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Una vida examinada: reflexiones bioéticas
Por PUB UNAM
El Programa Universitario de Bioética (UNAM) desarrolla investigaciones interdisciplinarias, doc... El Programa Universitario de Bioética (UNAM) desarrolla investigaciones interdisciplinarias, docencia y difusión que promuevan la reflexión y el debate social, que sea a la vez científico y filosófico, laico y plural, sobre dilemas propios de la bioética. Este blog presentará temas de actualidad, analizados desde una perspectiva bioética, con el objeto de contribuir a la construcción de una cultura de responsabilidad que promueva el respeto de los derechos humanos, de la diversidad cultural, del medio ambiente y las especies con las que compartimos el planeta. (Leer más)
Armas y daños escondidos en las “tradiciones”
Con apoyo de autoridades civiles, en las grandes ciudades del país se promueve como “tradición” la fatídica mercancía de toros matacaballos, para que ciudadanía y legisladores les otorguen privilegios por “representar” falsamente la identidad mexicana.
Por PUB UNAM
19 de octubre, 2016
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Por: Ana Cristina Ramírez Barreto

De entre la oleada de decretos estatales que desde la realización del Coloquio Internacional “La fiesta de los toros” (enero de 2012, Tlaxcala) declaran Patrimonio Cultural Inmaterial a eso, la llamada “fiesta de los toros”, destaca uno en especial: el dictamen al proyecto de decreto que fue publicado en la Gaceta Parlamentaria del estado de Michoacán (4 de septiembre de 2014). La indignación social frenó la iniciativa aprobada por mayoría, de lo cual da cuenta el reportaje que publicaron Estefanía Camacho y Sergio Rincón en SinEmbargo (“Diputados de Michoacán y empresarios fallan en plan para alentar la tauromaquia”, 16 de agosto de 2015) y puede leerse directamente en las primeras 17 páginas de la sesión 119 del Diario de Debates del Congreso del estado (15 de agosto de 2014).

El excelente trabajo periodístico de Camacho y Rincón pone al descubierto los manejos poco claros, por decir lo menos, y destacan que la charrería y “la fiesta de los toros” no gozan del mismo aprecio entre los integrantes del cuerpo legislativo. La primera es generalmente mucho más valorada que la segunda, la lidia de toros a muerte según el canon andaluz moderno. Con todo, Camacho y Rincón no repararon en el siguiente detalle del texto parlamentario: “… en México hay aproximadamente 260 ganaderías de ganado bravo, que lidian en gran variedad de eventos taurinos, charros y jaripeos rancheros que requieren del toro bravo” (p. 6 de la Gaceta, énfasis añadido).

Quien conozca de charrería y jaripeos y tenga aproximadamente mis años (50 o más) se extrañará ante esta afirmación: que los eventos charros y jaripeos rancheros requieran del toro bravo. Pues entérese de esta novedad con pujante mercadotecnia: no la charrería, por fortuna, pero lo que el texto parlamentario llama “jaripeo ranchero” sí es una forma reciente de estos juegos con ganado mayor que forman parte de una “economía de la furia”: un toro de lidia en el ruedo de una plaza de toros puede embestir y destripar a los caballos de los lazadores. Popularmente más conocido como “toros caballeros”, “toros matacaballos”, “toros caballistas”, “sacatripas” o “buscacaballos”, rebautizado en años recientes como “jaripeo bravo”, “a capa, lazo y jinete”, “jaripeo de pial”, “torneo de lazo” y, en esta Gaceta del congreso, “jaripeo ranchero”. Esto extraña a los mismos rancheros, quienes nunca han utilizado al ganado de lidia para la labranza, la leche o la engorda. En lo que sigue usaré este nombre, “toros matacaballos”, tal y como se promociona, por ejemplo, en este cartel de un evento en Morelia en 2005, y reservaré el nombre de jaripeo para la monta de toros de reparo, no de lidia.

