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Una vida examinada: reflexiones bioéticas
Por PUB UNAM
El Programa Universitario de Bioética (UNAM) desarrolla investigaciones interdisciplinarias, doc... El Programa Universitario de Bioética (UNAM) desarrolla investigaciones interdisciplinarias, docencia y difusión que promuevan la reflexión y el debate social, que sea a la vez científico y filosófico, laico y plural, sobre dilemas propios de la bioética. Este blog presentará temas de actualidad, analizados desde una perspectiva bioética, con el objeto de contribuir a la construcción de una cultura de responsabilidad que promueva el respeto de los derechos humanos, de la diversidad cultural, del medio ambiente y las especies con las que compartimos el planeta. (Leer más)
El cerebro sexuado: ¿un riesgo potencial para justificar inequidades de género?
Uno de los principales supuestos en el trasfondo de las desigualdades entre hombres y mujeres es la existencia de diferencias innatas que nos hacen, de acuerdo con nuestro sexo, más o menos capaces para ciertas actividades y con mayor o menor propensión a ciertas emociones y comportamientos.
Por PUB UNAM
19 de junio, 2019
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Por: Miriam Padilla García

Este año se estrenó en México On the basis of sex, una película basada en la vida de Ruth Bader Ginsburg, actualmente jueza de la Suprema Corte de Justicia en Estados Unidos. Ginsburg nació el 15 de marzo de 1933 en Brooklyn, Nueva York, y estudió derecho en las prestigiosas universidades de Harvard y Columbia. La película relata que Ginsburg, por ser mujer y lo que se asumía sobre las mujeres, enfrentó grandes dificultades para conseguir trabajo como abogada. El corazón de la película es la lucha que realiza para que la Corte de Estados Unidos reconozca la anticonstitucionalidad de las leyes que trazan diferencias entre hombres y mujeres por suposiciones de género.

Ginsburg luchó para demostrar que las leyes que disminuyen o cercenan las oportunidades para las mujeres y para los hombres, por el sólo hecho de ser mujeres u hombres, incurren en una violación de la libertad. Por ejemplo, la ley que prohibía que las mujeres trabajaran horas extra porque se asumía que tenían hijos que cuidar, o aquella que prohibía que los hombres solteros que cuidaban a sus padres pudieran deducir impuestos porque se asumía que ésa era una labor femenina. Afortunadamente, Ginsburg gana esa batalla y se convierte en una persona clave para el lanzamiento del Proyecto de Derechos de la Mujer de la Unión Americana de Libertades Civiles.

Lo que vivió Ginsburg en los años cincuenta lo seguimos viviendo las mujeres en México y en el mundo. Seguimos enfrentando trabas de todo tipo por el sólo hecho de ser mujeres: trabas educativas, laborales, económicas, sociales, sexuales, reproductivas. Por ejemplo, el informe Desigualdades en México 2018, realizado por El Colegio de México, dice que “las expectativas sociales sobre las ocupaciones consideradas femeninas y masculinas son un obstáculo para que las mujeres adquieran educación pertinente que les permita insertarse en el mercado laboral en condiciones dignas. Una quinta parte de las mexicanas con estudios universitarios, más de un millón, no tiene una ocupación remunerada y se dedica principalmente a trabajos de cuidado” (p.18). Es decir, la vida, en general, sigue siendo más difícil para las mujeres.

En una sociedad que gira en torno a la dicotomía hombre/mujer, los conocimientos y creencias sobre cómo son y debieran ser las mujeres y los hombres juegan un papel fundamental en la vivencia de las personas, en su identidad, y en la manera en que se construyen relaciones interpersonales, familiares y sociales. Son un factor decisivo para el bienestar y malestar social, para la justicia y la equidad de género. Es un hecho irrebatible que históricamente las mujeres han vivido, y siguen viviendo, en un mundo de predominante injusticia hacia ellas. Han sido consideradas inferiores a los hombres, de poca o nula inteligencia, de poco valor, peligrosas y locas. Han padecido inequidad, discriminación y violencia por el sólo hecho de ser mujeres.

Podemos decir que uno de los principales supuestos en el trasfondo de las desigualdades entre hombres y mujeres es la existencia de diferencias innatas que nos hacen, de acuerdo con nuestro sexo, más o menos capaces para ciertas actividades y con mayor o menor propensión a ciertas emociones y comportamientos. La humanidad lleva mucho tiempo buscando estas diferencias esenciales entre hombres y mujeres: se han buscado en los genitales, en las gónadas, en los cromosomas, en los comportamientos, en el deseo sexual y, desde hace más de un siglo, también en el cerebro.

