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Una vida examinada: reflexiones bioéticas
Por PUB UNAM
El Programa Universitario de Bioética (UNAM) desarrolla investigaciones interdisciplinarias, doc... El Programa Universitario de Bioética (UNAM) desarrolla investigaciones interdisciplinarias, docencia y difusión que promuevan la reflexión y el debate social, que sea a la vez científico y filosófico, laico y plural, sobre dilemas propios de la bioética. Este blog presentará temas de actualidad, analizados desde una perspectiva bioética, con el objeto de contribuir a la construcción de una cultura de responsabilidad que promueva el respeto de los derechos humanos, de la diversidad cultural, del medio ambiente y las especies con las que compartimos el planeta. (Leer más)
La encíclica del Papa Francisco sobre el medio ambiente: una esperanza de cambio social y cultural
La encíclica papal en defensa del ambiente "Laudato Si’, sobre el cuidado de la casa común" constituye una esperada vuelta a lo más loable de la doctrina social de la Iglesia Católica. Ojalá que esto dé pie para que la Iglesia Católica comience a escuchar y a dialogar también con la ciencia en otros temas cruciales de la bioética: la interrupción del embarazo, el uso de embriones humanos para investigación, el matrimonio entre homosexuales o la eutanasia.
Por PUB UNAM
29 de julio, 2015
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Por: Jorge E. Linares Salgado

La reciente Encíclica Laudato Si’, sobre el cuidado de la casa común del Papa Francisco parece representar una insospechada reconciliación de la Iglesia Católica con la ciencia, ya que, como lo reconoce el doctor José Sarukhán en su artículo publicado en El Universal, esta Carta Papal contiene un “manual detallado de las causas del problema ambiental global y sus posibles soluciones”. Sólo los católicos ultraconservadores que defienden el capitalismo salvaje (típicamente los norteamericanos negacionistas del cambio climático, como los hermanos Bush) se han opuesto a las tesis que se exponen en esta histórica Encíclica ecológica, pues ésta se atreve a cuestionar lo más sagrado del capitalismo: su irrefrenable voracidad e irracionalidad para consumir los recursos de la Tierra, su falta de responsabilidad y de visión prospectiva, su absoluta indiferencia por la enorme desigualdad socioeconómica mundial, su adicción a la acumulación infinita del poder y la riqueza en muy pocas manos. Bien sabemos que en esa lógica de ilimitada concentración del capital será inevitable que la crisis ecológica se ahonde cada vez más.

Con la ayuda de los expertos que fueron consultados por la Academia Pontificia de las Ciencias, el primer capítulo de la Encíclica explica de una manera clara y accesible los principales factores de la crisis planetaria y su innegable origen antropogénico: la pérdida de biodiversidad, el cambio climático, el deterioro de la calidad de vida humana, el agotamiento del agua potable y la alteración brusca e irreversible de muchos ecosistemas. Por cierto, la Laudato Si’ es un modelo de divulgación científica interdisciplinar del que mucho tienen que aprender los propios científicos, a veces ya tan alejados del lenguaje común de los mortales, y reacios a explicar los conocimientos de la ciencia al público, con el pretexto de que la gente “no entiende de ciencia”.

Así, esta Encíclica podría ser considerada el Evangelio del siglo XXI. Un Evangelio que anuncia un mensaje de esperanza para toda la humanidad, pero que no se basa en buenas noticias sobre nuestro mundo sino que nos advierte de la crisis profunda en la que hemos caído y del peligro que corremos si no somos capaces de corregir el rumbo desenfrenado de nuestra civilización tecnológica. El buen mensaje de este nuevo Evangelio no es la esperanza en la resurrección después del juicio final; al contrario, consiste en una última esperanza terrenal de que podamos sobrevivir en “paz con el planeta”, como planteaba Barry Commoner. Este es el mensaje filosófico y teológico que se despliega en la Laudato Si’. Para los creyentes puede ser una nueva guía moral de conducta ecológica (ojalá las comunidades católicas así lo asuman), y para todos los no creyentes también, pues podemos concordar en que se trata de salvar la vida terrestre, esta vida biológica que compartimos con todas las especies.

El capítulo central de la Carta Papal es el tercero, en el que se reflexiona sobre la “raíz humana de la crisis ecológica” y en donde se cuestiona el “paradigma tecnocrático dominante”. El tema de fondo es la revisión del antropocentrismo moral de nuestra civilización. Es cierto, como plantea Francisco, que no se le puede adjudicar a la tradición cristiana toda la responsabilidad por el predominio de la visión antropocéntrica que considera a los demás seres vivos y a la naturaleza entera como entidades inferiores y carentes de valor frente a los seres humanos. Sin embargo, la Encíclica critica ese antropocentrismo “despótico” y “desviado” que estuvo asociado con las interpretaciones preponderantes en la antropología cristiana:

116. En la modernidad hubo una gran desmesura antropocéntrica que, con otro ropaje, hoy sigue dañando toda referencia común y todo intento por fortalecer los lazos sociales. […] Una presentación inadecuada de la antropología cristiana pudo llegar a respaldar una concepción equivocada sobre la relación del ser humano con el mundo. Se transmitió muchas veces un sueño prometeico de dominio sobre el mundo que provocó la impresión de que el cuidado de la naturaleza es cosa de débiles. En cambio, la forma correcta de interpretar el concepto del ser humano como «señor» del universo consiste en entenderlo como administrador responsable.