Se organizan desfiles ecuestres y taurinos que pretenden “mostrar el músculo” en las grandes ciudades para que la ciudadanía y los legisladores no sólo no piensen en regular los espectáculos donde se usan y abusan animales (como las corridas de toros y, cuando se sepa, los matacaballos) sino que les otorguen privilegios por “representar” la identidad mexicana. Esos desfiles eventualmente se realizan con apoyo de autoridades civiles que tampoco tienen disposición para que se cuenten los daños que acompañan los bienvenidos ingresos municipales. Mi posición no es la de prohibir y desentenderse del asunto, sino mostrar evidencia para que dejen de promover como “tradición” la fatídica mercancía de toros matacaballos. El jaripeo ciertamente tiene arraigo popular, pero el tradicional de ternas y monta a ganado cerril, sin bravura buscada ni explotación económica de su capacidad de daño. Eso sí sería jaripeo ranchero, sin usar toros de lidia ni comercializar las fatalidades. Es preciso, además, que las empresas y los gobiernos se hagan responsables del daño a humanos y animales. O mejor todavía, inventarse actividades recreativas a caballo que no impliquen maltrato ni riesgo para nadie.

A diferencia de la corrida de toros tradicional, en los matacaballos el toro no muere en la tarde en que se juega. Su fama va creciendo según se muestre peligroso y “deje su huella”, en términos de sus promotores. Así, en este juego llamado toros matacaballos, el toro bravo es una mercancía que está disponible en tanto arma que ha aprendido a atacar y, por ello, dejar más ganancias de evento en evento, haciendo lo que algunos humanos esperan que haga: que emocione al público con la alta posibilidad de causar daño a caballos, lazadores o jinetes en sus lomos.

Hay una obscenidad esencial al espectáculo de toros matacaballos que consiste en que, para venderse más y mejor en los pocos años que tiene circulando, ha necesitado atraer a un público que compre videos, dé like en Youtube o en redes sociales, y busque ver cómo “se soltó el diablo” (expresión que usan los promotores para referirse a que hay caballos o humanos dañados) en tal o cual plaza de toros. No es la Secretaría de Agricultura, la del Trabajo y Previsión Social, o la Secretaría de Salud la que acude a contar el daño causado en esta economía de la furia. Son los mismos ganaderos, dueños de plazas, animadores y productores de los videos titulados, por ejemplo, “Se abrieron las puertas del infierno Vol. 10” o “Destripadero masivo Vol. 7”, quienes se promueven contando los daños de los que dan orgullosa evidencia. Paradójicamente, al mismo tiempo que exhiben esos daños para picar la curiosidad de la gente, piden que nadie suba al facebook el video de lo que acaban de presenciar, diciendo “no permitamos que gente ajena a nuestro estado venga a criticar nuestras tradiciones, nuestras costumbres”. Así puede escucharse al animador de un “torneo de lazo” al micrófono en el reportaje de Telesur (en el minuto 4:56) que recomiendo sólo escuchar o ver cuando el estado de salud soporte esta “emoción” de lo que algunos proponen como nuevo patrimonio cultural inmaterial –al menos en Michoacán–.

Basándome sólo en las portadas de la serie de videos “Se abrieron las puertas del infierno” (Vols. 7-9, Filmaciones HP de Puruándiro, que se venden a 50 pesos o avientan de regalo a las tribunas), de diciembre de 2014 a diciembre de 2015 se registran ahí las acciones de toros bravos que provocaron la muerte en la arena a 11 caballos; heridas a 139 caballos (no sabemos cuántos murieron a consecuencia de ellas); 17 lazadores heridos, uno más destripado en la arena, y una persona –quizá del público– también muerta en un evento. De estos humanos dañados los videos no dan sus nombres. Sólo se comercializa la promesa de ver su desgracia desde la comodidad del hogar.

Este conteo es sólo para algunas partes de la región central de México. Para Yucatán el conteo de daños es mucho más alto, pues en su Torneo de Lazo, Duelo de Ganaderías o Corrida de Cintas, los lazadores no entran al ruedo en equipos sino todos contra todos en competencia para ganar el lazo cabecero y llevarse el premio en dinero. Esto es sólo el lado menos conocido de los “eventos taurinos, charros y jaripeos rancheros que requieren del toro bravo” –según la propuesta de patrimonialización de “la fiesta de los toros” para el estado de Michoacán.

