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Una vida examinada: reflexiones bioéticas
Por PUB UNAM
El Programa Universitario de Bioética (UNAM) desarrolla investigaciones interdisciplinarias, doc... El Programa Universitario de Bioética (UNAM) desarrolla investigaciones interdisciplinarias, docencia y difusión que promuevan la reflexión y el debate social, que sea a la vez científico y filosófico, laico y plural, sobre dilemas propios de la bioética. Este blog presentará temas de actualidad, analizados desde una perspectiva bioética, con el objeto de contribuir a la construcción de una cultura de responsabilidad que promueva el respeto de los derechos humanos, de la diversidad cultural, del medio ambiente y las especies con las que compartimos el planeta. (Leer más)
¿Qué hay de malo (y de bueno) en doparse?
La sociedad contemporánea debería permitir el uso de drogas que mejoran el rendimiento deportivo, en cualquier tipo de deporte profesional o amateur, de acuerdo con el filósofo Julian Savulescu.
Por PUB UNAM
17 de agosto, 2016
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Por: Jorge E. Linares Salgado (@jelinares)

El filósofo Julian Savulescu, profesor de la Universidad de Oxford y director de su Centro Uehiro de Ética Práctica, argumenta en varios artículos (uno de ellos compilado en Decisiones peligrosas. Una bioética desafiante. Madrid: Tecnos, 2012) por qué la sociedad contemporánea debería permitir el uso de drogas que mejoran el rendimiento deportivo, en cualquier tipo de deporte profesional o amateur, de modo similar a como aceptamos actualmente que los estudiantes tomen ritalín o metilfenidato para concentrarse en los exámenes, y los músicos betabloqueadores para controlar sus nervios y ritmo cardíaco en el escenario. También podríamos decir que mucha de la literatura y de la filosofía fue escrita bajo los efectos del dopaje intelectual por sustancias psicoactivas: alcohol y otras drogas.

En el deporte profesional o de competencia olímpica se considera que el dopaje es una falta ética grave, tanto como el plagio en el trabajo académico. Doparse es sinónimo de engañar y hacer trampa (el caso más extremo, por su larga duración y extremas repercusiones sociales, ha sido el del ciclista Lance Armstrong). Porque el dopaje viola las reglas esenciales del juego, traiciona la confianza del público y se obtiene una ventaja competitiva injusta frente a los demás competidores.

Así, tomar esteroides anabólicos o testosterona es al deporte de alto rendimiento lo que fusilarse a Hegel sin citarlo es a la filosofía. Lo que se considera inmoral es el engañar a los demás simulando que se está en las mismas condiciones competitivas y que no se posee una ventaja subrepticia, que los demás no tienen. No obstante, el problema del control antidopaje es que, para evitar la trampa, tanto en la academia como en el deporte, deben crearse dos condiciones: por un lado, que sea muy difícil hacerlo, y que si se es descubierto el costo en penalización sea muy alto; pero por el otro, que el incentivo de ganar a toda costa no sea tan cuantioso en dinero y reconocimiento social. Se supone que el ethos del deporte se centra en el espíritu de competencia y en los deseos genuinos de perfeccionamiento y autosuperación personales. No obstante, en el deporte profesional contemporáneo, típicamente el olímpico, el reconocimiento social y el beneficio económico es enorme y, por ello, es el principal atractivo y motivación para que una persona dedique su vida al deporte de alto rendimiento; mientras que, en contraste, la primera condición se cumple de manera parcial y aleatoria, pues los controles antidopaje no son exhaustivos y en promedio muestrean solo a un porcentaje bajo de los competidores.

Además, hay que señalar que el deporte se volvió profesional en dos sentidos: los deportistas olímpicos pueden dedicarse de tiempo completo, convirtiendo el deporte en un modus vivendi; en un segundo sentido, esto es posible gracias a los estipendios y beneficios económicos que pueden recibir de agencias gubernamentales y, principalmente, de empresas privadas que los patrocinan con jugosos contratos de publicidad comercial. Así, el practicar deporte profesional se ha convertido en un gran negocio con alto reconocimiento social. Las viejas virtudes clásicas del deporte han quedado, en general, subordinadas a estos objetivos pragmáticos. Se puede decir que en muchos deportes la mercantilización ha afectado o tergiversado sus fines éticos. El caso más claro es el de Lance Armstrong: mantener la mentira de que no se dopaba, y defender a capa y espada tal mentira durante años sólo se explica por la ambición desmedida (en sus propias palabras) de ganar todo y a todos, para mantener el estatus de héroe mundial, el mito del deportista porfiado que había logrado vencer al cáncer para retornar convertido en un verdadero súper humano, incapaz de sufrir derrota alguna. De hecho, la elección de su apellido público “Armstrong” hace referencia al famoso e inigualable astronauta (Neil Armstrong) que pisó por primera vez la Luna.