Así que, creo que por primera vez, la Iglesia Católica, en voz de su líder, expresa una doctrina autocrítica que comienza a distanciarse de ese antropocentrismo nihilista que se ha practicado en el mundo moderno y que se ha sido convertido en sentido común a partir del desarrollo del capitalismo industrial y de la economía de mercado globalizada:

200 […] Si una mala comprensión de nuestros propios principios a veces nos ha llevado a justificar el maltrato a la naturaleza o el dominio despótico del ser humano sobre lo creado o las guerras, la injusticia y la violencia, los creyentes podemos reconocer que de esa manera hemos sido infieles al tesoro de sabiduría que debíamos custodiar […]

Por eso, este singular documento del Vaticano marcará un hito en la historia del catolicismo, pues constituye una esperada vuelta a lo más loable de la doctrina social de la Iglesia Católica, aquella que han practicado muchos sacerdotes comprometidos de verdad con la justicia y con la paz, así como con la defensa de los más pobres y marginados en muchas partes del mundo. Esa obra social en defensa de los derechos humanos sigue siendo, sin duda, lo más rescatable de la doctrina católica. Pero, en mi opinión, los católicos no deben seguir confundiendo la defensa de los derechos humanos con una abstracta “defensa de la vida” (sólo la humana hasta ahora) queriendo prohibir y proscribir, por ejemplo, el aborto o la eutanasia y el suicidio asistido.

Ojalá que la Iglesia Católica comience a escuchar y a dialogar también con la ciencia en otros temas cruciales de la bioética: la interrupción del embarazo, el uso de embriones humanos para investigación, el matrimonio entre homosexuales o la eutanasia, por sólo citar los más controversiales en los que el Vaticano mantiene recalcitrantes concepciones que desconocen los datos científicos sobre el proceso de desarrollo embrionario o que no aceptan que puedan convivir posiciones morales diversas ante esos dilemas bioéticos. No obstante su avanzada perspectiva en temas ambientales, en la Laudato Si’ se insiste en dichos planteamientos conservadores, por ejemplo:

120. Dado que todo está relacionado, tampoco es compatible la defensa de la naturaleza con la justificación del aborto. No parece factible un camino educativo para acoger a los seres débiles que nos rodean, que a veces son molestos o inoportunos, si no se protege a un embrión humano aunque su llegada sea causa de molestias y dificultades […]

136. Por otra parte, es preocupante que cuando algunos movimientos ecologistas defienden la integridad del ambiente, y con razón reclaman ciertos límites a la investigación científica, a veces no aplican estos mismos principios a la vida humana. Se suele justificar que se traspasen todos los límites cuando se experimenta con embriones humanos vivos. Se olvida que el valor inalienable de un ser humano va más allá del grado de su desarrollo […]

En otro momento debemos analizar y debatir los equívocos conceptuales que igualan sustancialmente “ser humano” con “persona” en la concepción católica, así como que la cuestión del aborto o la experimentación con embriones humanos tengan o no que ver con la consideración moral por los débiles e indefensos, sino más bien con decisiones dilemáticas sobre seres vivos que, aun siendo “humanos”, no son en su estado potencial de desarrollo equivalentes a personas o seres humanos ya gestados y/o nacidos.

Es necesario, en efecto, como señala la Encíclica, un diálogo entre ciencia y religión para ampliar las perspectivas bioéticas en sociedades plurales en las que hoy vivimos la mayoría de las personas. Para ello es deseable una Iglesia más tolerante, empática con la diversidad biológica, pero también con la diversidad cultural y moral de nuestra época.

Ojalá la Iglesia Católica emprendiera otra necesaria autocrítica doctrinal para separarse del androcentrismo y del heterocentrismo sexual tradicionales, para reconocer sin ningún reparo la igualdad de derechos entre hombres y mujeres, así como entre heterosexuales, homosexuales o bisexuales. La emancipación con respecto a estos paradigmas ideológicos que también son despóticos construiría la base de una auténtica revolución ética que puede conferirle a la humanidad el impulso para lograr vivir en armonía entre sí misma y con el resto de la naturaleza. Así pues, la Encíclica del Papa Francisco sobre el medio ambiente renueva, malgré tout, la esperanza de que acontezcan trascendentes cambios sociales y culturales, indispensables para que la humanidad recobre la habilidad para reorientar su propio destino como la única especie que, hasta donde sabemos, es capaz de autoconciencia ética.

 

* Jorge E. Linares Salgado es Director del Programa Universitario de Bioética UNAM (@bioeticaunam).

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