En los sesentas, el feminismo puso en duda que las diferencias biológicas entre los sexos fueran el origen de todas las demás diferencias (cognitivas, emocionales, sexuales) y de las desigualdades (sociales, económicas, políticas) entre hombres y mujeres, y planteó que el factor determinante para dichas diferencias y desigualdades era la simbolización que cada sociedad hacía de la diferencia sexual (Lamas, 2002, p.12). Con las investigaciones de la neurociencia y las interpretaciones de sus hallazgos, regresa la vieja idea de que las diferencias y desigualdades entre hombres y mujeres pueden estar determinadas por la biología y, por lo tanto, desde el nacimiento.

Este retorno de viejas ideas, con información nueva, podría tener implicaciones peligrosas para la justicia y el bienestar social. Lo peligroso radica en llegar a pensar que actualmente ya contamos con una base neurocientífica que explica las diferencias de género y que esta figuración sea usada para justificar injusticias. Por ejemplo, justificar la distribución sexual del trabajo con base en diferencias cognitivas y emocionales innatas: que las mujeres se encarguen de la crianza porque son biológicamente más aptas y más empáticas, y que los hombres ocupen los mejores puestos de investigación científica porque su constitución cerebral los hace mejores para sistematizar. Los resultados de las investigaciones del cerebro, investidos con autoridad de ciencia, pueden ser utilizados para relegar a las mujeres a un lugar social subordinado, difundiendo y legitimando estereotipos.

Al hablar de diferencias sexuales en el cerebro humano, es muy difícil trazar una distinción entre educación/crianza y naturaleza, hacer una disección entre los factores biológicos y las influencias socioculturales (Allen y Gorski, 2002, p.289). Sin embargo, “la percibida ‘objetividad’ de la neuroimagenología conlleva el riesgo de que los resultados se vayan a interpretar como las ‘bases biológicas’ de los atributos que están bajo estudio y que los aspectos culturales, los estereotipos de sexo y las influencias ambientales no sean tomadas apropiadamente ni suficientemente en cuenta” (Hüsing, 2008, p.116).

Dado el riesgo para la justicia social, resulta cardinal resistir la tentación de saltar a conclusiones de largo alcance sobre qué nos dicen realmente los resultados encontrados con relación a las “causas” biológicas de las diferencias y desigualdades entre hombres y mujeres (Hagner, 2008). Se debe prevenir la aplicación prematura en la vida de hallazgos insuficientemente corroborados o confirmados (Hüsing, 2008). Así que no olvidemos que, el día de hoy, si se estudiara el cerebro de Ginsburg, el tuyo y el mío, no podríamos afirmar que las diferencias sexuales encontradas están determinadas desde el nacimiento. En cambio, lo que sí podemos afirmar es que la petición de Ginsburg sigue siendo lo mínimo que las mujeres le pedimos a la justicia actualmente: “no pido favores para mi sexo, no renuncio a nuestro reclamo de equidad, todo lo que les pido a nuestros hermanos es que quiten sus pies de nuestros cuellos”.

* Miriam Padilla García es estudiante del Doctorado en Bioética de la UNAM. Investigadora feminista en temas de bioética, ética de las decisiones subrogadas, e intersexualidad. Licenciada en Psicología por la Universidad Iberoamericana (UIA-León), Maestra en Terapia Familiar por el Instituto Latinoamericano de Estudios de la Familia (ILEF) y Maestra en Bioética por la UNAM. Actualmente es parte del Programa de Apoyo a Proyectos de Investigación e Innovación Tecnológica de la UNAM titulado “Redefinir la razón práctica: contribuciones y límites de la neurobiologización de la moral”.

 

Las opiniones publicadas en este blog son responsabilidad únicamente de sus autores. No expresan una opinión de consenso de los seminarios ni tampoco una posición institucional del PUB-UNAM. Todo comentario, réplica o crítica es bienvenido.

 

Referencias

Allen, Laura S. y Gorski, Roger A. “Sex differences in the human brain”. En Encyclopedia of human brain, vol.4, ed. Vilayanur S. Ramachandran. : Academic Press, 2002.

COLMEX. Desigualdades en México/2018. México. Resumen ejecutivo.

Hagner, Michael. “Genius, gender, and elite in the history of neurosciences”. En Sexualized brains: scientific modeling of emotional intelligence from a cultural perspective. Nicole C. Karafyllis y Gotlind Ulshöfer. Cambridge: The MIT Press, 2008.

Hüsing, Bärbel. “Technology assessment of neuroimaging: sex and gender perspectives”. En Sexualized brains: scientific modeling of emotional intelligence from a cultural perspective. Nicole C. Karafyllis y Gotlind Ulshöfer. Cambridge: The MIT Press, 2008.

Lamas, Martha. Cuerpo: diferencia sexual y género. México: Taurus, 2002.

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