La gran mentira de Armstrong, además de un caso de extremas consecuencias personales y repercusiones sociales, tiene sus causas en la mercantilización y la corrupción del deporte por las presiones económicas y la apología ideológica del esfuerzo individual para superar toda adversidad, típica de la sociedad norteamericana, pero que fue explotada más allá de todo límite: recuérdese la genial frase de Nike: just do it.

Lance Armstrong utilizó el sistema de dopaje más sofisticado de la historia para ganar siete veces el Tour de France, según el informe de la Agencia Antidopaje de los EE. UU. (USADA). Armstrong recurrió, con la ayuda del médico Michelle Ferrari y otros colegas españoles de su equipo, a transfusiones de sangre, eritropoyetina sintética (EPO) y testosterona. En agosto de 2012, la USADA decidió, tras una investigación a profundidad, retirarle esas siete victorias por haber comprobado el dopaje, además de suspenderlo de por vida. Poco después, la Unión Ciclista Internacional ratificó la decisión de la USADA, y anuló todos sus títulos ciclísticos a partir de 1998.

Los deportistas, como comentaba Zahuiti Hernández en la pasada columna del PUB en Animal Político, son los nuevos héroes olímpicos: semidioses, mitad humanos, mitad divinos. Y descubrimos que la esencia de la competencia deportiva es precisamente la desigualdad, pero se supone que una desigualdad “natural” de talentos repartidos inequitativamente entre los competidores. Es virtuoso y digno de elogio el que destaca en el deporte de alto rendimiento porque es superior a todos, pero por sus talentos naturales (genéticamente heredados) y por sus grandes esfuerzos y disciplina personales. Si el que gana en las competiciones lo logra sin ayuda tecnológica, “artificial”, entonces merece el pleno reconocimiento y un lugar destacado en la nueva mitología contemporánea del deporte mundial.

Sin embargo, hoy en día la posibilidad de ser un campeón olímpico no depende solo de condiciones naturales como antes. Está demostrado que, además de los talentos innatos y la disciplina personal, para ganar (o al menos llegar a los primeros puestos) se necesita un costoso aparato de infraestructura deportiva: instalaciones, equipamientos, entrenadores expertos y muy experimentados (bien remunerados), un equipo científico que mida y monitoree el rendimiento, así como apoyos logísticos para entrenamiento eficaz, manutención, alimentación especializada y continuos viajes alrededor del mundo para participar en las competencias.

Por eso, los países industrializados que más invierten en el deporte profesional, ayudados por las grandes empresas que patrocinan a los equipo y atletas, son los que más medallas obtienen. No es que norteamericanos, chinos, japoneses, europeos, australianos o rusos tengan virtudes y talentos especiales (no en la mayoría de los casos). Las medallas de los países en desarrollo que poco invierten en el deporte profesional o que están aquejados por la ineficiencia y la corrupción, como México, poco pueden ganar en las competencias internacionales, aunque tuvieran a la mano mucho talento natural; porque lo que sí tienen en muchas ocasiones es deportistas que realizan grandes esfuerzos personales contra toda la adversidad que enfrentan.

Pero ello no es suficiente hoy en día para ganar. ¿Michael Phelps habría ganado más de 20 medallas de oro en su carrera si hubiera vivido y competido en y por México? ¿Si hubiera sido víctima del sistema deportivo y de los supuestos apoyos gubernamentales de nuestro país, o de otro país que tradicionalmente poco puede invertir eficientemente en el deporte? Por cualquier lado que se quiera ver la cuestión, en el deporte de alto rendimiento no existe igualdad de inicio ni justicia en las condiciones generales de los deportistas. El fair play solamente se reduce a observar las reglas de competencia o de juego, y a evitar tomar sustancias prohibidas para mejorar el rendimiento. Pero ¿a esto se reduce la ética del deporte? Quizá no se puede lograr más y, desde luego, debemos reconocer que hacer trampa en cualquier competencia es desleal y antiético, ya que afecta la credibilidad de todo el deporte y el ideal de la autosuperación personal.

