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Una vida examinada: reflexiones bioéticas
Por PUB UNAM
El Programa Universitario de Bioética (UNAM) desarrolla investigaciones interdisciplinarias, doc... El Programa Universitario de Bioética (UNAM) desarrolla investigaciones interdisciplinarias, docencia y difusión que promuevan la reflexión y el debate social, que sea a la vez científico y filosófico, laico y plural, sobre dilemas propios de la bioética. Este blog presentará temas de actualidad, analizados desde una perspectiva bioética, con el objeto de contribuir a la construcción de una cultura de responsabilidad que promueva el respeto de los derechos humanos, de la diversidad cultural, del medio ambiente y las especies con las que compartimos el planeta. (Leer más)
Asfixia y pandemia
Estamos viviendo un tipo de violencia y depredación que refrenda la capacidad y voluntad de hacer daño a cualquier nivel, en cualquier lugar y a cualquier persona sin miramientos.
Por Mónica Adriana Mendoza González
3 de marzo, 2021
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La virtud y el vicio son voluntarios”.

Aristóteles, Ética Nicomáquea

Como parte del listado que suma complicaciones a la vida que teníamos antes de la pandemia, se pronostica un futuro cercano de crisis de todos tipos: emocional, económica, política, de identidad, de proyectos suspendidos o truncados, e inclusive se habla de un año perdido en términos académicos y de socialización, principalmente para las personas en edad escolar. Contamos, además, con una serie de fenómenos que se exacerban (por el sentido límite de la situación de vida o muerte) y que escapan a nuestro control y entendimiento; uno de ellos, el que tomaré como ejemplo para esta reflexión, son los fraudes en la venta de tanques y concentradores de oxígeno, materialización y metáfora de la asfixia.

En el transcurso de la pandemia, que se halla a casi un año de su inicio en nuestro país, hemos recorrido una serie de angustias por las necesidades que demandan mantenernos alejados del virus y con ello, de la pérdida de la vida. En un principio la necesidad se centró en contar en nuestros botiquines con medicamentos para la fiebre y el dolor; se sumaron a la lista los litros de alcohol y cloro para desinfectar todo cuanto nuestro paso requiriera; posteriormente los cubrebocas se convirtieron en un producto de primera necesidad, y los medios nos dicen que serán parte de nuestro atuendo diario. No omito lo que es evidente: que la industria de la oportunidad capitalista se apoderó de estas “necesidades” para aumentar su renta sustancialmente. Productos que conservaban un precio accesible se han disparado obscenamente, afectando el ya precarizado bolsillo de la ciudadanía.

Los hombres sólo son buenos de una manera, malos de muchas”.

Aristóteles, Ética Nicomáquea

Con el repunte de los casos en nuestro país (con una población de poco más de 126 millones de personas, según el último censo de población del INEGI) aumentó la demanda de camas de hospital con ventiladores, pues los afectados por el virus llegan -en situaciones más críticas que antes- “muy tarde al hospital”, según declaraciones de Zoé Robledo, director del IMSS, y con el personal médico (especialmente las y los enfermeros) exhausto ante la tragedia diaria que no da tregua. En este contexto, estamos viviendo un tipo de violencia y depredación que refrenda la capacidad y voluntad de hacer daño a cualquier nivel, en cualquier lugar y a cualquier persona sin miramientos. El titular de La Jornada del 11 de enero del año en curso expresa “Muchos mueren por falta del recurso en su lucha contra el COVID-19”, bajo el titular “Grandes empresas acaparan el oxígeno para subir ganancias”. Pero no son sólo las grandes empresas: la policía cibernética identificó y logró eliminar en una semana aproximadamente 700 perfiles en redes sociales, a los que a la siguiente semana sumaron 1,000 páginas más en Internet, que engañaban a la gente solicitando pagos vía electrónica por la venta o renta de dichos insumos, y una vez realizado el pago no se respondían mensajes y no se entregaba el pedido o se trataba de tanques inservibles o que contenían sustancias distintas.

Nos encontramos en un mundo-país-ciudad-familia-persona asfixiada por todos lados; este ejemplo muestra a seres humanos sin sentido de la existencia del otro, omitiendo el derecho y pulsión vital que tenemos todas las personas de perseverar en nuestro ser. Sin duda estamos frente a un problema bioético, coctel que reúne la tecnología, la salud, la biología, la globalización, la política, la hiperinformación, el sufrimiento y la muerte (entre otros aspectos).