Bajo la piel de respetables tradiciones se ocultan pesadillas que los niños están asimilando como parte del amoroso cuidado que sus padres les brindan –digo esto seriamente y sin ironía–. Una población que no cuenta con buenos servicios de salud, seguro de vida y atención médica urgente, recibe daños que los promotores de este creciente negocio cubren con la bandera nacional. El interés es poderoso pues están “reciclando” una mercancía venida a menos: el ganado bravo que ya no deja ganancias en las corridas de postín, de donde no sale vivo a menos que sea indultado.

La mercantilización de la posible evisceración de caballos que ahora vemos en los “toros matacaballos” tiene sus antecedentes históricos en el siglo XIX y las primeras décadas del siglo XX en Iberoamérica, cuando los caballos de los picadores entraban sin peto o coraza en la arena de la lidia “tradicional”. La afición asistía tanto o más por esa emoción de la matanza de caballos (que daba una medida pretendidamente objetiva de la bravura del toro) que por la del enfrentamiento del matador con el toro. El destripadero dejó de verse, como saben los taurinos, tras un incidente en la plaza de Aranjuez en 1928, cuando el contenido de los intestinos de un infortunado caballo les salpicó hasta su asiento al dictador José Antonio Primo de Rivera y acompañante. Esto fue la gota que derramó el vaso y que, mediante Real Ordenanza, hizo obligatorio el uso de petos para proteger a los caballos de los picadores en las corridas al estilo andaluz moderno.

Los caballos en México viven su hora más negra. Son los tiempos de Youtube y el capitalismo a la mexicana, el cual combina la crisis del negocio de la corrida postinera disfrazada de ritual, la “bravificación” de la ganadería en zonas rurales y periféricas en las urbes como Morelia, León, Celaya, la desmemoria cívica, el sentido de hombría que se enaltece ante el riesgo en público, el fracaso de las autoridades civiles, eclesiásticas, educativas y de salud para hacer su respectivo trabajo, los memes de Kiko ilustrando cómo se desmaya la madre porque su muchacho le avisa que le toca lazar al “toro más asesino”. Con una ciudadanía poco atenta, demasiado acostumbrada a voltear a ver para otro lado y no comprometerse a entender qué está pasando, a qué precio, quién lo paga y qué se puede hacer que no sea pedir que la policía enjaule humanos para que descanse la buena conciencia de algunas personas, con todo esto, repito, estamos mucho peor que a inicios del siglo pasado. Ya no hay un Primo de Rivera que vaya a la plaza, le salpiquen hasta el tendido las tripas de un caballo –o un humano empobrecido y sistemáticamente anonimizado, que sería el caso en México, donde no se da noticia de los humanos muertos o heridos en eventos de toros matacaballos–, y haga algo en consecuencia.

Las declaratorias estatales de algo como Patrimonio Cultural Inmaterial no sirven para “blindar” nada ante la crítica, no sólo porque pueden deberse a manipulaciones como las expuestas en Michoacán en el reportaje de Camacho y Rincón, sino también porque ese pretendido “blindaje” es contrario al derecho humano a razonar y expresarse. Sin embargo, la declaratoria sí dirige los recursos públicos de, en este caso la Secretaría de Cultura, para “proteger” este negocio y mantenerlo en boga. Esperemos que los próximos legisladores abordados por los gerentes de estos espectáculos pidan que también se les presente la documentación de los daños y responsabilidades, pero de manera no comercializable, sino con interés por quien haya recibido el daño, sea de la especie biológica que sea.

 

* Ana Cristina Ramírez Barreto, Facultad de Filosofía, Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo.

 

* Las opiniones publicadas en este blog son responsabilidad únicamente de sus autores. No expresan una opinión de consenso de los seminarios ni tampoco una posición institucional del PUB-UNAM. Todo comentario, réplica o crítica es bienvenido.

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