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Una vida examinada: reflexiones bioéticas
Por PUB UNAM
El Programa Universitario de Bioética (UNAM) desarrolla investigaciones interdisciplinarias, doc... El Programa Universitario de Bioética (UNAM) desarrolla investigaciones interdisciplinarias, docencia y difusión que promuevan la reflexión y el debate social, que sea a la vez científico y filosófico, laico y plural, sobre dilemas propios de la bioética. Este blog presentará temas de actualidad, analizados desde una perspectiva bioética, con el objeto de contribuir a la construcción de una cultura de responsabilidad que promueva el respeto de los derechos humanos, de la diversidad cultural, del medio ambiente y las especies con las que compartimos el planeta. (Leer más)
La hebra de RNA y el primate que corre a la caverna
¿Estamos preparados para construir y vivir en una sociedad diferente? ¿Qué papel como ciudadanos, científicos, seres humanos, nos toca realizar para contribuir a ese cambio?
Por Alejandra Ramírez Padrón y Ricardo Noguera Solano
5 de agosto, 2020
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Hace miles de años, el Homo sapiens se refugiaba en espacios naturales, cavernas, salientes de riscos o espacios construidos por su propia mano. Las cavernas son evidencia de esa vivencia humana, debido a que siempre significaron un buen refugio ante las amenazas naturales.

Correr a la caverna es natural, puesto que el miedo es una respuesta psicosomática que se activa cuando un evento pone en riesgo nuestra vida, y actúa como un mecanismo de supervivencia. A lo largo de la historia de nuestra especie se han construido miedos racionales e irracionales, muchas veces por el desconocimiento de las causas naturales y otras por los efectos de las mismas acciones humanas, como el miedo a una guerra nuclear. En ambos casos se hacen visibles dos elementos en apariencia desconectados: la racionalidad (para tratar de resolver el problema) y la capacidad moral de protección a uno mismo y a los nuestros, que puede extenderse no sólo a la familia y los amigos sino hacia cualquier otro individuo de nuestra especie.

Como primates, generalmente tendemos a ser solidarios y a tener mecanismos de cohesión social, que se matizan justo cuando estamos en una situación de peligro, de tal manera que podemos responder con acciones que no perjudiquen a otros; aunque, debido a la enorme variabilidad que observamos entre los individuos de la población humana, las respuestas pueden ser diversas, lo cual es normal si tenemos en cuenta que la evolución no tiene ningún objetivo y menos el de generar especies perfectas, como se ha llegado a pensar para el caso del ser humano.

En estos meses, nuestra especie ha corrido de nuevo a la casa-caverna, acompañada de miedos naturales, pero también de miedos infundados. Entre ellos, el miedo a una hebra de RNA de 27000-32000 bases. ¿Cómo pudo una simple hebra de RNA infundir tanto miedo? ¿Cómo pudo una hebra de RNA detener de golpe el consumo, cerrar las universidades, vaciar las catedrales… etcétera?

Los virus (hebras de DNA o de RNA protegidos con una cubierta de proteínas) han estado en la Tierra desde hace millones de años, en cantidades considerables y con la capacidad de infectar plantas, mamíferos, hongos y bacterias. Cuando están constituidos por hebras de RNA (como el SARS Cov-2) son inestables, lo que implica una mayor probabilidad de mutación.

En la interminable cadena de su reproducción, los virus continuarán diversificándose y las mutaciones que adquieran en el proceso los guiarán por dos posibles vías: pueden no ser relevantes, pero también pueden tener efectos positivos para el virus; por ejemplo, volverse letal para la especie hospedera o adquirir la capacidad de infectar a otros grupos de organismos, como parece ser el caso del coronavirus que se transfirió de una especie de mamífero a otra.

El SARS Cov-2 tiene un mayor índice de infección, pero un menor índice de letalidad que otros virus de la misma familia. Su capacidad de infección y la carencia de una vacuna nos hicieron correr a las cavernas. Este índice de letalidad (el número de muertes con respecto a los infectados, que varía de país a país y del que por el momento no podemos dar un valor exacto) no radica en la mutación per se que posibilitó su capacidad de infectar células humanas, radica en el conjunto de factores con los que la infección interactúa, como son los padecimientos relacionados con obesidad, diabetes, hipertensión y enfermedades crónicas que se desarrollan a partir de cierta edad (en la mayoría de los países se ha reportado que el índice de letalidad aumenta en personas de 70 años o mayores). En estas combinaciones y con la insuficiencia de infraestructura y servicios médicos, el SARS Cov-2 ha generado un efecto letal para un porcentaje considerable de la población humana.

