La lucha de las mujeres y el talante de las nuevas masculinidades - Animal Político
close
Recibe noticias a través de nuestro newsletter
¡Gracias! Desde ahora recibirás un correo diario con las noticias más relevantes.
sync
Una vida examinada: reflexiones bioéticas
Por PUB UNAM
El Programa Universitario de Bioética (UNAM) desarrolla investigaciones interdisciplinarias, doc... El Programa Universitario de Bioética (UNAM) desarrolla investigaciones interdisciplinarias, docencia y difusión que promuevan la reflexión y el debate social, que sea a la vez científico y filosófico, laico y plural, sobre dilemas propios de la bioética. Este blog presentará temas de actualidad, analizados desde una perspectiva bioética, con el objeto de contribuir a la construcción de una cultura de responsabilidad que promueva el respeto de los derechos humanos, de la diversidad cultural, del medio ambiente y las especies con las que compartimos el planeta. (Leer más)
La lucha de las mujeres y el talante de las nuevas masculinidades
Si la lucha por erradicar estereotipos de género y otorgarles a las mujeres el espacio que por derecho les corresponde como personas ha ido avanzando y cobrando mayor relevancia en los últimos años, ha sido en gran medida por los hombres que se unen a su lucha y deciden adoptar nuevos modelos de masculinidad.
Por María Elizabeth de los Rios Uriarte
30 de marzo, 2021
Comparte

Se ha instaurado marzo como el mes de la mujer, pero más que conmemorar un día o el fortalecimiento de movimientos feministas que intentan vencer los estereotipos construidos socialmente, es pertinente llevar el discurso fuera de su propio territorio y expropiarlo al de su opuesto; es decir, al piso de los varones, y, a partir de ahí, reflexionar sobre aquellos trampolines que de pronto impulsan una lucha que se creía sólo de las mujeres.

Si el sexo se refiere al plano biológico y descansa sobre la combinación genética de gametos que resultan en un “xx” o “xy”, el género se separa de la naturaleza para ubicarse del lado de la cultura y, por ende, se refiere a un ente socialmente construido. Así, naturaleza y cultura pueden convivir pacíficamente hasta que la segunda se impone con la fuerza de la costumbre y genera prácticas de exclusión y dominio. Ahí es preciso revertir la identificación entre una y otra. Los estereotipos de género obedecen a funciones y roles que, se cree, se acomodan a lo que es aceptable en un contexto social y son, generalmente, necesarios; es decir, no están sujetos a variaciones en el tiempo según las modas o los paradigmas de pensamiento, sino que más bien tienden a reforzarse con este transcurso y se vuelven grandes etiquetas difíciles de remover.

Bajo esta óptica, la mujer juega el rol de madre y cuidadora; ejerce la función de ama de casa, niñera, cocinera, barrendera, etcétera. Su lugar es la casa o el supermercado, y no puede invadir otros espacios de la vida pública ni de la vida académica porque están vetados para ella. Sus sentimientos son débiles y ella es frágil, siempre llora y necesita ser salvada por el hombre. El hombre, por otro lado, es fuerte y libre; su rol es ser jefe de familia, padre y patriarca; su carácter es dominador y salvaje, y su función es la de ser proveedor. Su lugar es la calle y la oficina, mas le es permitido extender su dominio incluso fuera de su vida privada: tiene permitido insertarse en la vida pública y normalmente brilla en la vida académica. Lo suyo es discutir, pelear, demostrar su valentía. No llora, grita, no puede ser débil y si lo es, debe esconder su fragilidad; no le está permitido quebrarse y se refuerza con otros que tampoco lo hacen.

Así, tenemos “la mujer débil” y “el hombre fuerte” como estereotipos de género. Nada nuevo hasta aquí. Tampoco lo es saber que, durante años, las mujeres han querido romper estas creencias culturales mediante una liberación que redima su papel en el mundo. Válidos y loables esfuerzos se han hecho y se siguen haciendo; desde los más radicales, que afirmaban que incluso el sexo es “cultural” y por ende puede “elegirse”, hasta los de las moderadas que sólo pretenden cubrir el espacio diferencial entre hombres y mujeres con el objetivo de que éstas tengan las mismas oportunidades que aquellos y puedan acceder a los mismos privilegios.

Si bien hoy hablamos de estereotipos, tiempo atrás Michel Foucault, en Historia de la sexualidad, apuntaba a las regulaciones biopolíticas del cuerpo, generadores de dispositivos de la sexualidad que conllevan normas implícitas en las reglas sociales y que determinan conductas, funciones y expectativas asignadas como aceptables, pero que dañan profundamente la autonomía de las personas al constreñir los cuerpos a espacios físicos y a regulaciones que limitan el desarrollo de sus capacidades. En este sentido, la Bioética cobra un papel fundamental al cuestionar si dichas regulaciones están o no realmente justificadas y cómo podemos desmantelarlas, con el objetivo de promover el principio de autonomía y favorecer una reestructuración de lo social y del Estado que regula dichas normas biopolíticas. La Bioética debe cuestionar las prácticas sociales arraigadas para impulsar otros tipos de justicia donde prevalezca la participación y el acceso a oportunidades, es decir, reconfigurar la autonomía y la justicia.