La depredación del hombre por el hombre ha sido una constante en la historia (Bellum omnium contra omnes, la guerra de todos contra todos), y en sus ahora sofisticadas (virtuales) formas de llegar a un mayor número de víctimas lanza el daño a distancia, muchas veces sin conocer el rostro del victimario. Daño atomizado que puede realizar cualquiera, hasta nuestro vecino/a de enfrente, con esa “herramienta-arma” en la que se pueden convertir las computadoras y teléfonos celulares; daño virtual pero que llega a su blanco sin piedad; daño que busca el usufructo y la ventaja, perpetrado por quien sea: individuos que se miran al espejo con el brillo aumentado en la mirada al contar los nueve mil, 23 mil o 50 mil pesos “ganados” de la última venta 1. La sentencia “El infierno son los otros”, de Jean Paul Sartre, se encuentra dimensionada a escala mundial, pues “los otros” toman ahora la forma de anuncio en página web, accesible las 24 horas del día y acechando a las víctimas (potencialmente todos) necesitadas y desesperadas.

En este escenario pandémico, se satisface la pulsión de Tánatos, alegrándose de la enfermedad y desaparición de congéneres; ¿no un “eminente” médico tuiteó una fórmula para hacer morir al presidente? Expresión de la ignominia de algunas personas en bata blanca que renuncian al juramento hipocrático disfrazando su violencia e intolerancia extrema como justicia. Pero Tánatos opta por más formas, en la asfixia de la explosión demográfica, de la falta de empleos y de la invasión del espacio vital. Líderes del capital “dueño” del mundo celebran la propagación del virus expresando que ya es hora de diezmar a la población mundial y de limitar la esperanza de vida, que el sistema de pensiones colapsará; en contraste con lobos solitarios anónimos, que teclean insultos a diestra y siniestra en las redes sociales y desde la intimidad de su habitación, son parte del concierto de esta asfixia. La pandemia ¿castigo de los dioses o diseño de un laboratorio? En la promoción del miedo, Bill Gates declara: “La próxima pandemia será 10 veces más letal”; amenaza disfrazada de filantropía, falacia rápida pero eficaz que justifica nuestra incapacidad para regularnos a nosotros mismos, no mirarnos en nuestro espejo de miseria que no ha encontrado las formas para cohabitar y convivir en el mismo espacio.

En contraste, y como parte de la complejidad del abanico humano, emerge multiforme la solidaridad, la compasión, la empatía, la voluntad, la no violencia, superando el maniqueísmo y renunciando a alimentar el habitus de sufrimiento en el mundo.

Dejo en el tintero para cerrar esta reflexión, la revisión de estas aseveraciones y un par de interrogantes: el etólogo Richard Dawkins 2, en su libro El gen egoísta, analizando la teoría planteada por Wynne-Edwards relativa a la noción de “cifra óptima” (mandato genético de los grupos de animales —no humanos— que sabe cuándo auto limitarse), señala que el autor “(…) elucubra un gran concepto en el cual toda la vida social es considerada como un mecanismo de regulación de la población”. Por su parte, el escritor Nicholas Carr había advertido hace años: “Nos estamos volviendo menos inteligentes, más cerrados de mente e intelectualmente limitados por la tecnología”. Lo anterior me lleva a cuestionar si podemos aplicar los planteamientos de Wynne-Edwards y Carr a la vida social humana: ¿hemos acaso rebasado la “cifra óptima” a causa de la miopía ocasionada por nuestras propias herramientas tecnológicas? ¿Es acaso nuestra vida social un invento fallido del instinto perdido para nuestra autorregulación?

Quizá los seres humanos hemos perdido (como ya lo anunciaba Nietzsche en el aforismo 224 de La ciencia jovial) “(…) de la manera más peligrosa el sano entendimiento animal”. Sigamos reflexionando.

* Mónica Adriana Mendoza González es Maestra en Filosofía por la UNAM, especialista en gobernabilidad, derechos humanos y cultura de paz. Académica en la Facultad de Filosofía y Letras y consultora independiente en temas de Derechos Humanos, Educación en Derechos Humanos, Género, y abordaje del conflicto, entre otros. Contacto: [email protected].

 

 

1 Precios en los que se cotizaban los tanques y concentradores de oxígeno.

2 Dawkins, Richard. (2002). El gen egoísta Las bases biológicas de nuestra conducta. Barcelona: Salvat.

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