El momento que estamos viviendo pudo ser diferente y el conocimiento científico puede marcar esa diferencia. En nuestro camino evolutivo y de historia cultural aprendimos a hacer ciencia, pero en los últimos 300 años no se ha usado en beneficio de los derechos sociales, como la educación, la salud, la alimentación sana, menores daños al ecosistema, etcétera; el conocimiento científico se ha puesto al servicio de prácticas capitalistas; prácticas que sólo han potenciado nuestro egocentrismo y nos sumergen en un universo de utilitarismo antropocéntrico y una especie de narcisismo, el cual difícilmente podremos abandonar para tener la posibilidad de construir una ética diferente y abandonar las prácticas de nuestras acciones fundamentadas en lo que Immanuel Kant llama “nuestro amado yo1.

El desarrollo de la corteza cerebral nos permite razonar y desarrollar la capacidad moral, cualidades que hemos desperdiciado al no construir una sociedad donde los valores de mayor relevancia sean la honestidad, la solidaridad, el altruismo, y el respeto a la vida y la comunalidad; éstos aún son una utopía, y en cambio los pilares que sostienen actualmente a la sociedad son: la ganancia, la productividad, la propiedad privada, el consumismo y la ficticia libertad individual (recordemos la prohibición impuesta al aborto, el consumo de drogas y la eutanasia).

El instrumento de la Ciencia lo hemos desperdiciado como especie. Basta con revisar los índices de inversión en ciencia a nivel mundial para darse cuenta de que el promedio que se invierte en la investigación científica se encuentra alrededor del 2.2% del Producto Interno Bruto (PIB); con algunas excepciones rebasa el 3% (como en Alemania y Corea del Sur). Estados Unidos destina el 2.79%, generalmente con fines bélicos. México, tristemente, tiene una inversión casi simbólica (0.49% del PIB).

Bajo este contexto, es normal que el conocimiento científico que ahora se requiere, o que incluso se exige, carezca de la infraestructura en la mayoría de los países para responder con mayor rapidez, y queda claro que los conocimientos profundos sobre la dinámica de la naturaleza orgánica, sus interacciones y su evolución no han sido una prioridad. Tampoco se ha prestado importancia a que dichos conocimientos se entiendan por la mayoría de los ciudadanos, por ejemplo, la explicación de la evolución biológica, la cual muchas veces no es aceptada, e incluso hay (y hubo) intentos de prohibir su enseñanza. Esto es un problema, porque la desinformación genera miedos no necesarios, la creación y propagación de mitos o noticias falsas, y en última instancia la desconfianza de las personas en la ciencia.

300 años de racionalidad mal empleada y de dogmas capitalistas nos mostraron que seguimos siendo un primate que no ha podido aprender a vivir utilizando sus capacidades cognitivas, la racionalidad, la capacidad moral, la imaginación y la creatividad, para construir una Historia que transforme y abandone fundamentaciones teológicas como la de Gottfried Wilhelm Leibniz, a partir de la cual se plantea que éste es “el mejor de todos los mundos posibles”, incluida sus formas de organización, así como demás tabúes de la modernidad.

Mucho se escribirá de que ya es tiempo de darle un giro a la Historia, y aunque en efecto es un momento asertivo para gestar un cambio, sigue en pie la pregunta ¿nos atreveremos a dar un giro radical? ¿Estamos preparados para construir y vivir en una sociedad diferente? ¿Qué papel como ciudadanos, científicos, seres humanos, nos toca realizar para contribuir a ese cambio? Cuando la Ilustración radical, que tenía a la Ciencia como su aliado, lo intentó, fracasó; sepultamos a sus actores, olvidamos esa parte de la Historia, y simulamos cambios profundos para que todo siguiera igual.

Los virus seguirán aquí y nosotros seguramente también. Pero tengamos en cuenta que de nosotros depende continuar desprevenidos, menospreciando el potencial del conocimiento científico para fines sociales, desperdiciando nuestras capacidades cognitivas y morales. Tenemos la opción de continuar inmersos en las patologías sociales que se han vuelto una normalidad, o la de construir una sociedad con valores diferentes, para que no ocurra que, el día menos pensado, una mutación de alguna otra hebra de RNA (o DNA) nos obligue a regresar corriendo a la caverna.

* Alejandra Ramírez Padrón estudia la maestría en el Posgrado en Ciencias Biológicas de la UNAM. Ricardo Noguera Solano es Profesor de Tiempo Completo de la Facultad de Ciencias y miembro del Programa Universitario de Bioética, ambos de la máxima casa de estudios.

 

Las opiniones publicadas en este blog son responsabilidad únicamente de sus autores. No expresan una opinión de consenso de los seminarios ni tampoco una posición institucional del PUB-UNAM. Todo comentario, réplica o crítica es bienvenido.

 

Referencias

Kant, Immanuel. 2017. Fundamentación de la metafísica de las costumbres, Martínez de Velasco, Luis (Editor). 1ra. Edición Austral: México.

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