Aún falta mucho por hacer: conceptos como techo de cristal, suelo pegajoso, etcétera, siguen existiendo en las prácticas cotidianas, sobre todo en los ámbitos laborales, aunque en el discurso se hayan eliminado y en los manuales de procedimientos ocultado. Estos conceptos, que dificultan el desarrollo y ascenso en la vida profesional de las mujeres, bien sea en el caso del techo de cristal (que permite un ascenso falso e imaginario donde se vislumbran posiciones de mayor jerarquía, nunca efectivamente accesibles para las mujeres a pesar de ser visualizadas como tal) y el suelo pegajoso (que les impide despegarse de ciertas condiciones que, se cree, les son propias en función de su rol de madres y mujeres), son nociones que han ido apareciendo en los discursos feministas para detectar esas malas prácticas que no favorecen igualdad de oportunidades para las mujeres y que les hacen más arduo el trabajo y la vida profesional.

Sin embargo, hay que decir que si la lucha por erradicar estereotipos de género y otorgarles a las mujeres el espacio que por derecho les corresponde –y hablo de su derecho no por ser mujeres sino por ser personas– ha ido avanzando y cobrando mayor relevancia en los últimos años, ha sido en gran medida por los hombres que se unen a su lucha y deciden adoptar nuevos modelos de masculinidad.

Las nuevas masculinidades se replantean en dos niveles: en las relaciones de género y en las actividades de la vida cotidiana; aportan una visión fresca de los estereotipos clásicos que terminan por dividir, separar y oponer los sexos masculino y femenino, y apuestan por la complementariedad. Si bien no nacen de la percepción y señalamiento de nociones como las anteriormente mencionadas, sí representan una apuesta en su contra. Se despegan las etiquetas de “fuerte”, “libre”, “poderoso”, “dominador”, “proveedor” o “indestructible”, y asumen su naturaleza como potencialmente frágil y vulnerable, pero sobre todo como igual a la de la mujer. Estos hombres, que toman la decisión de vivir su ser varón desde la examinación de sus modos, hábitos y creencias, y someten estos al juicio de la razón crítica, terminan por proponer formas incluyentes para todos, no sólo para las mujeres.

Resulta necesario advertir el peligro de que estos nuevos modelos respondan más a un acomodo a la cultura contemporánea sin representar un cambio en las relaciones hegemónicas entre los sexos; por ello, las nuevas masculinidades deben examinarse a fondo para determinar su legitimidad y, sobre todo, su poder transformador y su apuesta ético-política.

Muchos de esos hombres hay detrás de las luchas feministas; no ha sido menor su relevancia, aunque no siempre se lleven los reflectores. Pero por eso último conviene ahora reconocerlos y agradecerles su lucha, no por la reivindicación de los derechos de las mujeres sino por desentenderse de absurdos sociales que tienden a la polarización, a la tensión y al conflicto, y optar por modos y conductas menos represivas y más tendientes a la conciliación, a la escucha, a la complementariedad. Gracias a estas masculinidades que les apuestan a modelos no hegemónicos, las mujeres podemos pensar e imaginar espacios más incluyentes donde seamos consideradas y tomadas en cuenta, y podamos participar en la toma de decisiones en los ámbitos familiar, social, laboral y político.

Las nuevas masculinidades no necesariamente tienen que ubicarse como débiles o pasivas, y tampoco como indefinidas e inferiores; hacerlo sería caer en el juego dicotómico de los polos opuestos. Más bien se conciben como generadores de un cambio de paradigmas y entendimientos de la relación entre los géneros, de la solución de conflictos sociales y de la creación de formas políticas abiertas y flexibles. Un rescate de las cualidades positivas de los varones debe ser considerada para la construcción de nuevas masculinidades, pues no todo en ellos es necesariamente malo y debe ser erradicado; esta es la apuesta de autores como Warren Farrel, Robert Bly y Aaron Kipnis, quienes empujan el cambio que queremos las mujeres y son parte fundamental de un proceso transformador, largo, pero profundamente esperanzador.

* María Elizabeth de los Rios Uriarte es licenciada y doctora en Filosofía por la Universidad Iberoamericana y maestra en Bioética por la Universidad Anáhuac México, donde es profesora e investigadora del Instituto de Humanismo en Ciencias de la Salud de la Facultad de Bioética. Asimismo, es Research Scholar de la Cátedra UNESCO en Bioética y Derechos Humanos.

 

Las opiniones publicadas en este blog son responsabilidad únicamente de sus autores. No expresan una opinión de consenso de los seminarios ni tampoco una posición institucional del PUB-UNAM. Todo comentario, réplica o crítica es bienvenido.

Lo que hacemos en Animal Político requiere de periodistas profesionales, trabajo en equipo, mantener diálogo con los lectores y algo muy importante: independencia. Tú puedes ayudarnos a seguir. Sé parte del equipo. Suscríbete a Animal Político, recibe beneficios y apoya el periodismo libre.

#YoSoyAnimal
Comparte
close
¡Muchas gracias!

Estamos procesando tu membresía, por favor sé paciente, este proceso puede tomar hasta dos minutos.

No cierres esta ventana.