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Una vida examinada: reflexiones bioéticas
Por PUB UNAM
El Programa Universitario de Bioética (UNAM) desarrolla investigaciones interdisciplinarias, doc... El Programa Universitario de Bioética (UNAM) desarrolla investigaciones interdisciplinarias, docencia y difusión que promuevan la reflexión y el debate social, que sea a la vez científico y filosófico, laico y plural, sobre dilemas propios de la bioética. Este blog presentará temas de actualidad, analizados desde una perspectiva bioética, con el objeto de contribuir a la construcción de una cultura de responsabilidad que promueva el respeto de los derechos humanos, de la diversidad cultural, del medio ambiente y las especies con las que compartimos el planeta. (Leer más)
La muerte en Taiji
Desde cualquier perspectiva, la cacería de cetáceos es inaceptable. Hoy se sabe que son animales muy inteligentes, con una vida familiar y social compleja, que reconocen a sus conespecíficos y tienen autoconciencia. El sólo hecho de poseer la capacidad de sentir dolor y experimentar sufrimiento sería argumento suficiente para no matarlos, y menos de manera cruel.
Por Yolanda Alaniz Pasini
24 de marzo, 2021
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El 25 de diciembre pasado una ballena minke entró a la bahía de Taiji, Japón, donde pescadores de la zona habían dejado largas redes pesqueras. Por más de seis días intentó escapar de ellas sin encontrar una salida; habría necesitado ayuda de los pescadores para sortear las barreras y que le abrieran el camino a mar abierto. La minke iba debilitándose sin comer mientras organizaciones de protección animal y ambientalistas pedían ayuda para esta disminuida criatura. El 6 de enero se urgió al gobierno japonés a intervenir a fin de salvarla; la respuesta de éste y de los pescadores locales llegó 19 días después de que la minke entró a Taiji. Dos embarcaciones se acercaron, la amarraron de la aleta caudal (la cola), la arrastraron hacia una de ellas y la levantaron con una cuerda, lo que por fuerza hundía la cabeza del animal bajo el agua. La ballena luchó intensamente por liberarse, sacar la cabeza y respirar, hasta que empezó a dejar de moverse. Pasaron al menos 20 minutos. Finalmente la ahogaron y fue transportada a tierra, fileteada y vendida en los mercados. Así, sin más. Sólo filmada por un dron.

La impunidad con que esto sucedió es algo común en Taiji. Anualmente, entre octubre y febrero, el gobierno japonés autoriza la matanza de más de 2 mil pequeños cetáceos, principalmente delfines de diversas especies, marsopas y ballenas pequeñas. Los motivos que aducen son reducir la competencia por los peces (argumento también usado para cazar grandes ballenas), la obtención de carne y la venta de delfines a acuarios y delfinarios del mundo.

Esta cacería se conoce como “Drive hunt”, ya que los animales son conducidos hacia aguas someras en ensenadas, donde se selecciona y mata a las víctimas. Cuando un grupo de cetáceos es localizado se avisa a los pescadores, quienes a bordo de entre 10 y 20 embarcaciones se dirigen al lugar del avistamiento y rodean al conjunto, bloqueando el paso a mar abierto. Cada navío lleva dos tubos largos de metal que terminan en una forma de campana o amplificador, llamados “trompetas”, que son introducidos al agua a cada lado de la embarcación y golpeados repetidamente desde el extremo superior con un martillo; el sonido producido se disemina y amplifica dentro del agua, alcanzando una intensidad de 170 a 205 decibeles. Esto representa un verdadero muro de ruido que empuja a delfines y ballenas hacia el sitio predeterminado para su matanza. En un artículo anterior he descrito la importancia del oído de los mamíferos marinos y los impactos del ruido antropogénico: es un estímulo aversivo en animales que usan el sonido más que la vista para navegar, orientarse y comunicarse en un medio turbio como el océano.

Una vez acorralados los animales en una ensenada, los pescadores impiden su escape tendiendo una red de lado a lado de ésta. Habitualmente los dejan ahí encerrados por períodos de hasta cinco días, tras lo cual se procede a seleccionar a los que se enviarán a acuarios, capturarlos con redes y llevarlos a corrales marinos. El resto, destinados al matadero, son amarrados por las aletas caudales a las lanchas y remolcados vivos hacia las aguas más bajas. Los delfines luchan por mantener la cabeza fuera del agua y respirar, esfuerzo que empeora al estar amarrados hasta cuatro o cinco al mismo punto; pese a ser capaces de retener la respiración voluntariamente, las condiciones de arrastre sobrepasan su capacidad natural, y algunos mueren ahogados antes de llegar a la ensenada o llegan inconscientes.

