jurídico distinto al de personas y al de cosas? ¿Debemos seguir llamándolos bienes muebles o debemos reconocer que son seres dotados de sensibilidad e inteligencia? ¿Pueden estas características que poseen los animales limitar el ejercicio de nuestros derechos tales como la libertad religiosa, libertad de empresa, libertad científica, libertad artística, entre otras?

El derecho civil por excelencia considera a los animales no humanos como bienes. De éste se ha delimitado el derecho familiar que guarda estrecha relación con los bienes que pueden formar parte del patrimonio familiar; es así como en particular animales domésticos forman parte de dicho patrimonio. Dentro de cada una de las instituciones que conforman la familia, el matrimonio es reconocido como parte fundamental de la sociedad y su disolución puede ser motivo de distanciamiento y conflicto para los integrantes de la familia, incluidos los animales.

Por otra parte, un tema relevante que aqueja a la sociedad es el aumento de la disolución del vínculo matrimonial. Tal como lo refiere el INEGI, al 2013 se registraron 108,727 divorcios. Para 2016 la cifra ascendió a 123,883, de los cuales únicamente 13,018 fueron de común acuerdo y el resto fueron tramitados por la vía contenciosa. Esto quiere decir que no hubo un común acuerdo, haya sido sobre los bienes, la guardia y custodia de menores o sobre el régimen de visitas.

Al realizar los trámites de divorcio en cualquiera de las vías (contenciosa o no contenciosa) se solicita de conformidad con el artículo 267 del Código Civil para el Distrito Federal, hoy Ciudad de México, se adjunte propuesta de convenio que debe incluir la forma en que se repartirán los bienes, derechos, obligaciones y cargas para cada uno de los divorciantes.

Como ya hemos señalado anteriormente, los animales no humanos forman parte del patrimonio de las personas, así que al separarse una sociedad conyugal necesariamente se deben repartir los mismos. El Juez de lo familiar tiene oficiosamente facultades amplias para emitir cualquier resolución que preserve el bienestar de los integrantes de la familia. Se apoya de criterios ya establecidos en la ley, como por ejemplo en caso de controversia los menores de 12 años deben quedarse al cuidado de la madre, salvo que atente contra el bienestar de ellos; cada resolución del juzgador irá encaminada a preservar el interés superior del menor. En tratándose de los animales de compañía no hay criterios análogos y generalmente al tratarse de la división de bienes atiende a quien puede acreditar la propiedad mediante documentos que sostengan su dicho y en caso de no poder acreditar la propiedad en la praxis el juzgador puede solicitar a las partes se resuelva por mediación.

Analizando lo anterior resulta evidente la insuficiencia de la ley para determinar los criterios de guarda y custodia de seres sintientes y conscientes que deben ser distinguidos de cualquier otro bien jurídico adquirido dentro de un matrimonio, porque como ya ha quedado ampliamente demostrado, los animales, a diferencia de las cosas, tenemos nuestro propio bienestar que involucran nuestra salud (física y mental), nuestras relaciones de apego, un espacio digno para vivir, alimentación adecuada y suficiente, así como la capacidad de expresar comportamientos adecuados a la especie a la que pertenecemos. Por ello no debemos dar el mismo tratamiento moral y legal a una casa, televisión o automóvil que a un animal que nos acompaña en nuestra vida diaria y tiene un papel fundamental en nuestra sociedad.

Aún hay mucho camino que recorrer en la transformación de nuestro derecho y de nuestras relaciones morales con los animales, quienes necesitan una categoría jurídica distinta a la de persona y a la de bienes. Mientras que los animales sigan las reglas de los bienes en general continuarán las injusticias sobre sus vidas por ser susceptibles de valoración pecuniaria. Estamos empezando a crear consciencia de la necesidad de adaptar nuestras instituciones jurídicas para reconocer que los animales son más que bienes jurídicos, no sólo tienen precio, tienen valor, y por tanto debemos luchar porque en la relación entre la especie humana y las otras especies prevalezca el interés superior del animal.

Si en vez de propietarios fuéramos tutores de los animales, nuestras obligaciones jurídicas para con ellos serían distintas. Podrían incluir desde la rendición de cuentas periódicas sobre su cuidado y bienestar ante autoridad competente, hasta la determinación de principios sobre la guarda y custodia del animal en caso de disolución de la familia.

Los animales no pueden organizarse políticamente y luchar por sus intereses frente a la comunidad humana. Por ello requieren que la sociedad empatice y se solidarice haciendo política y derecho sobre la cuestión animal, despidiéndonos de una era marcada por la violencia, negligencia e indiferencia del ser humano.

La transformación de nuestras instituciones puede iniciar con la reivindicación del estatus de los animales que nos acompañan día a día y así expandirse a todos los seres dotados de sensación. Quizá necesitamos conceptos jurídicos y morales más amplios que nos permitan construir una convivencia interespecífica justa, lo cual constituye una labor inédita pero posible.

 

@bioeticaunam

 

 

* Las opiniones publicadas en este blog son responsabilidad únicamente de sus autores. No expresan una opinión de consenso de los seminarios ni tampoco una posición institucional del PUB-UNAM. Todo comentario, réplica o crítica es bienvenido.

 

 

 Entendamos aquellos cuerpos que salen de la norma: hombre, heterosexual, blanco, joven, saludable, propietario, educado, el ideal del sujeto que ha promovido el humanismo.

Información consultada el día 24 de junio de 2017, en el portal del INEGI.

Entre los elementos que ayudan a entender este concepto, nuestro máximo tribunal ha establecido los siguientes: […] el juez habrá de atender […] buscando lo que se entiende mejor para los hijos, para su desarrollo integral, su personalidad, su formación psíquica y física, […] sopesando las necesidades de atención, de cariño, de alimentación, de educación y ayuda escolar, de desahogo material, de sosiego y clima de equilibrio para su desarrollo, las pautas de conducta de su entorno y sus progenitores, el buen ambiente social y familiar que pueden ofrecerles, sus afectos y sus relaciones con ellos, en especial si existe un rechazo o una especial identificación[…]”. Tesis jurisprudencial 23/2014 (10a).

El bien jurídico puede ser observado desde una postura económica como todo aquello que es útil a la persona; o bien, desde una postura jurídica como todo aquello que puede ser objeto de apropiación.

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