Sin embargo, ¿el dopaje es esencialmente inmoral? A medida que se mejoran las técnicas de dopaje y se utilizan sustancias que simulan o replican los procesos naturales de oxigenación de músculos y tejidos, como la eritropoyetina o la hormona de crecimiento, hacer trampa es más fácil, pero más difícil de detectarlo. La ciencia del deporte ha avanzado mucho y también se ha concentrado en los métodos para burlar los controles de dopaje, como lo logró Michelle Ferrari, el médico que asesoró y trabajó con Lance Armstrong durante años. Actualmente se investiga para desarrollar métodos de dopaje genético, que incrementarían capacidades musculares y respiratorias, y que harían casi indetectables estos métodos.

Por ello, Julian Savulescu argumenta que la prohibición del dopaje en el deporte se basa en una concepción “naturalista” (y yo agregaría, paternalista) que proviene de las condiciones de la antigua Grecia, pero que ya no tienen todo el sentido en nuestra época: la idea de que la finalidad de las competencias deportivas era premiar al mejor dotado naturalmente: al más rápido, el más fuerte, el más resistente. Toda mejora o ayuda técnica y artificial a esta “naturaleza deportiva” fue considerada inaceptable. Se supone que sólo la virtud aristotélica derivada del entrenamiento arduo, la autodisciplina habitual, el condicionamiento y el esfuerzo más allá de lo normal son los factores que sí se permite que “ayuden” a la naturaleza corporal del atleta para convertirse en un auténtico campeón olímpico.

Pero actualmente todo deporte implica un conjunto de técnicas para explotar y extender al máximo el potencial fisiológico. Savulescu plantea que la capacidad humana de mejorarnos a nosotros mismos (que está en la base del auténtico espíritu deportivo) implica el entrenamiento y cualquier cosa que hagamos o introduzcamos en nuestro cuerpo para aumentar dicho potencial. Lo que tiene sentido es más bien cómo se debe orientar dicho potencial físico y cuáles deben ser las regulaciones adecuadas. Así, el vencedor en cualquier competencia deportiva no es el más fuerte, el más veloz o el más resistente de manera natural, sino el que aprovecha mejor (mediante técnicas y ayudas científicas) sus capacidades, talentos y habilidades corporales. Es decir, como dice Savulescu, “el ganador sería la persona con una mejor combinación de potencial genético, entrenamiento, psicología y juicio”. (Savulescu 2012, 112).

El segundo argumento de Savulescu es que, al contrario de lo que se piensa, el uso de drogas para dopaje iguala las condiciones de competencia, pues reduce las diferencias genéticas de inicio de los competidores, equipara las habilidades y las destrezas, si es que se permitiera para todos o se usara para reducir la brecha de las otras desigualdades socioeconómicas (las que ya hemos mencionado).

En tercer lugar: más que prohibir el uso de tales o cuales drogas, lo que se debe regular y reglamentar son estándares de indicadores corporales, por debajo y por encima de los cuales resulta peligroso competir (es la prevención de daños para los atletas un criterio ético esencial que subyace a la actual prohibición del dopaje). Por tanto, el criterio moral que debería ser fundamental es preservar la seguridad de los atletas, y no evitar que se mejore el rendimiento y se cree una desigualdad más en la competencia. Si lo que verdaderamente importa es la salud y seguridad de los atletas y, además, que nadie haga trampa, entonces se debería permitir con ciertos límites el uso de drogas que mejoran el rendimiento en el deporte de alto rendimiento, así como sucede en otras actividades de mérito o de competencia (como en la actividad artística o intelectual, por ejemplo). Así pues, podrían crearse categorías especiales de competencia en la que sea válido que los atletas se dopen, con regulaciones que limiten el daño corporal y el riesgo para la salud de los atletas. Savulescu concluye:

“La mejora del rendimiento no va en contra del espíritu deportivo: es el espíritu del deporte. Elegir ser mejor es ser humano. Se les debería dar esta opción a los deportistas. Su bienestar sería la consideración suprema. Pero tomar drogas no supone necesariamente hacer trampas. La legislación de las drogas en el deporte puede ser más justa y segura”. (Savulescu 2012, 130).

 

* Jorge E. Linares Salgado es director del Programa Universitario de Bioética (@bioeticaunam).

 

 

** Las opiniones publicadas en este blog son responsabilidad únicamente de sus autores. No expresan una opinión de consenso de los seminarios ni tampoco una posición institucional del PUB-UNAM. Todo comentario, réplica o crítica es bienvenido.

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