Hasta entrados los años noventa la matanza se hacía con arpones y cuchillos aplicados a diversas partes del cuerpo de los delfines. Después de que estas cacerías, que se dieron a conocer internacionalmente por el documental “The Cove”, en el que se aprecia cómo el mar se tiñe de rojo, se desarrolló un método al que sus autores calificaron de humanitario y rápido: se utiliza una varilla de metal punzo-cortante para seccionar la medula espinal entre la primera vértebra cervical y el occipucio, reduciendo el tiempo de la muerte. Estudios de especialistas veterinarios y de comportamiento animal (a través de la observación de videos disponibles) demostraron que la herida se hace atrás del espiráculo, atravesando sucesivamente piel, grasa, una poderosa masa muscular importante para el nado, y tendones que unen los músculos al cráneo, pero también un sistema vascular grande para la irrigación cerebral, lo que resulta en una abundante hemorragia. Sin duda un daño severo, pero que por sí solo no lleva a una muerte rápida, aunque sí a mucho dolor y sufrimiento. Se observó que se hacen repetidamente heridas en la zona, hasta que fortuitamente podría seccionarse la médula, pero lo que realmente se produce en el mejor de los casos es una cuadriplejia. El animal está consciente y sensible.

Para controlar “la contaminación marina por sangre”, después de sacar la varilla introducen en la herida una cuña conectada a un tubo recolector, con lo que se intenta que la sangre no caiga al mar, lo que en términos médicos es una presión para detener la hemorragia (hemostasia). Esto, lejos de acortar el periodo de muerte, lo alarga, pero permite la recolección de sangre para su posterior comercialización. Desde el primer golpe el animal responde con movimientos violentos y repetitivos de cuerpo y cola y agitando verticalmente la cabeza. Con la cuerda amarrada a la cola se lo jala fuera del “área de trabajo”, ya que sus coletazos y su espray impiden el manejo del siguiente delfín. Varios minutos después el animal sigue abriendo y cerrando la boca. No ocurre una insensibilización inmediata, sino que la muerte llega por desangramiento y daño severo y repetido a las estructuras medulares, que producen un shock neurogénico. Detallo el proceso debido a su invisibilidad, ya que se oculta incluso con mamparas que impiden ver la matanza.

Las escalas de dolor reconocidas en el mundo médico indican que esta muerte implicaría el nivel más alto de sufrimiento, trauma y angustia. La sección medular no está permitida para eutanasia en mamíferos de más de 1 kilogramo de peso, y los delfines pesan más de 200. Dar muerte por ahogamiento está igualmente prohibido.

Desde cualquier perspectiva, esta cacería de cetáceos es inaceptable. Hoy se sabe que son animales muy inteligentes, con una vida familiar y social compleja, que reconocen a sus conespecíficos, y son capaces de reconocerse ante el espejo igual que nosotros y otros grandes primates, es decir, tienen autoconciencia. El sólo hecho de poseer la capacidad de sentir dolor y experimentar sufrimiento sería argumento suficiente para no matarlos, y menos de esa manera. Más allá del gran valor ecosistémico que hoy se reconoce a los cetáceos, y que abordaremos en otra ocasión, es necesario reconocer el valor intrínseco de todos y cada uno de estos animales, incluyendo crías, que son brutalmente asesinados, fuera de la vista del ciudadano común, del escrutinio público y de la justicia internacional; lejos de toda Ética animal y ambiental, y usando el conocimiento científico como instrumento de violencia contra los animales.

Es aquí donde la Ética invoca a la Ciencia, pero también al Derecho. En México y muchos otros países del mundo todo lo narrado sería tipificado como un delito contra el medio ambiente. La impunidad con la que se matan cetáceos en Taiji debe ser sancionada y eliminada para siempre. Los organismos internacionales no deben seguir indiferentes ante estos hechos. Coincido con la filósofa Martha C. Nussbaum, quien nos dice que una justicia global verdadera requiere de mirar alrededor del mundo hacia otros seres sintientes cuyas vidas están inextricablemente entrelazadas con la nuestra, y hacer justicia a estos animales.

* Yolanda Alaniz Pasini es médica cirujana. Cursó las maestrías en Salud Pública y en Antropología Social, así como los posgrados en Bioética y en Desarrollo Sustentable. Fue profesora de las asignaturas de Epidemiología y Antropología Médica en la UNAM, y de Bioética y Ética Ambiental en la Escuela Nacional de Antropología e Historia. Se desempeñó como Secretaria Técnica de las comisiones de Medio Ambiente y Recursos Naturales, tanto en el Senado de la República como en la Cámara de Diputados. Ha sido observadora y/o o parte de la delegación mexicana ante la Comisión Ballenera Internacional y en CITES. Actualmente es consultora para Conservación de Mamíferos Marinos de México.

 

Las opiniones publicadas en este blog son responsabilidad únicamente de sus autores. No expresan una opinión de consenso de los seminarios ni tampoco una posición institucional del PUB-UNAM. Todo comentario, réplica o crítica es bienvenido.

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