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Una vida examinada: reflexiones bioéticas
Por PUB UNAM
El Programa Universitario de Bioética (UNAM) desarrolla investigaciones interdisciplinarias, doc... El Programa Universitario de Bioética (UNAM) desarrolla investigaciones interdisciplinarias, docencia y difusión que promuevan la reflexión y el debate social, que sea a la vez científico y filosófico, laico y plural, sobre dilemas propios de la bioética. Este blog presentará temas de actualidad, analizados desde una perspectiva bioética, con el objeto de contribuir a la construcción de una cultura de responsabilidad que promueva el respeto de los derechos humanos, de la diversidad cultural, del medio ambiente y las especies con las que compartimos el planeta. (Leer más)
¿Cambió el coronavirus nuestra conciencia sobre la Bioética cotidiana?
Treinta mil muertos después en España se esperaba un cambio de talante, incluso en las culturas-de-contacto, pero la realidad ha rebajado las expectativas de los filósofos que anunciaban la transformación de una era.
Por Javier Helgueta Manso
1 de julio, 2020
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España, mediados de mayo de 2020, madrugada. Un ciudadano cualquiera que revisa los mensajes de su teléfono se detiene ante un vídeo intrigante: delante de la cámara, un miembro del servicio de salud comienza a colocarse el Equipo de Protección Individual. Tras dos minutos de minuciosa preparación, el enfermero se acerca a la cámara y afirma: «Todo esto para entrar en una habitación de un paciente de COVID y luego vas tú y sales a hacer deporte en grupo. Gracias». Su queja tiene un fundamento objetivo: muchos ciudadanos se han saltado varios de los protocolos de la fase 1 de «desescalada» proyectada por el gobierno español, como el carácter individual de la práctica deportiva o el respeto a la distancia de seguridad, en mitad de una suerte de euforia olímpica en parques y playas.

En mitad de este desfase, dicho coloquialmente, cabe cuestionar nuestro instantáneo impulso por reanudar la cercanía con los demás, no solamente con familiares y amigos. Motivados por el eufemismo de la «nueva normalidad», nuestro latente imaginario y la proxémica latina y mediterránea se han revelado bastante intactos. Treinta mil muertos después se esperaba un cambio de talante, incluso en las culturas-de-contacto, pero la realidad ha rebajado las expectativas de los filósofos que anunciaban la transformación de una era; probable en Biopolítica y Geopolítica, discutible en nuestra bioética cotidiana.

Sin duda, el tiempo del coronavirus constituye una oportunidad epistemológica. Podemos analizar, a la mitad de esta infortunada coyuntura, las actitudes de sociedades e individuos ante la salud de los demás. A principios de siglo se celebró en Uruguay el importante congreso «Bioética. Compromiso de todos» (2002). Este título encarna la filosofía y la línea de actuación interdisciplinaria en la que todos los agentes sociales deben quedar implicados.

Durante el confinamiento, muchos de nosotros, alejados del ámbito teórico o aplicado de las ciencias, nos hemos preguntado “¿qué más puedo hacer?”. Fruto de la rabia en un periodo catastrófico, esta pregunta humanista y humanitaria se enmarca en las preocupaciones obligadas de la Bioética. Entre los 10 puntos a tener en cuenta en esta fase, la Fundación Jérôme Lejeune ha señalado al menos dos en los que los no profesionales de la salud también podríamos participar.

El punto 10 asevera: “Se debería garantizar que toda persona fallezca con los cuidados que le son debidos, en la medida de lo posible acompañado y no en soledad, con la atención humana y espiritual oportunas”. La cifra de personas fallecidas solas en sus domicilios aumenta cada día y supone un fracaso no sólo del sistema, sino de toda la ciudadanía. Para evitar esta lamentable noticia es fundamental la atención altruista de vecinos y conocidos.

En cuanto al punto 5, ¿quién no se sentiría aludido?: “Toda la sociedad, y el gobierno en particular, tiene el deber de proteger a los grupos más vulnerables […]. Y a todos aquellos que no pueden hacerlo por sí mismos; hemos de velar por la salvaguarda de su salud e integridad con especial atención”. Bastaba con el respeto a los protocolos marcados por los distintos gobiernos, pero resulta difícil comprender, en mitad de una impotencia y desconsuelo crecientes, que no hacer nada es la opción más eficaz, en apego al principio de no maleficencia. Por ello, evitando saltarse ese estricto marco, asociaciones, artistas o vecinos anónimos idearon con ingenio multitud de iniciativas solidarias en beneficio de la salud física y mental de sus conciudadanos, a veces a través de herramientas y aplicaciones que ojalá hayan venido para quedarse: conciertos públicos desde las terrazas, jóvenes haciendo la compra a ancianos desvalidos, asesoramientos gratuitos de toda índole, etcétera.

Por otro lado, nuestra misión responsable habría sido la de difundir las precauciones y medidas pertinentes, como la técnica correcta para lavarse las manos o colocarse la mascarilla, que verdaderos expertos enseñaban en medios de comunicación contrastados; o la de defender los derechos públicos fundamentales, mostrando, por ejemplo, la situación de precariedad de su equipamiento, principal factor de una mortalidad sin precedentes entre el personal sanitario. Sin embargo, nuestro afán visibilizador ha fomentado la transmisión de bulos y la conflictividad social por redes, en contraste con la delicadeza de los profesionales que han guardado con sumo secreto las terribles escenas vividas en el interior de los hospitales.

En último lugar, si hay una iniciativa ciudadana espontánea que cabe ser analizada desde distintos campos de reflexión es la del apoyo sonoro en forma de aplauso, que comenzó en China y se viralizó en decenas de países. Aplaudir por los sanitarios, los policías, los transportistas o los niños ha ido convirtiéndose progresivamente en una catarsis. Primero se valoró que este acto fomentara el sentimiento de compañía en un tiempo de soledad extrema e incluso nos hiciera partícipes de una comunidad, pero enseguida surgió un rechazo ante su mutación en caceroladas y otras formas de protesta contra los gobiernos. No todos los ciudadanos han considerado óptimo el inveterado uso del ruido popular como manifestación subversiva.

Con mejor o peor fortuna, estos distintos casos apuntan a nuestra capacidad de “cura” de los demás. Con un fin inclusivo, se ha tratado de distinguir al grupo de “sanitarios” para no dejar fuera a ningún miembro de los centros médicos, pero ¿qué significa “sanar”? Este verbo acoge otras expresiones y actos, como el abrazo sonoro y el valor de la escucha. No se puede constatar, ni en la reflexión ni en la práctica, si nuestra conciencia bioética ciudadana en contextos cotidianos ha aumentado por efecto de este periodo de pandemia, pero al menos se ha objetivado una noción que parecía una entelequia: somos un “cuerpo social”, un organismo en el que cada miembro es, en parte, responsable de lo que le sucede al otro. Ello no garantiza un comportamiento ético ni un compromiso definitivo, pero, para dar tales pasos, al menos ya nos quedará este tatuaje existencial.

* Javier Helgueta Manso es doctor con mención internacional por la Universidad de Alcalá y profesor de la Universidad de Almería, España. Ha colaborado con algunas revistas digitales españolas y participado en la Radio del Círculo de Bellas Artes de Madrid. En sus intervenciones y sus artículos (académicos o de divulgación) trata de analizar diversos fenómenos culturales desde las Humanidades con un enfoque transdisciplinario.

 

Las opiniones publicadas en este blog son responsabilidad únicamente de sus autores. No expresan una opinión de consenso de los seminarios ni tampoco una posición institucional del PUB-UNAM. Todo comentario, réplica o crítica es bienvenido.

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